Donald Trump se ha jactado públicamente del estilo transaccional y unilateral de su política exterior. Bajo la bandera “America first”, su estrategia ha sido clara: los intereses de Estados Unidos van primero, incluso si ello implica pelearse con sus aliados o mirar con buenos ojos a gobernantes cuestionados. Prueba de ese enfoque es su reciente acercamiento a Aleksandr Lukashenko, el último dictador de Europa, quien podría verse beneficiado de las tensiones entre EE.UU. y Canadá.
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Uno de los gestos de acercamiento más contundentes llegó esta semana. El líder republicano anunció que impulsa un acuerdo para comprarle a Bielorrusia una enorme cantidad de potasa, un mineral utilizado principalmente como fertilizante y que es esencial para la seguridad alimentaria mundial.
Deshielo con tono comercial
Curiosamente, el interés de Trump por los fertilizantes bielorrusos parte del alejamiento de uno de sus socios más cercanos. En el 2025 cerca del 85% de las importaciones de potasa de EE.UU. provenían del vecino Canadá, país con el que ahora tiene una relación tirante en medio de una guerra comercial. Washington aplica desde agosto aranceles del 50% a unos US$20.000 millones de importaciones de determinados productos canadienses.
Al defender su intención de ampliar el lazo comercial con Minsk, el mandatario estadounidense afirmó que el precio que pagaría a Bielorrusia sería “sustancialmente inferior al que pagamos actualmente a Canadá”.
Francesco Tucci, analista internacional y director de la carrera de Comunicación y Periodismo de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), destaca que, paradójicamente, las fuertes tensiones con Canadá y México se generaron porque Trump ha utilizado los aranceles como una herramienta para presionar a esos gobiernos a tomar medidas fronterizas para reducir el ingreso de migrantes y de fentanilo. Por ello, considera, es el propio accionar del mandatario republicano lo que lleva a quedarse sin opciones y acudir a Bielorrusia, pese a los cuestionamientos por el modelo autócrata y la cercanía a Putin de su líder.
“Trump piensa más como empresario que como político. Y ahora, como siempre, sigue con una política en la que prima el interés económico. No importa que se trate de dictaduras o regímenes híbridos, él piensa solo en lo que pueda traer beneficios a Estados Unidos”, apunta el experto.

El presidente ruso Vladimir Putin (L) y el presidente bielorruso Alexander Lukashenko se dan la mano antes de su reunión en el Palacio de la Independencia en Minsk.
/ Konstantin ZAVRAZHIN / SPUTNIK / AFP
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Pese a las intenciones de Trump, Nevena Trajkov advierte que Bielorrusia no puede suministrar ni de lejos la cantidad de potasa que necesita EE.UU., como ha reconocido el propio Lukashenko. La mayor parte de la producción bielorrusa ya está comprometida con otros compradores y, además, el costo de transporte de la potasa sería considerablemente alto debido a que las sanciones ordenadas por la UE se mantienen.
“Hay que señalar que, aunque EE.UU. ha levantado las sanciones sobre la potasa bielorrusa, no ha dispuesto la liberación de sus activos congelados, que ascienden a 44 millones de dólares, lo que enfurece a Lukashenko y muestra que Trump quiere mantener ciertas sanciones contra Bielorrusia para usarlas en el futuro. Dejando de lado las preocupaciones en materia de DD.HH. y otras sanciones, el plan no se sostiene muy bien”, dice la analista.
Añade que, para los estadounidenses, el momento en que se produce todo esto empeora aún más la situación. Los agricultores ya se ven en apuros por la subida de los precios de los fertilizantes nitrogenados y el gasóleo -el combustible que utilizan la mayoría de las máquinas agrícolas-. “Si a eso le sumamos la escasez de potasa, se avecina una verdadera crisis para la agricultura estadounidense, no solo con condiciones para un aumento brusco de los precios de los alimentos, sino que también se dan para que algunos agricultores decidan que ya no pueden seguir adelante”, concluye la experta.

