Cada noche, antes de dormir, la escritora peruana Alejandra López-Cano Sarria le leía un cuento a Emilia, su hija de cinco años. De ese ritual, nació “El mundo de Gricín”, el libro infantil que presentó en la Feria Internacional del Libro de Lima. Allí, propone una conversación sobre la amistad, la imaginación y la autoestima.
“Habla del amor propio”, resume López-Cano Sarria. A lo largo del recorrido, el lápiz Gricín descubre amistades que lo ayudan a vencer el miedo sin borrar aquello que lo hace único. En el trazo de la ilustradora peruana Majo Baquerizo, el protagonista de la novela, un joven lápiz que vive feliz en un universo donde todo es gris, camina por el mundo con ojos primerizos. A medida que avanza en ese viaje, conoce otros lápices que, desde sus propias formas de entender la vida, colorean su entorno con enseñanzas.
“El libro transmite un mensaje de amor propio: ‘Ámate como eres, con tus defectos y virtudes’. También habla de esas amistades genuinas que aparecen a lo largo de la vida y ayudan a que la luz que llevamos dentro se ilumine aún más, sin dejar de ser quienes somos”, explica.
LEE MÁS: “Es doloroso pensar en su posición sobre las personas LGBTQ+”: Moira Buffini, autora de “La trilogía de la antorcha”, habla de J.K. Rowling
Amarillín, uno de los personajes, nació inspirado en Emilia y en su personalidad inquieta. Azulina y parte de Rojín remiten a la madre de la escritora, Augusta Sarria, artista plástica peruana, con quien creció rodeada de pinturas y clases de arte. Después de leer el libro, fue ella quien le hizo notar una paradoja: aunque la historia comienza en un universo gris, Alejandra había vivido siempre entre colores. Aquella observación le permitió descubrir que, quizá sin proponérselo, también estaba escribiendo sobre su propia infancia.
En un país donde los índices de lectura siguen siendo bajos, López-Cano cree que los libros para niños también cumplen una función formativa. Pues los padres que leen a sus hijos están, además, abriendo conversaciones en familia sobre la confianza, el afecto, entre otros temas. Asimismo, frente al predominio de las pantallas en la edad temprana, la escritora defiende la imaginación como un ejercicio irremplazable. “Las pantallas ya le dan todo al niño; la lectura le permite imaginar”, sostiene.
LEE MÁS: Ecudor, país invitado a la FIL Lima 2026: “La riqueza literaria de Ecuador se basa en su gran diversidad”
Una reacción a la lectura de “El mundo de Gricín” ya le mostraron a su autora que cada niño encuentra un significado distinto en la historia. Recuerda el caso de un compañero del colegio de su hija, quien, después de leer el cuento, le dijo a su madre: “Mamá, yo siento que soy como Gricín”. El niño se identificó con el miedo del protagonista y, al terminar el libro, comprendió que también podía atreverse a dar pequeños pasos fuera de su zona de confort. “Vio el desenlace de la historia y se dio cuenta que, quizás, si se atrevía un poco más a hacer las cosas, se podía sorprender”, concluye.




