Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Cuando el líder de China, Xi Jinping, reciba a su homólogo estadounidense en Pekín este miércoles, Donald Trump recordará su última visita en 2017, cuando fue cortejado con ahínco y con una cena en la Ciudad Prohibida, un honor que ningún presidente de Estados Unidos había recibido antes.
Cuando el líder de China, Xi Jinping, reciba a su homólogo estadounidense en Pekín este miércoles, Donald Trump recordará su última visita en 2017, cuando fue cortejado con ahínco y con una cena en la Ciudad Prohibida, un honor que ningún presidente de Estados Unidos había recibido antes.
La recepción de esta semana promete ser igual de grandiosa e incluirá una parada en Zhongnanhai, el exclusivo complejo donde viven y trabajan los principales líderes de China.
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La agenda también será igual de espinosa, ya que Irán será una nueva fuente de tensión, junto con el comercio, la tecnología y Taiwán.
Sin embargo, muchas cosas han cambiado en cuanto a que Trump regresa a una China más fuerte y mucho más asertiva.
Tras iniciar un tercer mandato sin precedentes, un ambicioso Xi ha seguido adelante con sus planes de crear “nuevas fuerzas productivas” con grandes inversiones en energía renovable, robótica e inteligencia artificial.
Si el presidente estadounidense y su gobierno quieren vislumbrar el futuro que Pekín ha estado buscando en la última década, tienen que mirar más allá del imponente corazón de la capital, donde pasarán gran parte de su tiempo.
En el remoto y escarpado norte, la energía solar y eólica dominan ahora vastos paisajes.
En el sur industrial, la automatización está reconfigurando las fábricas y las cadenas de suministro, y megaciudades como Chongqing se han convertido en material para los posteos de influencers.
Gracias a miles de millones de fondos estatales, Chongqing, un pujante centro industrial en las profundidades del sudoeste del país, se ha convertido en un poderoso símbolo de una China cambiante que está adoptando nuevas tecnologías, nuevos intercambios comerciales y un nuevo concepto —ser tendencia— para mostrar al mundo un rostro más amable.
Ali Wyne, investigador de las relaciones entre EE.UU. y China en el centro de estudios International Crisis Group, cree que allá por 2017, China intentaba demostrar que estaba en igualdad de condiciones con EE.UU.
“La delegación china, comprensiblemente, dedicó un enorme esfuerzo diplomático a tratar de dar la impresión de que Xi estaba a la altura de Trump desde el punto de vista geopolítico”, señala.
“Lo que me llama la atención es que esta vez esa afirmación no es necesaria por parte de los chinos”, agrega Wyne.
Washington reconoce ahora a China como un “par cercano”, afirma el investigador, quien describe a Pekín como “posiblemente el competidor más poderoso al que se ha enfrentado EE.UU. en su historia”.
Trump bien podría ser el líder extranjero más voluble que China haya conocido jamás.
Incluso tiene un apodo aquí: camarada Chuan Xiengó, que significa “Trump, el constructor de la nación”, mote usado en broma en internet por muchos chinos que creen que sus políticas divisorias y sus guerras comerciales han contribuido al ascenso de China al debilitar la posición global de EE.UU.
“No le importan en absoluto las consecuencias”, dice un hombre de mediana edad que está de vacaciones en Chongqing y que prefiere no identificarse.
“Debe saber que compartimos el mismo mundo. Es una aldea global. No siempre debe anteponer a EE.UU.”, añade mientras se encuentra entre la multitud que se aglomera en miradores para contemplar el abarrotado horizonte de Chongqing, iluminado con luces de neón.
“China lleva décadas elaborando estrategias con visión de futuro”, sigue diciendo, al tiempo que la “capital del ciberpunk” del mundo brilla detrás de él al anochecer.

Turistas buscan una foto del famoso horizonte de neón de Chongqing.
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Chongqing ha sido esculpida en las montañas, ya que los constructores no tenían adónde ir sino hacia arriba.
Las carreteras suben y serpentean alrededor de empinadas laderas, mientras que el metro pasa por debajo y a través de capas de edificios.
Todo se superpone para crear lo que los periodistas de viajes han denominado la ciudad “8D” de China.
Al igual que los turistas apostados en lo alto, los viajeros de los barcos que navegan abajo intentan sacar la mejor imagen: el paisaje vertical que se cierne sobre el río Yangtsé en tonos de azul eléctrico, magenta y rojo.
Se trata de una ciudad que ofrece una ventana al intento de China de rivalizar con el poder estadounidense en más de un sentido.
China ha estado perfeccionando su “poder blando” y quitó el requisito de visa a turistas de más de 70 países.
Alrededor de 2 millones de ellos pusieron a Chongqing en su lista de lugares imperdibles el año pasado, junto con Pekín y Shanghái.
Sin embargo, el espectacular crecimiento de Chongqing tiene un precio.
Su puesta en pie ha supuesto uno de los mayores esfuerzos de construcción urbana sostenida de la historia moderna.
Y el gobierno local, con una población de más de 30 millones de personas, está ahora muy endeudado. Una economía débil y un sector inmobiliario en dificultades no ayudan.
Más allá del horizonte futurista de la ciudad hay barrios más antiguos donde los trabajadores clasifican paquetes o venden frutas y verduras con la esperanza de ganar el equivalente a unos pocos dólares al día.
Los aranceles de Trump y ahora la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán están agravando los puntos de presión de la economía china, ya que los precios de la vivienda caen, el desempleo aumenta y el bajo consumo persiste.
A pesar de todo esto, el dominio autoritario del Partido Comunista de China se ha mantenido firme.
Muchos chinos dudan de hablar de política y, aunque tienen un mensaje para Trump, no quieren compartir su nombre.
“Quiero decirle a Trump que deje de agitar las cosas”, expresa un técnico de uñas cuyas inversiones se han visto afectadas tras la crisis de Medio Oriente.
A pesar de su ascenso, en Chongqing todavía hay muchos trabajadores que luchan por ganarse la vida.
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Aun así, algunos jóvenes ven a EE.UU. como un modelo de libertad y oportunidades.
“Cuando pienso en EE.UU., pienso en la libertad y en que las personas de ese país pueden encontrar su personalidad y descubrir su potencial”, indica una estudiante de moda que está de vacaciones con su amiga.
“Es un país lleno de creatividad y sabiduría, y a muchos jóvenes chinos les gustaría estudiar allá”, agrega.
Ese sueño es ahora más incierto debido a los tensos lazos entre las dos superpotencias en los últimos años.
Pero también ha llevado a los ingenieros chinos a impulsar la innovación en su país.
En un emblemático laboratorio de dos pisos ubicado en uno de los muchos nuevos centros empresariales de Chongqing, un grupo de preescolares se ríe mientras ve a un pez robot nadar en un tanque.
Otros robots humanoides cobran vida y muestran sus movimientos de kung-fu o bailes divertidos.
Los niños están ansiosos por mostrarse ante las cámaras de la BBC y la profesora los ayuda a practicar su inglés haciéndoles repetir al unísono: “¡Este robot puede bailar!”.
China ya tiene el mayor número de robots industriales en sus fábricas, y el gobierno planea invertir unos US$400.000 millones en robótica solo este año.
Chongqing está en el centro de esta inversión.
Sin embargo, aquí y en todo el país la robótica puede necesitar la ayuda de EE.UU.
Los robots necesitan un cerebro que funcione con rapidez y por eso China quiere comprar más chips de IA de alta gama de la empresa estadounidense Nvidia.
Este podría ser un punto conflictivo en la reunión de esta semana.
En 2022, la administración Biden intentó detener la inteligencia artificial y la robótica chinas negándoles semiconductores de última generación.
Trump relajó esa política y el año pasado allanó el camino para que Nvidia comenzara a vender algunos de sus chips avanzados a China, pero no los más nuevos.
Mientras China y EE.UU. luchan por la supremacía tecnológica, analistas creen que el auge de la IA suscita una preocupación mayor.
Algunos temen que alguien con una laptop en un búnker en cualquier lugar pueda hackear los servicios de salud o encontrar códigos para lanzar armas nucleares, y sostienen que este es el momento de que ambos líderes piensen en el bien común y no en la competencia entre las grandes potencias.
China tiene el mayor número de robots industriales en sus fábricas.
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La competencia sin duda marcará la agenda. China ya hizo todo lo posible para garantizar que no depende de EE.UU. como su principal socio comercial.
Las exportaciones de China a EE.UU. han caído alrededor del 20% en los últimos años y EE.UU. es ahora el tercer socio comercial más importante de China, por detrás del sudeste asiático y la Unión Europea.
La ostentación de la última visita de Trump no impidió que EE.UU. impusiera enormes aranceles a los productos chinos, y Pekín aprendió la lección.
Cuando Trump se convirtió en el candidato presidencial en 2024, los funcionarios chinos se pusieron manos a la obra.
Asistieron a reuniones de centros de estudios en Washington al tiempo que lo escuchaban advertir, una vez más, que pondría un freno a lo que consideraba prácticas comerciales injustas por parte de China.
Y cuando Trump impuso los aranceles el año pasado, China fue el único país que no se dejó doblegar.
La gran pregunta de esta semana es si la frágil tregua comercial se mantendrá o conducirá a un acuerdo más sustancial.
El año pasado sin duda ha envalentonado a Pekín.
“No dependemos del mercado estadounidense”, asegura Lucia Chen, que vende autos eléctricos para Sahiyoo, una empresa de Chongqing, ciudad clave en esta campaña por la autosuficiencia.
Chongqing lidera el país en la fabricación de autos, lo que apuntala la posición de China como el mayor fabricante de vehículos del mundo.
Xi abogó por establecer conexiones ferroviarias directas desde China a Europa a través de Asia central, que costaron unos US$5.000 millones, y Chen considera que estás vías son útiles para vender más productos.
“Soy bastante optimista con respecto al desarrollo futuro de la industria de vehículos eléctricos de Chongqing”, me dice mientras recorremos la fábrica.
“Todos mis familiares y amigos han pasado de los autos de combustible a los eléctricos. Debido a la guerra en Irán, el precio de la gasolina ha subido un montón y muchos compradores se están planteando adquirir un vehículo eléctrico por primera vez”, continúa.
A pesar de que la crisis en Medio Oriente se prolonga, Trump viene a China, en parte, para tratar de poner fin a la guerra.
Esperará la ayuda de China para llegar a un acuerdo con su amigo Teherán, una señal más del papel que ahora desempeña Pekín en el escenario mundial.
Al presidente de EE.UU. también le gusta presumir de tener una buena relación con Xi y pensar que puede negociar con el líder de China.
Además, querrá obtener algo tangible de esta cumbre, y si viene a Pekín y es capaz de irse diciendo que ha convencido a los chinos de que compren más productos estadounidenses, puede que lo vea como una victoria.
Para China, la victoria puede estar en una visita de estado fluida y bien coreografiada.
Un acuerdo comercial sería un gran alivio, pero incluso sin eso, una visita presidencial estadounidense después de casi una década refuerza el mensaje de Xi: China está abierta a los negocios y al mundo.
“Siento que China está cada vez más conectada con el mundo, cada vez más integrada con la comunidad internacional”, expresa un fotógrafo de Chongqing.
“Antes era muy difícil ver personas con cabello rubio como tú, pero ahora me encuentro con muchos extranjeros. Todos somos como una sola familia”, agrega.
El hombre es uno de los muchos que trabajan en una extraña actividad que ha surgido aquí.
A la orilla del río, frente al lugar donde un tren local entra en una de las torres residenciales, hay una fila de visitantes con la boca abierta.
La tendencia de «comerse los trenes en Chongqing» está en acción.
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Una mujer grita instrucciones a su marido para que tome bien la imagen cuando el tren empiece a llegar; luego mastica como si fuese una deliciosa comida.
Parece una moda ridícula, pero “comerse un tren en Chongqing” es viral.
Un hombre —bien por encima de los 70 años— bromea diciendo que participar en este espectáculo en redes sociales le ayuda a “ser más joven de corazón”.
Esta es la China que Xi quiere que el mundo vea más, mientras trata de presentarse a sí mismo como un modelo de estabilidad, en contraste con un Trump impredecible.
Apenas poco más de un año después del regreso de Trump al poder, el orden mundial ha cambiado notablemente, lo que ha fortalecido la posición de Pekín.
Su enfoque de “EE.UU. primero” ha hecho que aliados y rivales se tambaleen debido a los aranceles intermitentes, mientras que Pekín desplegaba la alfombra roja ante un desfile de líderes políticos de Occidente, incluidos Reino Unido, Canadá y Alemania.
Por supuesto, esto dista mucho de ser el panorama completo.
También hay una vigilancia generalizada, un control estatal estricto sobre todos los medios de comunicación y no se tolera ningún tipo de disidencia o crítica contra el gobierno o los líderes del país.
Pero en Chongqing, muchos visitantes ven lo que puede parecer una escena cinematográfica del futuro.
La transformación de la ciudad puede leerse como una historia de éxito o como una señal de advertencia.
De cualquier manera, ofrece al mundo —y a Trump— un anticipo de lo que China espera para el futuro.
Este artículo fue escrito originalmente en inglés y usamos una herramienta de inteligencia artificial para traducirlo. Periodistas de la BBC revisaron el texto en español antes de su publicación. Más información sobre cómo usamos IA.




