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La Iglesia católica y los evangélicos trabajan sin rivalidad visible en Casavalle, una de las zonas más pobres y peligrosas de Uruguay. Para las dos comunidades, la llegada del papá es una “oportunidad tremenda” para este “rincón perdido del mundo”.
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“Vamos a ser vistos y escuchados gracias a la llegada del papa”, dice a la AFP Janet De León, una católica practicante tras participar en una misa en la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe.
“Una persona que siempre se ha sentido marginada, cualquiera sea su religión o no religión, se siente importante, tenido en cuenta en esta oportunidad”, comenta a la AFP el padre Pablo Coimbra, a cargo de esa parroquia, para dimensionar la visita papal.
León XIV tendrá su encuentro con la comunidad a las puertas de la prolija parroquia de ladrillos. A días del evento, obreros trabajan a contrarreloj en la construcción del escenario que recibirá al sumo pontífice.
El párroco Pablo confiesa que le cuesta dimensionar que el sucesor de Francisco llegará a “un barrio tan humilde como este, en un rincón perdido del mundo”.
A unas calles de la parroquia, el pastor evangélico Javier Roque resalta las vulnerabilidades del barrio.
Mientras visita a varios miembros de su comunidad religiosa, Roque dice que la llegada del papá quizás acerque a Dios a la gente. Será “una tremenda oportunidad” para que el barrio tenga mejoras, asegura.

«Polaco» Rodríguez (derecha), de 29 años, camina con su familia mientras el sector de Casavalle se prepara para la próxima visita del Papa León XIV a Montevideo el 27 de octubre de 2026. Foto: SOFIA TORRES / AFP
/ SOFIA TORRES
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Tanto el párroco como el pastor coinciden en que muchos vecinos encuentran en sus iglesias “un refugio” y “un abrazo” necesario para sobrevivir en una zona con índices de pobreza que supera ampliamente el promedio nacional.
El 14,8% de los 3,5 millones de habitantes de Uruguay, considerada una de las economías más estables de América Latina, viven por debajo de la línea de pobreza, según cifras oficiales del primer semestre del año.
Entre pasajes estrechos de tierra y viviendas precarias, Laura Lemos asegura que encontró en la iglesia evangélica El Camino, liderada por Roque, su refugio cuando la criminalidad amenazó con destruir su familia.
De 41 años y madre de tres adultos de 24, 21 y 19 años, Laura recuerda la angustia que vivió cuando el menor fue preso.
Mis hijos “hoy están vivos gracias a Dios y gracias al apoyo que tuvimos con la iglesia también”, aseguró esta vendedora.
Lemos desestimó que haya rivalidad entre católicos y evangélicos. “Es el mismo Dios en diferente lugar, ¿no?”, remarcó.
Otro vecino, el “polaco” Rodríguez, de 29 años, explica que la fe lo sacó de la delincuencia, pese a que actualmente no va a la iglesia evangélica porque “Dios está con uno”.
La visita del papa “va a servir para recordar que no estamos tan olvidados como pensamos”, dice a la AFP este padre de seis hijos que vive de trabajos informales.
Según una reciente encuesta sobre religiosidad, el 35% de los uruguayos se declara católico. Los “otros cristianos”, donde se incluyen los evangélicos, representan el 13%, y otras religiones el 7%.
Por su parte, los agnósticos o ateos son un 29%, mientras que un 15% no respondió a la encuestadora Equipos Consultores.
En este mosaico muy fragmentado, el padre Coimbra destaca la convivencia entre los uruguayos más allá de su fe.
“Formo parte de esta cultura, de la cultura laica y me siento muy identificado con mi país y no me siento incómodo para nada”, dice, al destacar que “no hay hostilidad” hacia su iglesia.
Para Aidé Carrasco, de 51 años y que dice practicar el culto Umbanda, la llegada de León XIV, “sea por marketing o sea por devoción, ayuda al barrio porque lo está mejorando en muchos aspectos”.
“Todo lo que sea progreso, que venga de donde venga, pero que venga”, dice.

