Asusta un poco que Carlos Galdós sea capaz de incendiar una conversación con apenas decir dos palabras, como “carajo” o “concha”. Porque la incomodidad suele ser, en sí, su monólogo. No tanto por el chiste impropio que aparece cada pocos minutos, sino porque entre broma y broma se burla del ideal de pareja perfecta y reflexiona sobre el amor romántico. A esto se refiere en una conversación con El Comercio: el conductor de radio y televisión habla de su último stand up-comedy “Te odio con todo mi amor”.
Asusta un poco que Carlos Galdós sea capaz de incendiar una conversación con apenas decir dos palabras, como “carajo” o “concha”. Porque la incomodidad suele ser, en sí, su monólogo. No tanto por el chiste impropio que aparece cada pocos minutos, sino porque entre broma y broma se burla del ideal de pareja perfecta y reflexiona sobre el amor romántico. A esto se refiere en una conversación con El Comercio: el conductor de radio y televisión habla de su último stand up-comedy “Te odio con todo mi amor”.
La columna vertebral del espectáculo es la neurobiología del enamoramiento, contada en tono de stand up pero con datos que podrían aparecer en una consulta terapéutica. “Cuando conocemos a alguien existe una ventana de seis meses a máximo tres años en la que tu cerebro está tomado; se apaga una parte y no ves al otro en su real dimensión”, dice sobre la relación de una pareja que vive sus primeros días atravesados por “la dopamina, la serotonina, la oxitocina o la vasopresina”, menciona Galdós.
“El amor no es tóxico. Amamos como nos amaron nuestros padres”, sostiene tras recordar su infancia. No es un tema que suelta en la primer minuto, pero su padre marcó su herida de abandono cuando se fue de su lado en la niñez. “Tenemos un modelo de amor con el sistema de creencias de tu familia, tu comunidad, tu entorno. Es, en el momento ‘amar como me amaron’, que descubrimos cosas que no corresponden, como, por ejemplo, desde conceptos como el condicionamiento, las lealtades, la manipulación”, agrega.
Carlos Galdós posa en la terraza de su casa en San Isidro. (Foto: Antonio Melgarejo Yaranga/EL COMERCIO)
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“Te odio con todo mi amor” se alimenta de su biografía, una que ha ido verbalizando frente al público durante décadas. La terapia de Galdós —esa donde una persona trata cuestiones como la exposición mediática, dos divorcios o ser padre soltero— se sostiene con aplausos de personas que se ríen junto a él.
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La tarde del conductor transcurre sin sobresaltos tras regresar de RPP Noticias, donde conduce “Encendidos”, espacio de temas de coyuntura, y de su jornada matutina en Radio Oxígeno. En sus shows y la radio, hablar de la familia y la vida en pareja resulta un juego de palabras y anécdotas. Porque tiene mucha experiencia. Estuvo casado dos veces y con su tercera esposa, la diseñadora y empresaria arequipeña María del Carmen “Marita” Cornejo, desde 2023. Mientras sigue la entrevista en la sala de su casa, ella llega. “Hola, mi amor”, la saluda. Minutos después, aparecen también sus hijos y uno le pide ver televisión. El papá se niega. “Que se aburra. En el aburrimiento, ocurren cosas mágicas”, dice con seriedad.
“Mi esencia es la sinceridad. Yo te pico con sinceridad”, sostiene. Galdós asegura que no tiene prejuicio en habitar la vulnerabilidad, la sensibilidad o el amor. Ni hoy en día ni durante las época de su hito “La noche es mía”, un laboratorio donde llevó el desparpajo al extremo junto al Loco Wagner y otros conductores. “Una cosa es conducir un programa de medianoche, donde el diseño consistía en burlarnos de la televisión. Era muy tribal la energía con los amigos del trabajo. No me arrepiento en absoluto. Todo era parte de la construcción del programa. Y otra cosa es conducir un espacio matutino, donde un hombre de 51 años le habla a una audiencia contemporánea”, explica.
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A pesar de los altibajos de su propia historia, Galdós no reniega de su pasado y mucho menos de su presente. “Yo soy todas y cada una de las acciones de mi vida desde el día que me parieron hasta este momento. No me alejo de nada y no todo me constituye”, lo dice con soltura.
De los nuevos tiempos, lo que más le incomoda es la cultura de la cancelación: un humor que, según dice, obliga a vivir en permanente vigilancia, como si cada frase fuera una granada.
“Estoy cada vez más consciente del impacto de las palabras. Las palabras crean espacios, generan realidades”, reconoce.
Aun así, no está dispuesto a cambiar su humor, ese que no pide permiso. “Esto (hacer shows) lo hago por mí. No por la humanidad ni para enseñarle algo al público. Es mi forma de revisar mi camino en el amor, la familia, quién soy. Prefiero hacerlo sobre un escenario, riéndome con la gente, que estar dándome discursos a solas como si estuviera loquito”, concluye.




