La primera vuelta brasileña dejó una señal que la región no debería subestimar: Flávio Bolsonaro terminó por delante de Lula y ambos llegarán al balotaje del 25 de octubre con posibilidades reales de definir un cambio en la orientación internacional de Brasil. Más allá del resultado final, hay una pregunta que trasciende la política interna: ¿puede el Escudo de las Américas convertirse en una verdadera arquitectura hemisférica de seguridad y cooperación sin Brasil?
La respuesta difícilmente puede ser afirmativa. Brasil reúne una dimensión territorial, demográfica, económica, militar y diplomática que ningún otro país latinoamericano puede sustituir. Su incorporación modificaría la escala de la iniciativa impulsada por Washington y podría convertir una coalición todavía limitada en una estructura con alcance efectivo desde el Caribe hasta el Cono Sur.
El interés de Estados Unidos por incorporar a Brasil no se explica solamente por la lucha contra el narcotráfico. El segundo gobierno de Donald Trump ha colocado al hemisferio occidental en el centro de su estrategia, en un escenario en el que China ha consolidado una presencia comercial, financiera y tecnológica que Washington ya no puede ignorar. El propio diseño del Escudo combina seguridad, cooperación política y una creciente preocupación por las cadenas de suministro, los recursos estratégicos y la influencia extrarregional.
Ahí aparece Brasil como la pieza decisiva.
Un Brasil integrado al Escudo permitiría compartir inteligencia, coordinar controles fronterizos y enfrentar de manera más eficaz redes criminales que operan sobre espacios amazónicos, rutas marítimas y fronteras que ningún Estado puede controlar por sí solo. Para países como el Perú, que comparte con Brasil una extensa frontera amazónica y enfrenta problemas vinculados al narcotráfico, la minería ilegal y otras economías ilícitas, esa cooperación tendría consecuencias directas.
Pero existe una dificultad que no puede ignorarse: Brasil no ha construido su política exterior para escoger entre Washington y Beijing. La ha construido para conservar margen de maniobra frente a ambos.
El vínculo con China es demasiado importante para ser reducido a una cuestión ideológica. China es uno de los principales socios comerciales de Brasil y un mercado fundamental para sus exportaciones de materias primas. Beijing también ha incrementado su presencia en sectores vinculados con minería, infraestructura y tecnología. Cualquier gobierno brasileño que pretendiera alterar radicalmente esa relación tendría que asumir costos económicos considerables.
A esto se suma una dimensión que el debate hemisférico suele pasar por alto: Brasil es miembro fundador y uno de los actores centrales de los BRICS. Para Brasilia, ese espacio no es simplemente una alianza con China. Es también un instrumento de articulación con otras potencias emergentes y una plataforma desde la cual Brasil busca defender una visión más multipolar del sistema internacional. El gobierno de Lula ha utilizado precisamente esa participación para ampliar el margen de acción brasileño en el llamado Sur Global.
Por eso, la eventual incorporación de Brasil al Escudo plantearía una cuestión mucho más profunda que la adhesión a una iniciativa de seguridad: obligaría a definir cómo puede Brasil acercarse estratégicamente a Washington sin renunciar a los espacios de autonomía que ha construido con China, los BRICS y otros socios.
En este punto, la propuesta de Flávio Bolsonaro adquiere relevancia. El candidato ha planteado explícitamente incorporar a Brasil al Escudo y fortalecer la relación con Washington, además de buscar cooperación estadounidense en materia de minerales críticos. Al mismo tiempo, ha señalado que una eventual relación con China debería mantenerse desde un criterio económico pragmático.
Ese planteamiento podría abrir una posibilidad distinta: que Brasil no tenga que escoger entre dos polos, sino utilizar su relación con ambos para aumentar su capacidad de negociación. La cuestión será determinar hasta dónde puede avanzar esa convergencia con Washington sin afectar los intereses económicos brasileños en China ni la posición de Brasil dentro de los BRICS.
El escenario con Lula parte de otra concepción. Su política exterior ha privilegiado la soberanía, el multilateralismo, las relaciones Sur-Sur y una mayor aproximación a China y al mundo emergente. Brasil no ingresó al Escudo bajo su actual gobierno y ha mantenido reservas frente a iniciativas estadounidenses que considera incompatibles con su autonomía estratégica.
La diferencia, por tanto, no es simplemente ideológica. Es una diferencia sobre el lugar que Brasil debe ocupar en el sistema internacional: más próximo a una arquitectura hemisférica liderada por Washington, o más concentrado en preservar una posición autónoma entre las grandes potencias.
Eso convierte al 25 de octubre en algo más que una elección presidencial. El resultado determinará también qué combinación de seguridad, comercio, autonomía estratégica y alianzas internacionales buscará la mayor potencia sudamericana.
El Escudo de las Américas necesita a Brasil para alcanzar una dimensión verdaderamente hemisférica. Pero Brasil también tendrá que decidir cuánto de su autonomía está dispuesto a comprometer —o, más precisamente, cuánto puede utilizarla— para convertirse en uno de los pilares de esa nueva arquitectura.
La verdadera cuestión no será, entonces, si Brasil elige entre Estados Unidos y China. Será si consigue relacionarse con ambos desde una posición de suficiente fortaleza como para que su incorporación al nuevo orden hemisférico no signifique renunciar a su propia estrategia de poder.
(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University.



