Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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La depresión, las autolesiones o los pensamientos de muerte dejaron de ser problemas asociados exclusivamente a la adolescencia o la adultez. Alfredo Saavedra Castillo, director general del Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi, advierte que los especialistas están recibiendo a niños de apenas 6, 7 y 8 años con cuadros de angustia y un sufrimiento emocional que muchas veces todavía no pueden expresar con palabras.
La depresión, las autolesiones o los pensamientos de muerte dejaron de ser problemas asociados exclusivamente a la adolescencia o la adultez. Alfredo Saavedra Castillo, director general del Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi, advierte que los especialistas están recibiendo a niños de apenas 6, 7 y 8 años con cuadros de angustia y un sufrimiento emocional que muchas veces todavía no pueden expresar con palabras.
El problema aparece en un escenario mayor. La última encuesta Nacional de Salud Mental del 2022 encontró que el 30,9% de los adultos presentó al menos un trastorno psiquiátrico a lo largo de su vida, mientras que la depresión y la ansiedad aparecen entre los diagnósticos más frecuentes. Saavedra sostiene que la violencia familiar y escolar, la inseguridad y la falta de contención forman parte del entorno que hoy está afectando la salud mental de los peruanos.
En entrevista con El Comercio, el especialista aborda qué está ocurriendo desde la infancia, cuáles son las señales que no deberían pasar inadvertidas y qué capacidad tiene el sistema de salud para responder.
Alfredo Saavedra es el director del Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi.
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—Si tuviera que hacer hoy un diagnóstico de la salud mental de los peruanos, ¿cuáles son los tres problemas que más han crecido o más le preocupan y qué cifras permiten dimensionarlos?
Lo primero a destacar en la salud mental de los peruanos es el contexto en que vivimos y me refiero en especial a la inseguridad ciudadana: el 27,1% de la población urbana de 15 años a más fue víctima de al menos un hecho delictivo en el último año, según datos del INEI (2024). Esta realidad se traduce en un 86,1% de ciudadanos que perciben que podrían ser víctimas de un delito en los próximos 12 meses, sometiendo a la población a un estado de hipervigilancia permanente y, por ende, a un estrés continuo.
En segunda instancia está la violencia doméstica y de pareja. De acuerdo con la ENDES y la ENARES, el 52% de las mujeres de 15 a 49 años ha sufrido algún tipo de violencia por parte de su esposo o compañero a lo largo de su vida.
En tercer lugar está la violencia escolar y el bullying. La ENARES revela que el 45,9% de los estudiantes de 12 a 17 años sufrió violencia en sus colegios por parte de sus compañeros.
El impacto de este contexto lo apreciamos en la Encuesta Nacional de Salud Mental 2022 del Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi, que encontró que el 30,9% de los adultos presentó al menos un trastorno psiquiátrico a lo largo de su vida, aproximadamente uno de cada tres peruanos. Entre los diagnósticos más frecuentes están los trastornos depresivos y los trastornos de ansiedad.
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—¿Estamos viendo niños con ansiedad, depresión, autolesiones o pensamientos suicidas a edades cada vez más tempranas?
Hace un par de décadas, pensar en un niño pequeño, recién ingresado a la escuela primaria, con depresión clínica severa o ideación suicida era considerado un mito o simplemente un problema de “mala crianza”. Hoy, la realidad en los consultorios psicológicos y psiquiátricos del Perú muestra un panorama radicalmente distinto: el sufrimiento mental agudo irrumpe con crudeza en los primeros años de vida escolar.
Los especialistas reciben pacientes cada vez más jóvenes —niños de apenas 6, 7 u 8 años— que experimentan angustia, incapacidad para disfrutar del juego y un dolor que desborda su capacidad de comprensión. Los pensamientos de muerte y las autolesiones han dejado de ser una tragedia exclusiva de la adolescencia. Al no encontrar las herramientas emocionales ni las palabras para procesar su angustia, algunos recurren a conductas autolesivas como un mecanismo para aliviar esas tensiones.
¿A qué responde ello?
Este sufrimiento temprano responde a una combinación de factores. Los datos de ENARES 2024 muestran que el 44% de los niños de 9 a 11 años y el 45,9% de los adolescentes de 12 a 17 años sufrió violencia en los últimos doce meses. Crecer bajo esta alerta constante afecta la capacidad del menor para regular sus emociones.
También encontramos hogares donde los padres pueden estar físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes. Las jornadas laborales, la precariedad económica y el propio estrés de los adultos pueden relegar la crianza afectiva. El niño puede terminar sintiéndose solo frente a sus miedos y desbordes emocionales, sin un adulto que funcione como ancla.
Lo que también ha cambiado es nuestra capacidad para ver el problema. Antes, la depresión y la ansiedad en la infancia se escondían bajo etiquetas punitivas: “es un niño malcriado”, “es hiperactivo”, “es rebelde”. Hoy los profesionales pueden mirar más allá del síntoma y detectar la angustia que un niño no sabe verbalizar, pero que manifiesta a través de su cuerpo, su bajo rendimiento, su aislamiento o su agresividad.
—En suicidio, ¿qué está ocurriendo en el Perú que todavía no estamos viendo?
La conducta suicida es un fenómeno complejo y multifactorial; no aparece de un momento a otro ni responde a una sola causa. Va desde los pensamientos y planes hasta los intentos y el suicidio consumado.
Es transversal a distintas condiciones de salud mental, con predominio de los trastornos depresivos, ansiosos y adictivos, entre otros. También intervienen determinantes sociales como la violencia doméstica y escolar y las repercusiones que dejó la pandemia.
Según la Encuesta Nacional de Salud Mental 2022, casi uno de cada diez adultos en el Perú —el 9,5%— ha contemplado la idea de quitarse la vida alguna vez, aproximadamente 1,5 millones de personas. En el último año analizado, el porcentaje fue de 1,7%. Las mujeres reportaron una prevalencia de vida de pensamientos suicidas de 12%, frente al 6,9% de los hombres.
Antes de un intento pueden aparecer señales como aislamiento, desesperanza, cambios persistentes en el ánimo o comportamiento, pérdida de interés, alteraciones del sueño o expresiones vinculadas con no querer vivir. Por eso insistimos en que no hay que esperar a que la persona llegue al límite: preguntar cómo está, escuchar sin juzgar y facilitar ayuda profesional puede abrir una oportunidad de prevención.
—¿Cuál es hoy el trastorno mental más subestimado en el Perú: aquel que afecta a muchas personas, pero que las familias todavía confunden con “una etapa”, falta de carácter, rebeldía o estrés?
Los problemas psiquiátricos y conductuales más incomprendidos y que generan importantes brechas de atención son la depresión y la ansiedad generalizada, entre otros.
La depresión profunda lidera las estadísticas de morbilidad psiquiátrica en la población adulta de 18 a 59 años. A pesar de ello, una de las primeras barreras para la recuperación se encuentra dentro del propio hogar. La fatiga constante, el aislamiento y el llanto repentino suelen justificarse como simple “cansancio” o “agobio pasajero”. También existe la creencia de que la depresión se supera “poniendo de su parte”, etiquetando la apatía y el desgano como “flojera” o “falta de fortaleza”.
En los trastornos de ansiedad ocurre algo similar. La ansiedad generalizada puede normalizarse como “estrés crónico” o sobrecarga laboral. La persona vive en constante preocupación, puede presentar tensión muscular, irritabilidad, taquicardia o insomnio, pero su entorno termina considerándola alguien “muy nervioso por naturaleza” o que “no sabe manejar la presión”. Esa normalización retrasa la búsqueda de ayuda.
Las medidas de contención y el aislamiento social han perjudicado la salud mental de muchas personas.
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—El Perú ha ampliado su red de centros de salud mental comunitaria, pero ¿qué ocurre cuando una persona necesita atención psiquiátrica especializada?
El Perú ha construido una red que permite organizar la atención según complejidad. Hoy contamos con más de 300 centros de salud mental comunitaria, 52 unidades de hospitalización en salud mental y adicciones en hospitales generales y 1.938 establecimientos no especializados con profesionales de psicología.
Cuando una persona requiere mayor complejidad, el sistema contempla hospitales especializados y establecimientos del tercer nivel, como el Instituto Nacional de Salud Mental, que además de atención especializada desarrolla investigación, docencia y generación de conocimiento.
El desafío ahora no es únicamente seguir aumentando establecimientos. Debemos lograr que los distintos niveles estén verdaderamente articulados, que las referencias y contrarreferencias funcionen y que una persona que necesita atención especializada pueda acceder oportunamente, independientemente de dónde viva.
Existen brechas de recursos humanos y capacidad especializada, especialmente fuera de Lima. La distribución territorial es uno de los principales problemas: una parte importante de los psiquiatras se concentra en Lima y Callao, dejando a varias regiones en una situación de mayor escasez.
—Pensando en los próximos diez años, ¿cuál cree que será el gran problema de salud mental de los peruanos si no hacemos nada diferente desde ahora? ¿Qué estamos haciendo hoy que podría estar formando una generación con mayores problemas de salud mental?
Si el Estado mantiene su nivel actual de inversión e indiferencia, el gran problema de la próxima década será el impacto de la depresión crónica y los trastornos de ansiedad incapacitantes, junto con un incremento de las conductas suicidas y las adicciones en jóvenes.
Entre los factores que hoy moldean a una generación vulnerable están el estrés económico de las familias, las escuelas sin suficiente contención emocional y la normalización de la violencia cotidiana.
Pese a las leyes existentes, persiste la brecha de psicólogos en las escuelas públicas. La sobreexigencia académica y la exposición a la violencia escolar se viven muchas veces sin redes de contención. A esto se suma crecer entre inseguridad ciudadana, violencia intrafamiliar y falta de espacios públicos seguros.
La salud mental no es un gasto asistencialista, sino la infraestructura invisible que sostiene la productividad, la seguridad ciudadana y la cohesión social de un país.



