martes, octubre 6

Antes de aprender a esculpir, Alfredo Rolando Grosman aprendió a golpear una piedra. En el Valle Sagrado, en Cusco, durante una residencia artística, pasó diez días trabajando sobre granito, ayudando a una familia de picapedreros a construir una réplica del Intihuatana de Machu Picchu. El granito, recuerda, era una piedra “extremadamente dura”, y aunque aquella experiencia fue menos una clase de escultura y más una prueba de resistencia física, al final, le entregaron una piedra y le dijeron que hiciera con ella lo que quisiera. Como no sabía muy bien qué hacer, entonces empezó a mirarla.

“Yo no me inspiro. Yo me conecto con la piedra”, dice Rolando Grosman. La frase podría pertenecer a un tratado de espiritualidad, pero en su caso describe también un procedimiento bastante concreto: observar la materia, encontrar sus vetas, conocer sus resistencias, golpear, lijar, pulir y esperar que una forma aparezca. En ese diálogo entre intuición y oficio ha construido, en pocos años, una obra que hoy tiene en el ónix peruano su material predilecto.

“Primero miro la piedra por todos lados, buscando esa conexión. Y cuando empieza el diálogo, siento que mis manos saben qué hacer”, explica. Para Rolando Grosman, la creación comienza así: no imponiendo inmediatamente una forma a la materia, sino observándola hasta encontrar sus posibilidades.

Esta noche, 6 de octubre, el Centro Cultural Ricardo Palma inaugura en Miraflores “Historias de Piedra”, su exposición individual, bajo la curaduría de Svitlana Davydenko, profesora de Historia del Arte en Valencia. La muestra propone una investigación sobre el ónix y sus posibilidades físicas y lumínicas.

Rolando Grosman conserva deliberadamente zonas de la piedra en bruto, con sus fracturas y cortezas naturales, mientras lleva otras superficies hasta un pulido extremo. Cuando el mineral alcanza espesores mínimos, la luz penetra en él y revela transparencias y accidentes que permanecían ocultos.

Rolando Grosman llama a ese proceso una forma de revelar la “memoria geológica” de la piedra. La expresión pertenece a su lenguaje artístico, pero describe una característica material concreta: el ónix se forma durante largos procesos geológicos y conserva en sus vetas y capas las huellas de su formación. Al intervenirlo, el escultor no busca ocultar completamente esas marcas. Al contrario, las convierte en parte de la obra.

“Una piedra tiene densidades interiores, tiene fracturas, tiene colores vibrantes y colores oscuros. Cuando la trabajas, empiezas a descubrir todo eso”, cuenta. En sus piezas, esa exploración convierte el interior del mineral en parte visible de la composición.

Hay en esa mirada algo deliberadamente anacrónico. En un tiempo en que buena parte de la creación artística puede comenzar frente a una pantalla, un archivo digital o un prompt, Rolando Grosman insiste en una materia que exige contacto, esfuerzo y tiempo. Ya había formulado esa preocupación durante su participación en Madrid, donde presentó su serie “Forma en Resistencia”: “Trabajar con cosas táctiles es recordar aquello que es primordialmente humano”, dijo entonces.

Entre dejarse llevar y tomar decisiones existe, para él, un espacio de negociación. “La piedra no me dice exactamente qué hacer, pero sugiere”, explica. “También uso el intelecto, el razonamiento para estructurar una composición. Es una simbiosis; por eso siempre digo que es un diálogo.”

Hay, entonces, una paradoja en su método: Rolando Grosman habla de escuchar a la piedra, pero también de tomar decisiones sobre ella. La materia propone; el escultor decide hasta dónde seguirla.

Para Rolando Grosman, es importante que la escultura no tenga un solo rostro. El escultor trabaja las piezas para que cambien según el ángulo desde el que se las observe, ya que una misma obra puede contener, según él, al menos tres composiciones diferentes. “Mi meta siempre es que la obra sea diferente de todos los ángulos”, dice. El espectador no contempla solamente un objeto, sino que debe desplazarse alrededor de él y descubrir cómo cambia.

La comparación que utiliza es musical. Habla de “melodía” y “sinfonía” para explicar ese movimiento. La escultura se transforma a medida que el cuerpo del espectador también lo hace. De frente puede ser una obra; al rodearla, otra.

Esa búsqueda formal conecta su trabajo con una tradición importante de la escultura peruana contemporánea, aunque Rolando Grosman ocupa en ella un lugar todavía reciente y distinto. Lika Mutal, una de las figuras fundamentales de la escultura en piedra en el Perú, desarrolló una relación física y espiritual con el material, preservando en muchas de sus obras la tensión entre la superficie áspera y la intervención humana. Su obra “El ojo que llora”, declarada Patrimonio Cultural de la Nación, convirtió la piedra en soporte de memoria y duelo: alrededor de una escultura central se distribuyen miles de piedras con los nombres de víctimas del conflicto armado interno.

Alfredo Rolando Grosman trabajando en piedra

/ Fernanda Bravo

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