“La raza humana se está extinguiendo”, advierte Alberto Plaza meses antes de su próximo concierto en el Gran Teatro Nacional. La conclusión nace de lo que considera el mayor mal de nuestro tiempo: el miedo al amor, “al compromiso, al sufrir”, continúa enumerando el cantautor chileno, que durante cuatro décadas hizo precisamente del amor el centro de su repertorio. El próximo 16 de septiembre, tocará temas como “Aventurera” y “Yo te seguiré, así como otros clásicos escritos en una época en la que, según él, el mundo todavía no se desbarrancaba por la baja natalidad.
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—Sueles regresar muchas veces al Perú. ¿Qué tiene de especial para ti?
Me han recibido siempre con hospitalidad y cariño. Además, tengo grandes y muy queridos amigos ahí. El Perú fue el primer país al que salí después de comenzar mi carrera en Chile. Ahí nacieron mis primeras ilusiones de que mis canciones podían gustar más allá de lo nacional. Se formó, irremediablemente, un lazo de amistad, cariño y amor profundo por más de tres décadas.
—¿Cómo vives el hecho de que temas creados desde la intimidad sean canciones populares?
Yo siempre he pensado que uno tiene que tomar conciencia del efecto que producen las canciones y hacerse responsable de eso. Eso significa entender que hay gente que toma una canción, la hace suya y quiere conectarse con uno, ya sea a través de las redes sociales, de un mensaje, de una fotografía cuando uno pasa por algún lugar o contando una historia.
—¿De qué formas el público te lo ha hecho saber?
Hay personas que me dicen que, a partir de una canción mía, decidieron tener hijos o hicieron algún cambio importante en su vida. Eso es una bendición. No me imaginé, cuando comencé este camino de la música siendo niño, que iba a tener ese impacto. No solo llegar a lugares distintos, sino también el impacto que podía tener una canción en una persona. Que alguien tome una canción mía y le ayude a superar una pena, o le ayude a conquistar a otra persona… ¿cómo no va a ser algo bueno?
—No es algo malo, pero cada vez se prioriza más el ritmo por encima de la letra, la llamada búsqueda del hit.
El mensaje pasa por encima porque hay demasiada información. Sin embargo, les agradezco a los reguetoneros y a los artistas urbanos de hoy porque, al carecer esa música de espiritualidad, la mayor parte de ella, los jóvenes están volviendo la mirada hacia una música con mayor contenido espiritual, más amorosa.
—¿Qué encuentran exactamente en canciones con más contenido espiritual?
La música de hoy está muy centrada en el sexo y en el cuerpo. Un joven sale a perrear y luego vuelve a su casa y se da cuenta de que hay un vacío, de que algo no está llenando completamente las necesidades que tiene el ser. Entonces empieza a volver la mirada hacia la música de los años setenta y ochenta. Están escuchando a Elton John, The Beatles, Queen, Elvis y también a nosotros, los artistas latinos. Todo es cíclico.
—También está el problema del tiempo. Ahora las canciones duran menos porque hay menos tiempo para escucharlas.
Es cierto, las canciones las van pasando más rápido. Muchas veces las escuchan solo hasta la mitad. Pero, por otro lado, están los niños, quienes seguirán siendo niños. Yo tengo hijos pequeños y te piden una canción cien veces. No solo tienen tiempo para escucharla una vez, sino que te la vuelven a pedir una y otra vez. Entonces uno termina convirtiéndose nuevamente en auditor de toda esa música. Es la vida.
—¿Qué cosas de la actualidad no te gustan en comparación con otras épocas?
Hoy en día la gente tiene miedo al amor, tiene miedo al compromiso. Existe la percepción de que las relaciones duran poco. Entonces no se atreven a embarcarse en una porque tienen miedo de sufrir. Y ese miedo está fundado en la evidencia de que muchas parejas se separan o se divorcian. Entonces se piensa: “¿Para qué voy a sufrir? ¿Para qué me voy a meter con alguien si después me voy a divorciar? ¿Para qué me voy a casar? ¿Para qué voy a tener hijos si después ellos van a sufrir?”. Y peor aún. Muchas mujeres hoy dicen: “¿Para qué voy a tener hijos si me quitan tiempo?”. Hay una mirada muy centrada en uno mismo. Eso es muy preocupante, hay demasiado egocentrismo.
—¿Hacia dónde crees que nos dirigimos?
Hay que observar lo que dije porque es una emergencia. El tema de la natalidad es una emergencia mundial, sobre todo en Occidente. Las poblaciones no se están reponiendo. En términos técnicos, la raza humana se está extinguiendo. Y esa no puede ser una buena noticia.
—¿Qué otras inquietudes atraviesan tu mente?
Mi foco hoy está en el mundo de la música y en mi familia. Tengo cinco hijos y una mujer increíbles. Tengo un hogar del que me siento profundamente agradecido y orgulloso. Eso es lo más importante que tiene la vida. Lo paso muy bien todos los días. Entonces estoy absolutamente realizado.
—Algunas de tus ideas han generado rechazo a través de redes sociales. ¿Cómo lidias con ello?
Me encanta cuando alguien lo pasa mal porque a mí me va bien… No está bien que lo diga así, pero hay que diferenciar. El 80 % del odio que recibo en las redes sociales proviene de bots. Entonces no son reales. Hay otro porcentaje muy importante que proviene de personas anónimas. ¿Por qué me va a importar lo que piense un anónimo que se llama “FL352600odiotodo”?
—El odio puede calar muy profundo, incluso afectar el trabajo de uno…
El odio también es una señal de éxito. Nadie odia a una persona que no triunfa, que no existe o que no hace nada. Es una señal de éxito porque, en la medida en que mejor te va, más gente se va a resentir. Entonces no hay que preocuparse por eso. Yo simplemente sigo adelante. Tengo que reconocer que lo paso muy bien cuando alguien me insulta en redes sociales, porque me entretiene.
—¿Alguna vez ese odio se manifestó de forma física?
No, en absoluto. Todo lo que recibo cuando estoy en la calle es puro amor.
—Vemos en tus conciertos también la presencia de jóvenes, no solo de quienes te siguen desde el comienzo. ¿Qué te genera eso?
En mis conciertos encuentro una muy buena cantidad de jóvenes. Y jóvenes que se saben mis canciones perfectamente. Cantan en parrillas: “Aventurera…”, con una chela en la mano. Pero ¿sabes qué pasa? Yo hago canciones para que le sirvan a la gente, no para que me sirvan a mí. Yo las entrego esperando que alguien las haga suyas, que las cante, que las dedique, que le sirvan. Pero el primer impulso siempre está pensado en el otro, no en mí. Así lo he hecho siempre.
—Hay muchos jóvenes que no están de acuerdo con tus pensamientos, pero les gustan tus temas y se preguntan: ¿debemos separar al artista del arte?
A mí también me pasó de joven. Yo no sentía sintonía con la vida personal de un artista o con su forma de pensar, pero sí con su música. Y, de hecho, de la mayoría de los artistas uno ni siquiera sabe qué piensan. La música de Queen, por ejemplo, me hizo vibrar profundamente. Pero yo nunca me preocupé por saber qué pensaba Freddie Mercury. ¿A quién le importa eso? No debería ser importante. A menos que alguien quiera utilizar la música como vehículo de una causa ideológica, de cualquier naturaleza. Pero ¿por qué me va a importar lo que pensaba Pavarotti? Lo mismo con Ed Sheeran o con cualquier otro artista. Yo ni siquiera me lo pregunto. Por supuesto que hay que separar la obra del artista.
—¿Aun cuando vemos cómo artistas pasan de ser de izquierda a derecha? Es algo que se repite a menudo.
No es importante. ¿Por qué va a ser importante? ¿A quién le interesa? Lo que importa son las canciones. Alguien dice: “Es malo el mensaje porque él es de derecha”, o “es malo porque es de izquierda”. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? No importa. Yo me centro en la música. Eso es todo.
—¿Hay canciones en tu repertorio que ya no encajan con la actualidad?
No, mis canciones siempre tienen un espacio. Lo que pasa es que ya son tantas que hay que hacer recortes. De hecho, muchas veces tengo que hacer medleys. Hay canciones que me encantaría cantar completas, pero simplemente el tiempo no alcanza. Pero no hay ninguna de la que diga: “Esta ya no corresponde cantarla”.
—¿Y qué se tocará en Lima esta vez?
Eso sí es importante. De hecho, en Lima voy a cantar un medley de canciones de corte andino que yo mismo compuse. Soy un fanático de la música andina. Yo me formé con esa música. Cuando era niño fue de las primeras músicas que escuché y me sigue fascinando hasta el día de hoy. Voy a interpretar algunas de ellas. Y es muy lindo cantarlas en el Perú porque el público resuena inmediatamente con esa música.
—Desde que compusiste esos temas hasta hoy ha habido grandes cambios en tu vida. ¿Qué es aquello que no cambia a pesar del tiempo?
Pienso que nosotros somos el mismo ser desde que nacemos hasta que morimos. Y después también. Incluso desde antes somos un ser espiritual que no crece. Lo que crece es el cuerpo. Un niño de un año es el mismo ser que cuando tiene ochenta años. Ese espíritu no cambia. No tiene masa, no tiene energía, no tiene materia ni tiempo. Lo que utiliza es este artefacto, que es el cuerpo. Ese sí crece, se deteriora, envejece y finalmente muere.
—Sin embargo, el mundo a nuestro alrededor sí cambia constantemente.
Pero, en esencia, seguimos siendo los mismos. Tengo las mismas ilusiones, me siguen gustando las mismas cosas y tengo la misma mirada sobre la vida, enriquecida por la experiencia y la sabiduría que uno va adquiriendo con los años. Pero, en el fondo, me siento igual que cuando tenía cinco o seis años. No ha cambiado nada. A esa edad quería ser cantante. Hoy también. A esa edad me gustaba el fútbol. Hoy también. A esa edad ya me gustaban las mujeres y hoy tengo a mi mujer.
Sobre el concierto
El 16 de septiembre en el Gran Teatro Nacional. Entradas disponibles en Teleticket.















