Malbernat, Trobbiani, Lucho Reyna y Mifflin. Era el 2004 y aunque todavía se hablaba de la U tricampeón, en realidad se la evocaba, caminando sobre sus ruinas. Me sabía de memoria esos cuatro apellidos no solo porque los había googleado, sino que los visitaba a diario: fue la primer campaña que seguí realmente a Universitario mañana y tarde, en Lima y en provincia, a veces acreditado, a veces de curioso, y en mi rol de reportero novato escuchaba “lo que sería el club con planificación y buenos dirigentes”. Era una U de 5 mil personas en el Monumental, sin grandes refuerzos y más bien vivo gracias a sus rentas, que todavía lo ponían en el podio de los más campeones. Y aunque luego volvió a ocurrir en 2014 y 2015, y más acá en el tormentoso 2022, pensé que los tiempos de la inestabilidad, los técnicos despedidos por el mal humor y la incapacidad de los gerentes deportivos se habían acabado.
La salida de Héctor Cuper, el cuarto técnico en el año -si incluimos el interinato de Coco Araujo- es la prueba de que no. Estaban dormidos, nada más.
La gravedad de los despidos, las cláusulas por pagar y la proyección caótica del 2026 no tiene que ver solo con lo deportivo: la U está a dos puntos del líder Garcilaso y a falta de 7 fechas puede encadenar resultados y salir campeón. El problema es haber malgastado tanto tiempo, dinero y prestigio, como si al club le sobrara: Universitario cerró el 2025 no solo con tres títulos nacionales consecutivos, también con una sensación de bonanza financiera, deportiva e incluso sentimental que ni siquiera nuestros bisabuelos vieron. Despilfarrar esto es grave y atenta -me parece- contra eso que tanto se cuidó en años anteriores: la credibilidad.
El técnico Fabián Bustos posa junto al trofeo a «mejor equipo masculino 2024» que ganó Universitario de Deportes en las votaciones de los Premios DT El Comercio 2024. (Foto: Joel Alonzo / El Comercio)
/ Joel Alonzo
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Por supuesto que es mejor corregir a tiempo e ir a lo fiable, en el caso de que sacar a Cuper a mitad del Clausura, sin ningún rochoso caos en el vestuario y sí más bien, en plena fundación de otros modales ahí adentro, menos paternalistas y mas “europeos”, sea parte de una planificación. No lo parece. Cuper sigue siendo Cuper esta semana, no mintió en sus formas ni en sus intenciones, y se le trajo más bien por eso que hoy parece un golpe al ego de los últimos Tricampeones: habla poco, dirige a la antigua y no escucha.
¿Quién llega? Fabián Bustos. No hubo ni hay otro nombre que a la administración Velazco les parezca más ideal que él. Es más, a la hora del cierre de esta nota, el técnico argentino ya debe estar en Lima para cerrar documentos y lo más importante, sostener una conversación con el plantel, básicamente de convencimiento, y organizar el tramo final del campeonato. Lo que en la U hoy llaman “estar unidos todos”. Si queremos hallar razones, hay tres que pesan toneladas: 1. La postura del plantel, a través de sus líderes (Flores, Polo, Corzo y Calcaterra), que en las últimas horas tuvieron algún contacto con la dirigencia, a favor de su llegada. 2. Sus estadísticas en el ciclo anterior, invicto como local en el año del Centenario (21 partidos jugados en el Estadio Monumental, 21 victorias). Además de sus 57 goles anotados y apenas 9 recibidos. Un hito en la historia de la U y del fútbol peruano. Y 3. Su total convencimiento. Su ilusión. Y por supuesto, la certeza de algo que no parecía tanto en el ciclo anterior: cada partido es una final. No hay margen de error.
Esa es la U hoy. Si sale campeón a final de año y acaba con todas las discusiones y vitrinas llenas en el fútbol peruano, será muy a pesar de estos atajos polémicos/peligrosos en la ruta. La única bandera, a falta de 7 fechas para el final del Clausura, parece ser que ahora sí todos tiran para el mismo lado. El riesgo es demasiado alto y aunque es 2026, se parece mucho a ese 2004 en que mandaba un capataz, no un dirigente.
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