Recientemente he sido testigo de numerosos casos de personas profundamente frustradas por inversiones realizadas, algunas incluso bastante mediáticas. Muchos de estos episodios se originan en estructuras de oferta privada —varias no reguladas por la SMV— aunque también pueden presentarse en productos supervisados.
Recientemente he sido testigo de numerosos casos de personas profundamente frustradas por inversiones realizadas, algunas incluso bastante mediáticas. Muchos de estos episodios se originan en estructuras de oferta privada —varias no reguladas por la SMV— aunque también pueden presentarse en productos supervisados.
Las inversiones más peligrosas suelen construirse a partir de un cóctel peligroso: promesas de alta rentabilidad, percepción de bajo riesgo y poca comprensión de la verdadera fuente de valor de la inversión. A ello se suma un componente emocional importante: la influencia del entorno cercano. Amigos, colegas o figuras reconocidas dentro del círculo profesional muchas veces terminan impulsando decisiones motivadas más por la ambición y el deseo de “pertenecer al club” que por un análisis objetivo. El problema se agrava cuando se compromete una parte importante del patrimonio, incluso recursos destinados a la jubilación.
La primera señal de alerta aparece cuando una inversión ofrece retornos significativamente superiores al mercado mientras minimiza el riesgo asumido. En finanzas, riesgo y retorno suelen ir de la mano. Si una estructura promete una rentabilidad muy atractiva presentándose casi como un depósito a plazo, corresponde sospechar, investigar y comprender claramente qué riesgo existe detrás.
Un segundo aspecto clave es la gobernanza. Estructuras con poca transparencia, valorizaciones no independientes, conflictos entre empresas vinculadas, comités de inversión sin independencia o escasa información a inversionistas suelen terminar generando frustraciones posteriores. Incluso en inversiones reguladas, la responsabilidad final recae sobre quien tomó la decisión de invertir.
Finalmente, muchas pérdidas nacen de seguir ciegamente a “gurúes” o replicar lo que hace el resto del entorno profesional. Por ello, contar con un asesor financiero independiente y emocionalmente distante de la inversión puede marcar una diferencia importante.
El mercado actual ofrece alternativas de inversión atractivas y con estándares sólidos de gobernanza. La tarea del inversionista consiste en distinguir estos productos de los “limones” y construir un portafolio adecuadamente diversificado, respetando siempre su perfil de riesgo. En finanzas, riesgo y retorno son como un matrimonio: deben ir siempre en tándem.




