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Una obra de arte no necesariamente termina de revelarse la primera vez que es vista u oída. Al principio puede parecer sencilla, con un patrón lógico comprensible y con mecanismos identificables por cualquiera. Sin embargo, la experiencia humana suele entender que en dicha obra o propuesta existe una profundidad que solo el tiempo y la curiosidad permiten descubrir. Para el tenor argentino Fermín Prieto, algo semejante sucede con la ópera. Su complejidad no debería constituir una barrera, sino una invitación al regreso. A escuchar otra vez y a descubrir aquello que antes no se había advertido.
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Nacido en Paita en 1927, Alva alcanzó reconocimiento internacional por sus interpretaciones del repertorio belcantista, particularmente de Mozart y Rossini. Su Conde de Almaviva en “El barbero de Sevilla” quedó asociado a una de las páginas memorables de su carrera, incluida aquella producción de La Scala de Milán de 1956 en la que compartió escenario con María Callas. Su historia representa también una de las experiencias más notables de un cantante peruano en los grandes teatros europeos.
Prieto observa con cierta preocupación los cambios que han atravesado el mundo lírico y la industria musical. No considera que la ópera haya permanecido inmóvil ni que los tiempos anteriores fueran necesariamente mejores. Sin embargo, encuentra una diferencia importante en la manera de concebir la formación de un cantante y el desarrollo de una carrera.
“Antes había otro tipo de respeto por la formación, por la preparación de cada cantante”, señala. En su opinión, la industria contemporánea parece concentrarse cada vez más en encontrar una figura capaz de producir un impacto inmediato: una voz deslumbrante, un número musical que se vuelva viral o una estrella que atraiga la atención durante un tiempo.
El problema, advierte, aparece cuando esa lógica termina convirtiendo al intérprete en un producto reemplazable: “Si tiene una carrera corta, no interesa tanto porque dentro de cinco años va a aparecer alguien igual de rutilante y ese va a ser la estrella”, explica al describir una dinámica que privilegia la novedad por encima de la permanencia.
La observación no se limita a la música clásica. Es una crítica a una cultura que parece medir el valor de las cosas por su capacidad de producir resultados inmediatos. Frente a esa velocidad, la ópera exige una relación distinta con el tiempo: años de estudio, conocimiento de los estilos, dominio técnico, comprensión de las partituras y una preparación que no puede improvisarse.

LIMA, 25 DE NOVIEMBRE DE 1960 EL TENOR PERUANO LUIS ALVA TALLEDO ES RECIBIDO EN EL AEROPUERTO LUEGO DE LLEGAR DESDE EUROPA. FOTO: EL COMERCIO
/ EL COMERCIO
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“La ópera siempre fue una cuestión comunitaria, colectiva”, dice. Una afirmación que adquiere especial importancia en una época dominada por la exposición individual y la construcción de figuras personales. Una representación operística, recuerda su propia naturaleza, es el resultado del trabajo conjunto de cantantes, músicos, directores, técnicos y artistas que deben encontrar un lenguaje común.
En esa tradición, los grandes intérpretes siguen siendo maestros incluso después de haber abandonado los escenarios. Prieto menciona a Plácido Domingo como una de sus referencias por su formación musical y su capacidad para comprender la obra y al compositor. También reconoce la intuición musical de Luciano Pavarotti, así como la maestría técnica de Juan Diego Flórez, a quien considera un virtuoso de la voz y la expresión.
La comparación con el tenor peruano resulta inevitable. Aunque sus repertorios son distintos, Prieto destaca su capacidad para dominar técnicamente las obras que interpreta. Flórez es un tenor lírico ligero, mientras que él se define como un tenor lírico y, por ratos, spinto, con incursiones en repertorios más próximos a Puccini y a los papeles de mayor exigencia dramática. «Lo que él hace va a ser recordado», afirma sobre el artista peruano.
En el universo de los compositores, Prieto encuentra una relación particularmente cercana con Giuseppe Verdi. No se trata solamente de una preferencia estética. El tenor explica que siente una afinidad especial con la escritura del italiano, con sus exigencias de articulación, sus dinámicas y sus indicaciones musicales.
“Verdi es el compositor que me permite cantar y que yo siento que puedo cantar de manera muy controlada”, sostiene. Cuando consigue responder a lo que la partitura solicita, experimenta una satisfacción que va más allá de la ejecución vocal.
Con Giacomo Puccini, en cambio, la relación es diferente. Le fascina su música, pero reconoce que sus partituras plantean otros desafíos. La orquestación y la manera de escribir del compositor de “La Bohème” o “Tosca” obligan al cantante a encontrar soluciones, a negociar con las exigencias de la obra para alcanzar el resultado expresivo deseado.
También menciona su admiración por Jules Massenet y los compositores franceses, además de su interés por el repertorio alemán. Actualmente prepara “La canción de la Tierra”, de Gustav Mahler, y recuerda su experiencia con “Rusalka”, de Antonín Dvorak, una obra que exige enfrentarse a la particular sonoridad del idioma checo.
La diversidad de estos repertorios revela una dimensión del oficio que el público no siempre alcanza a percibir: cantar ópera no consiste únicamente en poseer una voz privilegiada, sino que implica comprender lenguas, estilos, épocas y formas distintas de concebir el drama. Cada compositor propone una arquitectura y cada intérprete debe encontrar la manera de habitarla.
La preocupación por la formación también se extiende a quienes escuchan. Prieto considera que los artistas tienen una responsabilidad que va más allá de interpretar correctamente una obra, y que deben contribuir a divulgarla y acercarla a personas que no necesariamente crecieron escuchando música clásica.
“Una de nuestras tareas como artistas y como divulgadores de este tipo de música es ayudar a que ese mundo resulte menos ajeno”, sostiene. Para ello, cree que es necesario abandonar ciertos prejuicios. La ópera suele asociarse con un espectáculo antiguo, exclusivo o reservado para una minoría, cuando en realidad muchas de sus historias y conflictos continúan siendo profundamente reconocibles.
“Uno tiene que venir sacándose ciertas ideas preconcebidas”, recomienda. No hace falta llegar con un conocimiento exhaustivo de la historia musical ni distinguir todas las voces. Basta con empezar. Rossini, Verdi y Donizetti ofrecen, por ejemplo, obras capaces de funcionar como primeras aproximaciones a un género que se descubre progresivamente.
En ese sentido, su comparación con “Shrek” vuelve a adquirir importancia. La experiencia artística no se agota en el primer contacto. Una obra puede acompañarnos durante años y seguir ofreciéndonos nuevas interpretaciones. Algo parecido sucede con la literatura de Marcel Proust, para quien la memoria y el paso del tiempo modifican nuestra percepción del mundo, o con las distintas lecturas que permite una novela de Tolstoi, donde los personajes permanecen, pero nuestra experiencia transforma aquello que encontramos en ellos.
Quizá allí resida una de las razones por las que la ópera sigue convocando a públicos de distintas generaciones, ya que sus historias hablan de amor, celos, poder, pérdida, ambición y muerte. Son asuntos que no envejecen, aunque cambien los escenarios, las formas de representación y las maneras de escucharlos.
Prieto atraviesa un momento activo de su carrera. Además de su trabajo estable en Buenos Aires, prepara nuevas presentaciones y tiene invitaciones para cantar en el extranjero. Su calendario incluye compromisos con el repertorio de Mahler y distintas galas líricas antes de cerrar el año. Lima será una nueva estación en ese recorrido.
El homenaje a Luis Alva Talledo permitirá, además, establecer un diálogo entre generaciones de intérpretes. Una voz peruana que conquistó los escenarios internacionales y un cantante argentino que reconoce en los grandes maestros una fuente permanente de aprendizaje. Porque la tradición artística no consiste en repetir el pasado, sino en recibirlo, estudiarlo y encontrar nuevas maneras de mantenerlo vivo.
Al final, tal vez la mejor invitación de Prieto no sea solamente asistir a una función de ópera. Es aprender a escuchar. Entender que una primera impresión nunca tiene por qué ser la última y que algunas de las experiencias más valiosas de la cultura requieren algo que hoy parece escaso: tiempo, atención y la voluntad de volver a mirar.

