Marzo del 2025. En Kiev dejan de llegar los datos de inteligencia estadounidenses. Los misiles rusos siguen su curso, pero los hombres encargados de anticiparlos disponen ahora de menos información para saber desde dónde vienen y dónde caerán. Mientras los bomberos intentan apagar los incendios y los hospitales reciben a los heridos, otra urgencia se suma a las del bombardeo: comprender por qué ha dejado de llegar la información que ayudaba a proteger a la población. No ha hecho falta por cierto que Moscú destruya un satélite ni que sus agentes saboteen las comunicaciones en el frente. Para encontrar la explicación había que mirar en dirección contraria, hacia el oeste, y retroceder cinco días, hasta una sala de la Casa Blanca donde los anfitriones habían acabado por tratar la dignidad de un aliado como una insolencia. El presidente y el vicepresidente de Estados Unidos reprendían ante las cámaras a Volodímir Zelenski. «Usted no tiene las cartas», le increpó Donald Trump. La frase podía parecer un desatino o una bravuconada más en aquella visita, pero Washington se encargaría pronto de convertirla en una advertencia de grave peligro. En los días siguientes se suspendió el suministro de armas a Kiev y, después, el intercambio de inteligencia: así se llegó a aquella interrupción de los datos mientras los misiles rusos continuaban impactando contra blancos civiles. Rusia conservaba sus medios para atacar; Ucrania perdía parte de los suyos para defenderse. Interrogado por este abandono deliberado de las capacidades de un aliado, el director de la CIA explicó entonces que la pausa en la asistencia norteamericana buscaba que Zelenski se declarara dispuesto a negociar la paz. Así pues, cuando la asistencia se restableció, semanas después, Ucrania había comprendido lo que podía sucederle si contrariaba a su aliado. Meses más tarde conocería las condiciones que el aliado esperaba que aceptara para la paz.
Para entonces, Trump llevaba tiempo preparando una versión de la guerra en la que esas condiciones pudieran parecer razonables. Acusaba a Ucrania de haber empezado el conflicto, llamaba dictador a Zelenski y reservaba para Vladimir Putin palabras de respeto y admiración. Bastaba desplazar la culpa para que también cambiara de lugar la obligación de ceder: el hombre que había ordenado la invasión podía esperar; el que se defendía de ella debía explicar por qué seguían muriendo personas. Sobre esa distribución de responsabilidades se redactó, con participación de Moscú, el plan norteamericano de 28 puntos presentado en noviembre. Ucrania debía entregar territorios que Rusia no había conseguido conquistar, incluidas las ciudades fortificadas que sostenían su frente; reducir su ejército y renunciar por disposición constitucional a ingresar en la OTAN. El plazo vencía el día de Acción de Gracias; si Kiev no aceptaba, la asistencia estadounidense se cortaría definitivamente. Conservar el apoyo de Washington exigía, por tanto, renunciar a parte de las defensas que le habían permitido resistir y, al mismo tiempo, confiar la seguridad futura del país a la promesa de que Rusia no volvería a atacar.
Claro que esas condiciones de negociación devolvían a Europa a un episodio sensible de su historia reciente: también sus gobiernos habían creído posible contener a un agresor persuadiendo al país amenazado de rendirse. En Múnich, en 1938, Gran Bretaña y Francia habían pedido a Checoslovaquia un sacrificio semejante para preservar la paz. Los checos cedieron la región donde estaban sus fortificaciones; seis meses después, los alemanes entraron en Praga. La distancia entre ambos episodios no borra la pregunta que los une: qué protección conserva un país cuando, para evitar que lo invadan, debe deshacerse de aquello que todavía impide su destrucción. No hace falta atribuir a Washington el deseo de ver derrotada a Ucrania para advertir adónde podían conducir sus exigencias. Desde una trinchera, además, las intenciones de quien retira la ayuda importan menos que las posiciones que habrá que abandonar cuando se agoten las municiones. Pero Kiev no aceptó aquel documento como un destino. Discutió las condiciones, resistió el plazo y obligó a revisar la propuesta. Había en esa negativa algo que la frase de Trump no alcanzaba a medir: las cartas de un país tampoco se cuentan todas sobre la mesa de una negociación. Algunas se estaban fabricando lejos de allí.
Para seguir combatiendo, los ucranianos habían tenido que resolver en sus talleres lo que no conseguían obtener de sus aliados. La voluntad de resistir, que desde lejos podía parecer una abstracción patriótica, adquiría allí la forma precisa de motores, sistemas de navegación, blancos ambiciosos. Los resultados empezaron a verse en lugares donde Rusia se había acostumbrado a actuar sin oposición: un país prácticamente sin marina hundió buques de la flota del mar Negro y obligó a replegar otros lejos de sus costas. Tampoco la distancia bastó para proteger a los bombarderos rusos: en junio del 2025 drones ocultos en camiones alcanzaron aviones estacionados en bases a miles de kilómetros del frente. Los aparatos que llevaban la guerra a las ciudades ucranianas ardían ahora en sus propias pistas. De aquella misma necesidad de alcanzar al enemigo donde se creía a salvo emergió una industria capaz de desarrollar, en nueve meses, un misil de 3.000 kilómetros de alcance y una tonelada de carga. Y mientras esas armas empezaban a golpear el interior de Rusia, los ingenieros que las producían encontraban espacio para trabajar al otro lado de Europa: en Dinamarca se levantó una fábrica para ampliar la producción ucraniana de armas sin exponer cada nueva instalación a los bombardeos rusos. Claro que ninguno de esos avances suprimía la dependencia de Kiev de la ayuda externa; pero es verdad que cada uno hacía un poco más difícil convertir esa ayuda en obediencia. Para los europeos, esa era también una lección sobre su propia seguridad. Durante tres años habían temido que Estados Unidos se cansara y se marchara. Lo sucedido en marzo los obligaba a contemplar algo todavía más inquietante: que Washington aprovechara la vulnerabilidad de un aliado para legitimar concesiones favorables a un invasor. Si la protección estadounidense podía retirarse para doblegar a Kiev, ¿sobre qué bases descansaba la tranquilidad de las demás capitales? La pregunta empezaba a encontrar respuesta en los presupuestos, en los pedidos de municiones y en las fábricas que ampliaban sus turnos. Cada nueva duda sobre lo que Trump haría en una crisis dio a los europeos una razón más para disponer de los medios con que afrontar la crisis por su cuenta. Vista en retrospectiva, la decisión europea de construir fábricas ucranianas en su territorio adquiere otro significado: los hombres que habían aprendido a resistir la invasión contribuían ahora a preparar a quienes empezaban a temerla. Europa necesitaba que su defensa pudiera continuar incluso cuando alguien, en Washington, decidiera pulsar el botón de pausa.
El respaldo europeo y la producción de armas propias pueden darle a Kiev algo más que capacidad para resistir: libertad para decidir cómo hacerlo. Trump acababa de pedir que Ucrania dejara de atacar las refinerías rusas porque, según él, esos ataques agravaban la escasez de diésel y elevaban su precio. Obedecer significaba aliviar la presión sobre una industria que proporcionaba combustible e ingresos al invasor. En la madrugada del domingo último, sin embargo, los drones ucranianos alcanzaron la refinería de Kapotnia, que abastece de gasolina y diésel a Moscú, y una columna de humo se levantó sobre la capital rusa en la última jornada de las elecciones parlamentarias. El alcalde denunció un intento de sabotear la votación; Zelenski justificó el ataque contra las instalaciones que contribuyen a financiar la invasión del país. Claro que la incursión admite también una lectura dirigida a Washington: la preocupación de Trump por el precio del combustible no bastó para que Ucrania renunciara a golpear la industria petrolera rusa. En marzo, Estados Unidos había demostrado que podía retirar a Kiev una parte de sus medios de defensa; ahora, Kiev demuestra que dispone de armas propias para atacar objetivos que su aliado le pide respetar. El apoyo europeo adquiere así un valor político: puede ampliar el margen ucraniano para resistir también las exigencias de Washington. Rusia conserva, desde luego, hombres, misiles y la voluntad de emplearlos. Los incendios obligan al Kremlin a reparar sus instalaciones y dificultan el abastecimiento de combustible, sin asegurar por sí solos una derrota. Para Ucrania, en cambio, no hace falta que esos ataques decidan la guerra para que contribuyan a sostener la resistencia. Continuar esa campaña significa debilitar al invasor aun cuando hacerlo contraría las prioridades estadounidenses. Después de todo, su defensa no puede depender de que Trump decida ejercer contra Putin la presión que ya ejerció contra Zelenski.
Europa tiene razones propias para sostener esa resistencia. El invierno volverá a poner a prueba las centrales eléctricas ucranianas, los servicios públicos y la capacidad de la población para soportar nuevos ataques, en un contexto de frío extremo. Una ciudad sin electricidad no es todavía una ciudad rendida: Kiev lleva cuatro inviernos demostrándolo. Cada invierno obliga a los ucranianos a resolver bajo los bombardeos problemas para los que el resto de Europa aún puede prepararse en tiempo de paz. Los europeos encuentran en esa experiencia conocimientos que necesitan para proteger sus propias ciudades: cómo preservar una red eléctrica, mantener una fábrica en funcionamiento o responder a los drones sin agotar los recursos de la defensa. La discusión ya no termina en cuánto debe recibir Kiev. Continúa en cómo prepararse para una hostilidad rusa que puede alcanzar un aeropuerto, una central o una red de comunicaciones mucho antes de que un ejército cruce la frontera. El viernes 18, en París, el presidente Macron reunió a los responsables de los partidos y a los jefes de sus servicios de inteligencia para abordar la amenaza rusa. La protección de infraestructuras y fábricas frente a drones y ataques informáticos forma parte de los preparativos franceses. Las dificultades que durante años se observaban en los noticieros son ahora problemas que el propio Gobierno debe anticipar. En ese contexto, defender a Ucrania significa también ganar tiempo para aprender de ella y preparar la defensa de Europa. Washington quiso demostrar que podía obtener concesiones de Kiev retirándole la ayuda; la resistencia ucraniana muestra los límites de esa presión y la importancia de disponer de alternativas para seguir combatiendo. Para Europa, la lección sigue vigente. Quizá la consecuencia más duradera de aquella pausa sea haber comprendido que necesita construir una defensa que pueda sostener incluso cuando Washington retire su apoyo.

