En el marco del Día Mundial del Linfoma, organizaciones de pacientes ponen el foco en una enfermedad que afecta a miles de personas y en las dificultades que todavía existen para acceder a tratamientos de alta eficacia, especialmente cuando las alternativas disponibles dejan de responder.
El linfoma es un tipo de cáncer que se origina en los linfocitos, células del sistema inmunitario. En el Perú se diagnostican alrededor de 4.500 nuevos casos cada año y unas 1.500 personas mueren por estas enfermedades, según estimaciones de GLOBOCAN en 2024.
El linfoma difuso de células B grandes (DLBCL) es el tipo más común de linfoma no Hodgkin, representando aproximadamente uno de cada tres casos. Se caracteriza por ser agresivo y de rápido crecimiento, lo que hace especialmente importantes el diagnóstico y tratamiento oportunos.
El acceso a tratamientos continúa siendo un desafío
Los pacientes con recaída habitualmente requieren un trasplante de médula ósea. Al ser un procedimiento de complejidad y riesgo elevados, un porcentaje significativo de pacientes no cumple con las condiciones para someterse a esta intervención, y eso ensombrece el pronóstico de los pacientes con este tipo de Linfoma. La ciencia ha desarrollado terapias innovadoras como glofitamab, un anticuerpo biespecíficos, pero su incorporación al sistema de salud peruano aún enfrenta barreras. Esto contrasta con otros países de la región, que ya han avanzado en la aprobación de este tipo de tratamiento.
“Para quienes viven con linfoma DLBCL, las alternativas terapéuticas pueden ser limitadas, sobre todo cuando el trasplante no es una vía factible. Cuando los tratamientos iniciales dejan de funcionar, acceder a nuevas terapias médicas va más allá de un asunto de salud: para los pacientes y sus familias significa, sencillamente, recuperar la esperanza de seguir adelante”, señaló Gianina Orellana, presidenta de la asociación Por Un Perú Sin Cáncer.
Un impacto que alcanza también a la familia
El diagnóstico genera una importante carga emocional. La preocupación, el miedo y la incertidumbre sobre la evolución de la enfermedad acompañan al paciente durante el proceso de atención. Su impacto también alcanza a las familias. La agresividad de la enfermedad puede hacer necesario el apoyo cotidiano de familiares y amigos, especialmente durante periodos de internamiento o después de tratamientos complejos.
“El linfoma, como todo tipo de cáncer, no afecta solamente a quien recibe el diagnóstico. Detrás de cada paciente hay una familia que reorganiza su vida para acompañarlo, asumir responsabilidades y convivir con la incertidumbre. Por eso, acceder a tiempo a los tratamientos apropiados también significa aliviar al entorno más cercano del paciente, que reorganiza toda su vida para ayudarlo y acompañarlo en el proceso”, agregó Orellana.
Estar atentos, el primer paso para cuidar la vida
El linfoma difuso de células B grandes (DLBCL) suele manifestarse de forma rápida, a menudo mediante la aparición de un bulto o masa indolora en zonas como el cuello, las axilas o la ingle, o con síntomas como fiebre persistente, sudoración nocturna abundante y pérdida de peso sin causa aparente.
Reconocer estas señales a tiempo no debe ser motivo de alarma, sino de acción. Acudir a una evaluación médica ante cualquier duda permite actuar con rapidez, abriendo la puerta a diagnósticos oportunos y a mejores oportunidades de tratamiento para el paciente y su familia.

