A las 9:15 p. m., cuando Ricky Martin apareció en el escenario de Costa 21, la llovizna ya caía sobre Lima. Nadie se movió ni buscó refugio. Bastó un “¡Hola, Lima!” y los primeros acordes de “Pégate” para que el frío dejara de importar.
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Costa 21 dejó de ser un recinto de conciertos para convertirse en una gigantesca fiesta. Brazos arriba. Celulares grabando. Gritos. Mujeres bailando entre amigas. Parejas siguiendo el ritmo. Coros que competían con la voz del cantante. La lluvia podía caer. El público igual bailaba.
Ricky se desplazaba de un extremo al otro del escenario con esa combinación de precisión y soltura que convirtió el baile en parte de su identidad artística. No necesitaba pedir que lo acompañaran. Lima ya estaba entregada. Sonreía. Jugaba con el público. Y cuanto más bailaba, más fuerte llegaban los gritos.

El puertorriqueño se entregó por completo sobre el escenario y agradeció el cariño peruano: “Mi alma es tuya, Lima”. (Foto: Giancarlo Ávila)
/ NUCLEO-FOTOGRAFIA > GIANCARLO AVILA
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Después del primer estallido llegó la declaración de intenciones. Ricky miró al público y habló de un vínculo que, esa noche, quiso llevar más allá de la música.
“Perú y Puerto Rico, una vez más unidos por la música. La unión de dos pueblos, qué bonito. ¡Que viva la unión entre dos pueblos! Perú, te quiero mucho. Gracias, de corazón se los digo. Mi alma es tuya, Lima«, dijo.
El público volvió a responder con una ovación. Y todavía hizo otra promesa: “Te prometo que voy a dejar todo en el escenario. Lima, eres mi combustible”.
No hacía falta demasiada retórica. Lo que prometía con palabras comenzaba a demostrarlo con el cuerpo.
El concierto avanzaba entre coreografías, cambios de vestuario, de atmósfera y un repertorio construido sobre más de tres décadas de canciones. Ricky pasaba del pop a los ritmos latinos, de la sensualidad a la fiesta y, cuando parecía que el show no podía bajar las revoluciones, hizo justamente eso.
Llegó “Tal vez”. Y Costa 21 cambió de ánimo. Porque hay canciones que se bailan y otras que una guarda en algún lugar incómodo de la memoria. Ricky dejó por un momento al bailarín para convertirse en intérprete. La multitud acompañó cada frase y aquello que minutos antes era una fiesta se volvió un inmenso coro sentimental.
Ese fue uno de los aciertos de la noche: Ricky Martin no necesitó elegir entre nostalgia y presente porque construyó el concierto con ambos.
Pero la tregua duró poco. Ricky había prometido dejarlo todo y parecía decidido a cumplirlo hasta las últimas consecuencias.
Volvió el baile. Volvieron las caderas. Volvió ese artista que entendió hace décadas que un concierto suyo no puede contemplarse sentado.
Canciones como “La Mordidita” devolvieron la fiesta y el coqueteo al escenario. Con “Livin’ la Vida Loca”, el público regresó inevitablemente a aquel Ricky que conquistó al mercado anglosajón sin dejar de sonar latino.
Porque existe una diferencia entre recordar una canción y volver a vivirla. Y Costa 21 la estaba viviendo. Ricky sudaba. Bailaba. Corría de un lado al otro. Sonreía como si él también estuviera disfrutando de esa complicidad.
Hasta que ocurrió una de esas escenas que ningún celular del público quiso perderse. En medio del show, se quitó el polo. Los gritos fueron inmediatos. Pero faltaba algo más. Ricky tomó la prenda, se secó el sudor con ella y la lanzó hacia el público.

“María” fue uno de los primeros grandes estallidos de la noche: el público cantó y bailó de principio a fin. (Foto: Giancarlo Ávila)
/ NUCLEO-FOTOGRAFIA > GIANCARLO AVILA
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Entonces ya no hubo canción que pudiera competir con el estruendo. Decenas de brazos se levantaron buscando atrapar aquel “trofeo” inesperado mientras él contemplaba la escena desde el escenario.
Sí, podemos hablar de puesta en escena, luces, músicos y coreografías. Pero también podemos admitirlo: Ricky Martin sabe perfectamente lo que provoca. Y juega con ello.
La noche también tuvo espacio para detenerse. Porque la carrera de Ricky Martin no se explica únicamente desde el baile. “Tu recuerdo” y esas canciones en las que la voz se impone al movimiento fueron recordando que detrás del fenómeno pop existe también un cantante que ha acompañado historias personales durante varias generaciones.
En esos momentos, la fiesta se volvió memoria. Una canción podía llevarte veinte años atrás sin pedir permiso. A un viaje. A una ruptura. A alguien. A una versión más joven de ti misma.
Quizá por eso mirar alrededor durante un concierto de Ricky Martin resulta tan revelador. Hay seguidores que lo acompañan desde hace décadas y otros que descubrieron sus canciones mucho después. Personas de edades distintas cantando exactamente el mismo estribillo.
No era solo nostalgia. Porque la nostalgia mira hacia atrás. Aquello estaba ocurriendo en presente.
Y entonces regresó la descarga final. A esas alturas, la lluvia, el frío o el cabello mojado eran detalles menores. La noche había ganado hacía rato. Y todavía quedaba esa canción que durante años acompañó triunfos deportivos, celebraciones y estadios enteros: “La copa de la vida”.
El cierre perfecto para un concierto construido como una celebración. Brazos arriba. Saltos. Gritos. Ricky comandando desde el escenario y una multitud obedeciendo gustosamente. Porque para entonces su promesa de las primeras canciones ya estaba cumplida. Había dejado todo.
“Lima, gracias, hasta pronto”, dijo antes de irse. Luego tomó un celular y registró desde el escenario a ese público que minutos antes había convertido Costa 21 en una fiesta.
Ricky Martin se despidió y las luces terminaron encendiéndose. Pero algunas personas seguían cantando. Otras revisaban los videos que acababan de grabar. Y muchas todavía sonreían. Quizá de eso se trataba. De bailar otra vez. De recordar. De sentir. De descubrir que algunas canciones crecen con nosotros, pero nunca envejecen. Y de comprobar que, cuando Ricky Martin canta, la vida todavía puede volverse un poco más loca.

