La herida que dejó el fallido proyecto de Gianni Infantino sigue abierta en la FIFA. El francés Kevin Lamour, considerado el número tres del organismo, dejó su cargo apenas unas semanas después de enfrentarse públicamente al presidente por su intento de abrir las competiciones del fútbol mundial a inversores privados.
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Para Lamour, aquella propuesta tenía un problema de origen. Era, según escribió, “el proyecto de una sola persona”. Su crítica fue todavía más lejos: sostuvo que la iniciativa nunca debía ver la luz y pidió que dentro de la FIFA se tomaran “las buenas decisiones”.
En aquel momento, además, dejó una frase que hoy adquiere otro peso tras su salida: los trabajadores de la FIFA, afirmó, merecían algo más que “desprecio e intimidación”. Si cuestionar el proyecto significaba perder su puesto, estaba dispuesto a asumir las consecuencias.
Ahora esa consecuencia llegó. La partida de Lamour se suma a una serie de señales que muestran que la controversia por el FFE no terminó cuando Infantino decidió retirar la propuesta. Arsène Wenger, director de Desarrollo Global del Fútbol, y Mattias Grafström, secretario general de la FIFA y considerado el número dos del organismo, también habían marcado distancia con el proyecto y celebrado su abandono.
El problema para Infantino es que todo esto ocurre cuando el reloj político empieza a correr. El presidente de la FIFA buscará en 2027 un nuevo mandato, que sería el cuarto y último al frente del organismo. La discusión sobre el fallido ingreso de capital privado, por tanto, dejó de ser solamente una disputa empresarial: se convirtió en una batalla por el modelo de gobernanza del fútbol mundial.
El proyecto murió. Sus consecuencias, en cambio, siguen jugando.
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