Antes de que Vania Masías decidiera quedarse en Lima para crear D1, antes de Ángeles y de que miles de jóvenes encontraran en la danza una forma de levantar la mirada, hubo un salón en Covent Garden, un cuerpo al límite y una oportunidad que muchos habrían firmado sin pensar. Tenía 24 años, era primera bailarina del Ballet Nacional de Irlanda y había llegado a una audición del Cirque du Soleil con una mezcla de ambición, curiosidad y terquedad. No iba solamente a buscar un contrato. Iba, sobre todo, a buscar una puerta.
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“Te miran el entrenamiento, pero emocionalmente te comen también. Quieren personas fuertes acá, fuertes acá (apunta la cabeza) y fuertes en el cuerpo”, dice, señalando esa fortaleza que no siempre se ve desde la platea.
Al tercer día quedaban veinte. Seleccionaron a dos. Una de ellas fue Vania. El espectáculo era “The Beatles Love”, una producción para Las Vegas inspirada en la música de la legendaria banda británica. A ella la eligieron para interpretar a la mujer de rojo, una figura protagónica. El contrato era una promesa de estabilidad, prestigio y futuro internacional.
“Fue una experiencia que nunca olvidaré. Me marcó de por vida”, confiesa.
Pero mientras ese sueño se abría delante de ella, otro empezaba a jalarla desde el Perú. Vania ya había iniciado un piloto con los primeros chicos que luego formarían parte de Ángeles D1. Jóvenes que venían de la calle, del barrio, del semáforo, del talento ejercido casi siempre sin protección ni horizonte. Ella había visto en ellos algo que el país miraba de reojo: potencia, coraje, creatividad. Y aunque el Cirque du Soleil le ofrecía Las Vegas, su cuerpo le empezó a decir otra cosa.
“No tenía la menor idea de qué estaba sucediendo. Simplemente creo que la ventaja de trabajar con el cuerpo hace que a veces puedas escucharlo. El cuerpo es sabio y me indicaba que lo que tenía que hacer era quedarme”, afirma.
Fue posponiendo el contrato con los empresarios circenses y dejando que la intuición le ganara a la lógica. Tenía dos caminos profesionales sobre la mesa: su trabajo permanente en Irlanda y la oferta del Cirque du Soleil. Eligió el más incierto. Eligió Lima.
“Yo no quería dejar a los chicos. Me había enamorado de la posibilidad de que pase algo con ellos. Y mira lo que pasó”, dice sonriente.
Lo que pasó fue D1, una plataforma que cambió la forma de mirar la danza en el Perú. Masías habla de ese proceso con orgullo, pero no se atribuye todas las victorias. “Fuimos los pioneros”, dice. Y cuando dice “fuimos”, incluye a esos primeros jóvenes de Ventanilla que ayudaron a levantar lo que hoy es D1.
Ángeles de arena en acción. (Foto: archivo personal de Vania Masías)
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“Explotamos la industria de la danza. Nacieron escuelas por todos lados. Hoy ves escuelas en cada barrio, festivales y coreógrafos internacionales por todos lados. Las semillas que plantamos no paran de florecer”, sostiene orgullosa.
Veinte años después, el círculo parece volver al punto de origen, pero con otro sentido. El Cirque du Soleil hará por primera vez un casting oficial en el Perú, en el marco del Festival Internacional de Circo Pulso. Aquella compañía a la que ella fue a buscar afuera ahora vendrá a mirar el talento peruano aquí.
“Ya se dieron cuenta de que tienen que venir para acá. Hace rato que tienen que hacerlo porque tenemos un diferencial único», señala.
¿Cuál es ese diferencial? Para Vania, el Perú no solo ofrece técnica. Ofrece historia, cuerpo, memoria, mezcla, supervivencia e identidad. Habla de un país con más de tres mil danzas, de una creatividad que nace muchas veces de la necesidad, de un legado que no se agota. “Somos un país emprendedor, somos un país sobreviviente. Tenemos mucha historia, mucho legado. Eso es muy rico”, dice.
Por eso cree que los artistas peruanos pueden ofrecer algo singular a una compañía como el Cirque du Soleil. No basta con saltar más alto o girar más rápido. Hay que tener algo propio que mostrar.
“Siempre buscan perfiles muy diversos. Buscan cantantes, actores, actrices, pero versátiles. Que puedan hacer por lo menos dos o tres disciplinas. Eso les gusta muchísimo”, explica.
“A los jóvenes que sueñan con audicionar les diría algo directo: que se preparen bien y que crean en ellos mismos. Si vas pensando que te van a dar las respuestas, eso no va a suceder. Las respuestas están en uno mismo. Por eso le puse D1: de uno mismo. Si tú no crees en ti, nadie va a creer en ti”, afirma.
D1 es hoy una asociación sin fines de lucro con tres ejes: la escuela de danza, Ángeles D1 —el corazón social del proyecto— y Crea D1, la productora desde la que impulsa espectáculos profesionales. Masías asegura que el programa social ha formado a más de 100 mil líderes. Muchos de esos jóvenes, que alguna vez llegaron con historias difíciles, hoy tienen escuelas, viven de su arte o trabajan en escenarios internacionales.
Hace algún tiempo, cuenta, tuvo que organizar una gala en el Metropolitan de Nueva York. No podía llevar a los chicos del Perú por las dificultades de visas. Entonces hizo tres llamadas. La respuesta la encontró en sus propios egresados, hoy instalados y triunfando en Estados Unidos. “No lo podía creer. Están rompiéndola en Nueva York”, dice. Menciona nombres como Kiara Gatica, Harold Chevarría y Luis Carrera. Chicos que conoció pequeños y que ahora sostienen sus propios sueños.
“Me da muchísima satisfacción. Siento que valió la pena. Es la prueba de que sí se puede”, afirma.
Ese convencimiento también atraviesa su nueva etapa creativa. En el Barrio Chino, Vania tendrá una baldosa con su nombre, un reconocimiento que recibió con sorpresa y gratitud. La iniciativa llega en un momento especial: acaba de estrenar “Wankar”, su nuevo espectáculo dentro de DanSa, el proyecto escénico y gastronómico, donde trabaja junto a Lucho Quequezana.
“Me sorprendieron con esta noticiosa, de la baldosa de reconocimiento. Es un bonito gesto”, comenta.
Pero más que el homenaje, lo que la entusiasma es la posibilidad de tener un espectáculo permanente. Para una artista escénica, dice, eso es un lujo. Primero presentó “Yanuq: La magia de Teresa”, que tuvo alrededor de 220 funciones llenas. Ahora llega “Wankar”, una apuesta más ambiciosa. Hay aéreos, una marinera aérea y una paraca impresionante. Hay también una historia que vuelve a poner al Perú en el centro.
“Wankar” parte del mito del tambor sagrado que guarda la memoria de los pueblos del Perú. En la historia, ese tambor se ve amenazado por el Diablo mayor, en un país polarizado. Cuatro sabios del Tawantinsuyo lo esconden en distintas partes del territorio. En el presente, una arqueóloga conoce la magia del tambor, pero muere y deja a su hijo Inti la misión de buscarlo para volver a unir al Perú.
“Es un poco lo que estamos viviendo. Es mi manera de hacer política a través del arte”, dice.
En escena participan graduados, maestros y artistas elegidos en castings abiertos. Son 27 bailarines en planilla, con trabajo fijo y sueldo estable. Eso, para Vania, también es parte de la transformación: que el arte no sea solo vocación, sino empleo digno, industria y futuro.
“Me pone supercontenta. Es una fuente maravillosa de trabajo también”, señala.
A Vania le queda un sueño pendiente: llevar un espectáculo peruano de nivel internacional a distintos lugares del mundo. No quiere copiar al Cirque du Soleil. Quiere construir algo propio, con sello peruano, con tecnología, innovación y raíz.
“Cuando no fui al Circo del Sol, me pregunté por qué no podía hacer mi propio gran espectáculo desde aquí. Con DanSa estamos caminando hacia eso: una propuesta con sello peruano, con identidad, tecnología y mirada internacional, aunque sin ser circo. Es algo que tengo pendiente y no me voy a morir antes de hacerlo”, concluye.
El Dato
Las funciones de “Wankar” van de martes a sábado, de 7:30 p.m. a 9:10 p.m., en DanSa, av. Rivera Navarrete 2692, Lince. Las entradas están a la venta en Joinnus.













