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Cinco días antes del encuentro en Palacio de Gobierno entre las madres del campo y el primer mandatario Fernando Belaúnde Terry, el Perú experimentó un Día de la Madre especial. Ese domingo 14 de mayo de 1967, Lima, la capital, amaneció con un halo y brillo de esperanza y amor que se reflejaba en el buen ánimo de los ciudadanos de a pie.
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No importaba la condición social; el reconocimiento era universal. La madre peruana, con su increíble abnegación, era celebrada como una “vivísima luz, guía y esperanza” para sus hijos, capaz de los mayores sacrificios y renuncias.
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Mientras en las iglesias se elevaban oraciones maternales, en las calles se vivía un goce entre dulce y tierno. La festividad maternal era un acto oficial y al mismo tiempo una necesidad del espíritu que agradecía a quien era fuente única de la vida.
Sin embargo, aquel año de 1967 la celebración guardaba un capítulo especial que se escribiría días después. El eco de las festividades del domingo todavía resonaba cuando el foco de la nación se trasladó a las madres campesinas.

En la foto publicada en el diario aparece un grupo de madres campesinas 1967. En el centro, Violeta Correa, entonces secretaria privada del presidente Belaunde. Ella fue testigo del sorteo en Radio Nacional. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Dibujo alusivo a la festividad del Día de la Madre 1967. El Perú entero vivió la fecha con total entrega y cariño. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Fue así como llegó el viernes 19 de mayo de 1967. Ese día, el Palacio de Gobierno abrió sus puertas de par en par para recibir a más de 20 mujeres que traían consigo el aroma de la tierra y la fuerza y gracia del mundo andino.
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Eran las candidatas al título de “Madre Campesina 1967” que el día anterior, el jueves 18, habían participado en el concurso, realizado en las instalaciones de Radio Nacional, en la avenida Petit Thouars.
En ese acto, donde intervinieron exactamente 23 candidatas procedentes de las diferentes regiones del Perú, fue elegida, por sorteo, Tula Vílchez, representante de Huancayo, quien recibió el reconocimiento de manos del arquitecto Luis A. Vier, director de Cooperación Popular, institución gubernamental que organizó el certamen.

Tula Vílchez mira fijamente a la cámara del diario. Su vestimenta del Valle del Mantaro resaltaba en el grupo de esforzadas madres campesinas. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Como representantes del Norte, Centro y Sur fueron elegidas, respectivamente, Tomasa de Marchena, María de García, de Junín, y Francisca de Alcántara, de Moquegua. Ellas procedían de diversas regiones del país, cada una historia personal de lucha y resiliencia labrada entre surcos, riachuelos y cordilleras.
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MAMÁ CAMPESINA 1967: LA ELEGIDA DE LOS ANDES
Tula Vílchez, una mujer huancaína de 34 años, era una abnegada y fuerte madre de seis niños —“todos vivos, gracias a Dios”, decía ella con orgullo—. La joven señora Tula personificaba la fe en el porvenir del Perú de entonces.
Impresionada por la magnitud de la capital, Tula Vílchez confesaba sentir miedo de perderse en Lima. “Es muy grande”, comentaba con esa sencillez que solo poseen quienes han vivido bajo la inmensidad del cielo de nuestra sierra.

Momento de emoción para Tula Vílchez. El presidente Belaunde la condecora con la medalla de la «Mujer Campesina 1967». (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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El Comercio informó sobre la «medalla de oro» para la joven madre huancaína. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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En la Casa de Pizarro, el presidente Fernando Belaunde la recibió con honores. El arquitecto, visiblemente emocionado, le impuso la Medalla de Oro “Madre Campesina 1967” en una ceremonia cargada de solemnidad y simbolismo.
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Para el jefe de Estado, la fecha tenía un significado personal: coincidía con las “Bodas de Diamante” (60º aniversario de bodas) de sus progenitores. Ese cruce de la historia familiar con la historia del país le dio un matiz aún más humano al encuentro.
Junto a él, la señora Lucila Belaunde de Cruchaga, presidenta de la Junta de Asistencia Nacional (JAN), entregó a Tula Vílchez algunos premios que animarían su vida diaria: una cocina, una máquina de coser y un tocadiscos.

Tula Vílchez representaba la fuerza, nobleza y carisma de la mujer peruana del campo. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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La señora Vílchez no ocultaba su optimismo. “Creo que todos los peruanos estamos ayudándonos”, afirmaba, tras resaltar que ahora los ingenieros y estudiantes llegaban a los pueblos para enseñarles a vivir mejor.
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DÍA DE LA MAMÁ DEL CAMPO: REGALOS DE LA TIERRA
En esa cita con las abnegadas madres campesinas, la nota anecdótica la puso la representante del Cusco. Con la picardía propia del Ande, ella obsequió al presidente una “huaraca” y un bolso multicolor de lana “para que guarde sus cosas” y se defienda.
Aquella imagen del primer mandatario sosteniendo la honda incaica, rodeado de madres de todo el territorio nacional, fue el vivo retrato de un país que intentaba, por entonces, reconocerse en sus raíces y costumbres más profundas.

La madre campesina del Cusco le dio un inesperado regalo al presidente de Belaunde: una huaraca. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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En ese tiempo, había un movimiento en el país a favor de abordar la problemática agraria. De esta forma, en el Salón Dorado del Poder Ejecutivo se celebraba la vida y el valor maternal, y el diario daba cuenta de ello.
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Pero, al mismo tiempo, en otras páginas del diario Decano se anunciaba la “Gran Feria Nacional de Productos Agropecuarios”, que buscaba acercar al productor con el consumidor. Era un Perú que soñaba con el progreso técnico, con estudios de factibilidad para fábricas de vidrio en Ica y centros de recría de ganado en Arequipa, por ejemplo.
No obstante, más allá de cifras de exportación o toneladas de producción, lo que quedó grabado en la memoria de ese mayo del Día de la Madre Campesina fue el rostro de Tula Vílchez. Su elección fue también un acto de justicia social. La “Madre Campesina” dejaba de ser una figura anónima para ser el símbolo de la nación.

El evento en Palacio de Gobierno, ese 19 de mayo de 1967, acabó entre aplausos y vivas a las madres campesinas del Perú. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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DÍA DE LA MADRE 1967: EL LEGADO DE MAYO
Aquel homenaje en Palacio de Gobierno cerró una semana donde el sentimiento solidario superó a la retórica política. Revisando ese material de hace casi 60 años, se puede entender que el “culto a la madre” era, como decía el editorial de aquel domingo 14 de mayo, “lo mejor de nuestra vida y una herencia que no podemos dejar de sembrar”.
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El caso de Tula Vílchez nos hace recordar que, pese a los años, el país reconoce el esfuerzo diario de quienes cultivan la tierra. Y ese mayo de 1967 fue de contrastes: de medallas de oro a máquinas de coser, de huaracas cusqueñas a discursos presidenciales.
Así terminó aquella jornada del Día de la Madre en la Casa de Pizarro, de hace 59 años, con una madre huancaína que, a pesar de temer perderse en la gran ciudad, encontró el camino directo al afecto de todo un país.
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