Las malas noticias no dejan de llegar al Rímac. Tras la salida de Paulo Autuori, los celestes perdieron este viernes 2-1 ante Moquegua FC en el Alberto Gallardo, regalándoles la primera victoria fuera de casa a los recién ascendidos. La derrota opacó la llegada de Zé Ricardo, quien fue presentado como su nuevo entrenador hasta 2027 y con ello abre una etapa que genera más dudas que certezas por el historial del técnico brasileño: una carrera de finales prematuros.
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Hay, además, un elemento que puede jugar a favor en el corto plazo: su relación previa con algunos futbolistas. El caso más evidente es el de Felipe Vizeu, delantero rimense que vivió uno de sus mejores momentos bajo el mando de Zé Ricardo en Flamengo. En 2017, el atacante brasileño encontró regularidad y gol -nueve tantos en 38 partidos- en un equipo que incluso logró consagrarse campeón ese año. Hoy, en Cristal, su presente es más discreto, con cuatro goles en 18 encuentros, pero el reencuentro con su antiguo entrenador podría ser un punto de quiebre.
No es un detalle menor. Vizeu no solo conoce el método de trabajo del técnico, sino que en su momento valoró su cercanía con el plantel. “Habla mucho con nosotros, hace preguntas, trae ejercicios diferentes”, comentó en su etapa en Flamengo. Esa capacidad para conectar con el grupo será clave en un vestuario que necesita recuperar confianza tras semanas de irregularidad.
El otro vínculo relevante es el de Paolo Guerrero, a quien Zé Ricardo dirigió tanto en Flamengo como en Internacional. Si bien el ‘Depredador’ no forma parte del plantel celeste, esa experiencia habla de un técnico habituado a gestionar figuras de peso, algo indispensable en un club que suele tener referentes marcados dentro del camerino.
Con todo, el mayor reto de Zé Ricardo no será reencontrarse con viejos conocidos ni imponer una idea de juego atractiva. Será, en esencia, romper con su propio antecedente. Convertir un perfil de entrenador de ciclos breves en uno capaz de sostener un proyecto en el tiempo. En un fútbol peruano donde la paciencia es escasa, pero donde Cristal suele exigir coherencia institucional, esa dualidad marcará su paso.
La apuesta está hecha. Cristal mira al 2027 con un técnico que, hasta ahora, ha vivido más en el corto plazo que en el largo. La pregunta es si esta vez será distinto. Porque en el Rímac no solo necesitan un entrenador que llegue, sino uno que se quede.
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