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Los interminables 45 segundos que duró el terremoto de magnitud 7,9 sembraron el pánico y la destrucción en gran parte del norte peruano, con consecuencias especialmente devastadoras en el departamento de Áncash. El sismo tuvo su epicentro frente a las costas de Casma y Chimbote, en el océano Pacífico, a unos 50 kilómetros de profundidad.
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Cuando esta mole cayó provocó, primero, un sonido ensordecedor; luego formó una avalancha de 30 millones de toneladas de lodo, hielo y piedras. Fue un aluvión bíblico. En cuestión de segundos enterró Yungay y Ranrahirca; destruyó en gran parte Caraz y Carhuaz, localidades en el hermoso “Callejón de Huaylas”, en Áncash.
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Asimismo, Huaraz también fue duramente castigada por la fuerza letal del sismo. La capital del departamento era una ciudad con casas de adobe “mal preparadas” que no resistieron el embate del terremoto. El Hotel de Turistas, que aguantó mejor el sismo fue improvisado, desde el primer día, como hospital de emergencia.

Solo un par de días después de la tragedia, inmensas rocas como ésta interrumpían la carretera que se dirigía a Yungay. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Pero, lo que ocurrió en Yungay dio la vuelta al mundo. Los testimonios que el diario El Comercio recogió del mismo lugar de los hechos, con los sobrevivientes, hablaba de una “bola gigante y oscura”, que por instantes era incandescente por la fricción del hielo y la tierra. Ese obús de muerte prácticamente aterrizó sobre la ciudad a una velocidad de 400 km/h.
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Solo en Yungay hubo unos 20 mil muertos. Trescientas personas, la mayoría niños, se salvaron ya que decidieron trepar a una zona más alta, hacia el cementerio general. Aún hoy puede verse la imagen del Cristo Redentor que salió incólume. Otros sobrevivientes fueron el grupo de adultos y niños que asistieron a una función de circo, que se había instalado en el Estadio Fernández, en una zona alta de la ciudad.

Las autoridades locales recorrían los escombros de cada pueblo, de cada ciudad. En todas partes hallaban víctimas mortales y heridos. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Como todos recordamos, de la hermosa ciudad de Yungay solo quedaron en pie la parte alta de cuatro palmeras, que se ubicaban en los alrededores de la plaza principal. Aquella plaza que en esos tiempos poseía hasta 36 palmeras de adorno y sombra para sus vecinos.
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Todo el domingo 31 de mayo de 1970, el lunes 1 de junio e incluso el martes 2 de junio, una espesa nube de polvo oscuro se sostuvo a ras del suelo y se elevó a una altura que impidió una efectiva ayuda por medio de los helicópteros de la FAP.

La imagen muestra un sector de Chimbote afectado por el sismo. Yungay desapareció y el resto del departamento de Áncash quedó destruido. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
/ A. DEL ROSARIO
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Cuando la nube se fue disipando, los rescatistas y periodistas fueron los primeros en llegar a las inmediaciones de Yungay o de lo que quedaba de ella. Allí fue que vieron esas inmensas piedras que no eran de la zona sino de las alturas. Eran las piedras del aluvión.
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Luego de atender el 31 de mayo y el 1 de junio a los pueblos y ciudades de la costa, en el propio departamento de Áncash (sin duda, el departamento más afectado del país), recién el martes 2 de junio de 1970 llegó la ayuda a los pueblos aledaños a Yungay, en el Callejón de Huaylas. Allí, no hubo zona que no estuviera en medio del desastre completo. Pero Yungay simplemente no estaba.

Con helicópteros y avionetas se trató de enviar ayuda de emergencia a los damnificados. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Desde el miércoles 3 de junio, ya la ayuda humanitaria fue masiva, a nivel nacional e internacional. Dolía ver a los sobrevivientes y escucharles preguntar por sus familiares, muchos de ellos ya fallecidos o desaparecidos. De aquello fueron testigos los reporteros de los medios de prensa nacional que hicieron su mejor esfuerzo para informar en el mismo lugar de la tragedia.
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Uno de los primeros en llegar al punto neurálgico de la tragedia fue el periodista Javier Ascue, del diario El Comercio, quien junto con el fotógrafo José Michilot, registró los primeros testimonios del aluvión. Cuando llegaron a Yungay, cuentan que el silencio era macabro. Pasó de ser una bella ciudad a convertirse en un camposanto inmenso y solitario.

Las fotos aéreas trataron de ubicar el lugar desde donde se desprendió el glaciar en el Huascarán que terminó convertido en un aluvión de muerte para todo un pueblo como Yungay. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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También vieron cómo en otras localidades cercanas, como en Carhuaz y Caraz los sobrevivientes debieron cavar fosas comunes para inhumar allí a sus muertos, cuyos cuerpos rescataban de los escombros de centena en centena. El diario decano vino informando, día a día, el número de fallecidos y heridos. Todo siempre iba en aumento.
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En Huaraz, la destrucción fue desalentadora. El alcalde José Sotelo declaró a una emisora radial que el 95% de las casas en la ciudad estaban afectadas, y los muertos podían sumar de mil en mil. Con las vías de comunicación terrestres hacia Lima totalmente bloqueadas o interrumpidas, la única forma de recibir ayuda inmediata era por aire.

Las tomas aéreas permitieron tener una idea más clara del camino que tomó el aluvión en su paso de destrucción y muerte por el Callejón de Huaylas. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio).
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El mismo panorama trágico se vivía en otras ciudades más alejadas de Yungay como Recuay, Huari, Ocros, Cajacay y Mancos; y asimismo las zonas costeñas de Huarmey, Casma y Chimbote. Precisamente, al sur del puerto chimbotano, en los alrededores del cerro San Pedro, la devastación fue general. La Cruz Roja Peruana estimó en dos mil personas los muertos, todos enterrados bajo los escombros.
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El gobierno militar de Juan Velasco Alvarado actuó con denuedo. Las Fuerzas Armadas jugaron un rol capital, así como la Cruz Roja Peruana y los gobiernos vecinos y extranjeros en general que ayudaron a las familias damnificadas, las cuales sumaron cientos de miles.

Las imágenes desde helicópteros o avionetas ayudaron a las autoridades en su tarea de ayuda humanitaria en el Callejón de Huaylas. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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En todo el Perú, en el sur, centro y especialmente en el norte del país, el apoyo solidario fue relevante. La Marina de Guerra del Perú con su crucero BAP “Coronel Bolognesi” trajo al Callao miles de heridos desde Chimbote.
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En esas circunstancias tan penosas para el país, la bocanada de aliento y fe cristiana que el papa Pablo VI dio al Perú nos devolvió la esperanza. Dijo en su mensaje: “Un saludo fraternal y confortante para todo el pueblo peruano. Glorioso por su cultura antiquísima y más glorioso aun por su fe católica (…)”.

Días después del aluvión, algunos vecinos de Yungay que lograron sobrevivir trataron de ubicar el lugar donde se encontraban sus viviendas. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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Según estimados posteriores, hubo unos 75 mil muertos y 150 mil heridos, aproximadamente; así como 600 mil damnificados que quedaron sin techo. Ese 31 de mayo de 1970, el sismo se extendió a más de 83 mil km2 de distancia, y abarcó la extensión de los departamentos de Áncash, La Libertad, Lambayeque y Lima.
Pero lo que ocurrió en Yungay ese día no tuvo precedentes en el Perú. Por eso el país se arremolinó en torno a ellos, al pueblo yungaíno.
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