El mismo día que el presidente Alejandro Toledo anunció un proyecto de Ley para endurecer las penas contra las personas que transgredan el orden público, una entrevista conmovió a todos los peruanos. La mañana del 27 de mayo del 2004, El Comercio publicó una conversación con Yesenia Mercado Malpartida, una peruana de 30 años de edad que había regresado al país tras estar un año en la guerra de Irak, sirviendo al ejército de Estados Unidos. En la conversación, la ex voluntaria de la Cruz Roja del Perú reveló que nunca mató a nadie en el campo de batalla. También dio detalles de la misión que cumplió en el país del Medio Oriente.
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Ella confesó que le encantaba la adrenalina y que estaba pensando en regresar a Estados Unidos para meterse a un curso de entrenamiento de salto aéreo en helicóptero. Luego, contó que no se fue a ese país con la intención de entrar a las Fuerzas Armadas, sino a probar “qué había por allí”. Es así como llegó a California, donde vivían sus dos hermanos, y empezó a trabajar en una tienda de vídeos. Fue su hermano Andrés, que estudiaba Economía, quien le dijo que ingresara al Ejército estadounidense si le gustaba la aventura; ya que, además, eso le otorgaría varios beneficios.
Tras ello, Yesenia decidió ingresar a la página web del ‘Army’, pidió información y, poco tiempo después, un recluta llegó a su casa para tomarle un examen. “Cuando lo aprobé, le dije: ya de una vez dónde firmo el contrato”, explicó. Un impulso que también usó para decirle a sus padres que se iba a ayudar en el terremoto de Nazca, cuando todavía pertenecía a la Cruz Roja (1996). En aquella ocasión, regresó a casa en un mes. Tras aprobar el examen y firmar el contrato, Mercado ingresó al Ejército de EE.UU. el 28 de agosto del 2002.
Mercado ingresó al Ejército de EE.UU. el 28 de agosto del 2002. (Foto: Ernesto Arias/GEC Archivo Histórico)
/ ERNESTO ARIAS
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De inmediato, la enviaron a una de las dos bases militares en donde hombres y mujeres se entrenaban juntos, en Texas. Allí tuvo que “hacer planchas” de más por no dominar bien el inglés. Para Malpartida, los texanos “hablan su idioma como charapas”. Aunque los entrenamientos eran fuertes, nadie la llegó a insultar o maltratar para desanimarla de seguir en las Fuerzas Armadas estadounidenses. Es así como en once semanas aprendió a contar petróleo y en otras cuatro, a manejar camiones de 10 toneladas. También la entrenaron para disparar rifles M16, semiautomáticos y con lanzagranadas. Después, se unió al Batallón 13 Coscom 53 Quarter Master del Ejército norteamericano.
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Al año siguiente, el 11 de abril del 2003, la bombera peruana llamó a sus padres para comunicarles que en unas horas se uniría a la guerra en Irak. “No nos dejó tiempo de reacción, pero ella siempre fue así, era su decisión”, contó Andrés Mercado, su padre. “Le recé a todos los santos, vivimos momentos de angustia, no parábamos de llorar”, agregó su mamá Violeta Malpartida.
Yesenia recordó que ella sabía que ese momento iba a llegar, pero no tuvo tiempo de pensarlo. “Cuando me di cuenta ya estaba en Irak y tenía que cumplir con mi contrato”, dijo. Ella llegó al país de Medio Oriente dos semanas antes de que se declara el fin oficial de las hostilidades. Los primeros días fueron tranquilos. Después, recibieron ataques a diario, por lo que la posguerra se volvió más difícil y mortal.

Imagen de Yesenia en Bagdad publicada en la portada de El Comercio el 27 de mayo del 2004. (Foto: GEC Archivo Histórico)
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En suelo iraquí, Mercado tenía la misión de transportar combustible del aeropuerto a una base que se encontraba a 15 minutos, lo que convertía el lugar en un blanco fácil para los ataques terroristas sorpresas: “A los pocos días nos atacaron con morteros, yo solo me tiré al piso y, cuando cesaron los disparos, corrí a las trincheras; nunca participé del fuego cruzado, nunca maté a nadie, pero si hubiera tenido que hacerlo habría sido para defenderme”.
Según contó la soldado, lo más cerca que estuvo de la muerte fue cuando un ataque con mortero cayó a 100 metros suyo y se incendió el techo bajo donde dormía. También recordó que las mezquitas y los edificios de Bagdad eran fascinantes y que las afueras de la ciudad le hacían recordar a Piura. Además, reveló que nunca conversó con ningún iraquí que no estuviera dentro de su base: “Pero allí mismo había infiltrados, encontrabas a uno caminando por donde no debía hacerlo y al día siguiente atacaban en ese lado. Recuerdo que atraparon a dos y se los llevó la policía”.
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Yesenia Mercado confesó que el estallido de las bombas no le generaba mucho pánico, ya que había vivido la época del terrorismo en el Perú. “En cambio había muchachitos ‘gringos’ que no soportaban la tensión, algunos se suicidaron, pero para eso teníamos psicólogos y pastores”, dijo la soldado estadounidense. Ella solía rebajar la tensión bailando bachata con sus compañeros puertorriqueños en los momentos de ocio. Sin embargo, lo más incómodo para la peruana fue el insoportable calor de la ciudad, que podía llegar hasta los 52 grados.
El 25 de mayo del 2004, Yesenia Mercado llegó al aeropuerto internacional Jorge Chávez procedente de Estado Unidos. (Foto: Ernesto Arias/GEC Archivo Histórico)
/ ERNESTO ARIAS
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A esto se le sumó que al principio de su servicio en Irak todo fue carencias y desesperación: “Usábamos como baño la mitad de un cilindro, cerrado con madera, era una cosa asquerosa, hasta que se llenaba y luego tenías que quemarlo”. Meses después, llegaron a Bagdad algunas tiendas como Burger King, que en sus dos primeros meses vendió 40 mil dólares diarios. “Imagínate a la gente que tenía tanto tiempo sin ingerir comida de verdad”, dijo, sonriente.
Más adelante, llegó el Internet y ella pudo chatear con su familia todos los días. Sus padres llevaban seis meses sin saber de Yesenia. En la primera llamada telefónica que recibieron, solo les dijo que estaba bien y que no se preocupen por ella; luego cortó. La soldado peruana también reveló que durmió en un catre plegable, en una carpa con diez personas y sufrió de insomnio.












