viernes, marzo 20

Las piernas le temblaban. Diez mil personas —quizá más— lo rodeaban en esa arena de Tenerife. Parado en el centro del escenario, no había margen de error. Minutos antes, en ese mismo espacio habían sido ovacionados Laura Pausini, Ana Torroja, Marta Sánchez y Carlos Vives. Ahora le tocaba a Ezio Oliva.

“Nunca en mi vida había sentido tanto terror de subirme a cantar. Y eso que llevo 20 años haciendo esto”, dice el artista peruano vía Zoom, desde España, todavía con la voz atravesada por la emoción.

Antes de salir a escena, respiró durante veinte segundos. Se dijo un par de cosas que necesitaba escucharse. Y salió. Tras interpretar “Sevilla”, el miedo se fue diluyendo. El oficio se impuso. “Me agarró preparado. Las tablas hablan por sí solas”, reconoce.

Pocos minutos después, dijeron su nombre. Había ganado el Premio Dial en su trigésima edición. El primero para un peruano en treinta años.

“Para serte honesto, no me lo esperaba. Ha sido una sorpresa enorme. Lo primero que hice fue agradecer a mi familia, pero sobre todo al Perú y a los peruanos. Fue un momento muy importante”, confiesa.

Hace dos años y medio, Oliva no tenía un premio entre manos, sino una maleta. Iba y venía entre Lima y España, se quedaba por temporadas cortas, tocaba puertas en un mercado que describe como “supercompetitivo”. Algunas no se abrían. Otras empezaban a ceder apenas.

“Es un proceso de insistir, de picar piedra todos los días. En ese trayecto aparecieron canciones como ‘Sevilla’, junto a Carlos Baute, que logró sostenerse tres semanas en el número uno de la radio en España, o “De Madrid al cielo” y “Mal amor”. Pero más que los títulos, lo que cambió fue que mi música empezaba a quedarse”, explica.

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El Premio Dial —detalla— no es un reconocimiento arbitrario. Se mide en resultados radiales, en lo que escucha y valida el público.

“Aquí la gente recibe la canción, la evalúa, y eso determina cuánto tiempo se queda en la radio —dice—. Es el público el que decide.

Pero detrás de la foto del premio hay otra historia: la de la distancia. Mientras él permanece en Madrid, su esposa, la conductora Karen Schwarz, y sus hijas están en Lima. Y muchos domingos, en lugar de celebración, le toca vivirlos solo.

“Lo más difícil ha sido manejar la soledad. Eso me llevó a tener crisis de ansiedad, porque yo convivo con la ansiedad. También está el costo emocional, económico, logístico. Dejar un lugar donde lo tenía todo para apostar por un lugar donde no sabes qué pasará. Siempre es más fácil arriesgar cuando no tienes nada que perder. Yo tengo todo en Perú. Y aun así decidí apostar”, manifiesta.

Sin embargo, ya comienza a generar movimiento. Los empresarios han empezado a fijarse en él y el público también. En España, su nombre suena cada vez con más fuerza.

“Ya empezó a sonar el teléfono. Todavía no hay nada concreto, pero ya llaman”, dice sonriente.

Ezio sabe lo que significa tocar la cima y luego perderlo todo. Ya lo vivió en su etapa con Ádamo. Por eso, si pudiera volver atrás, dice que cambiaría una sola cosa: la madurez con la que enfrentó ese momento.

“Cuando lo pierdes y vuelves a conseguirlo, el reto es más grande. Yo no estoy dispuesto a volverlo a perder. Me hubiese gustado tener la cabeza que tengo hoy a los 18. No cometer errores de ego, de disciplina”, confiesa.

La resaca del premio aún no pasa, pero Oliva ya alista lo que será su próximo concierto, el 10 de abril, en la sala del Movistar Arena, en Madrid. Mil personas con entradas pagadas.

“El gran reto ahora es conquistar al público español. Sentiré que lo logré cuando llene un estadio como el WiZink Center, con 18 mil personas. Mientras tanto, cada presentación es un paso más”, admite. Luego, tras una breve pausa, añade: “A veces te dan ganas de llorar o gritar porque no lo puedes creer. Pero después piensas: sí, me lo merezco, porque me saco la mugre”.

Las piernas ya no le tiemblan. Pero no se confía. Sabe que lo difícil —como siempre— recién empieza.

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