Antes de que el sueño infantil de ser un rockstar se hiciera realidad con Arena Hash, antes de las portadas, los escenarios llenos y las canciones coreadas por multitudes, la historia musical de Christian Meier empezó en silencio. En la casa de su abuela, frente a un piano cubierto, un niño de cinco años levantó la tapa y tocó por primera vez. “Probablemente todo empezó ese día”, dice hoy. Sin saberlo, acababa de abrir una puerta que ya no se cerraría.
“Me paraba frente al espejo, hacía mímicas, me creía un ABBA o un Elvis Presley”, recuerda sonriente.
Era adolescente cuando su padrino, hermano de su padre, le regaló su primer instrumento musical. Desde entonces, la música fue una constante en su vida. (Foto: archivo personal)
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A los 18 años, ese impulso infantil tomó forma pública. Arena Hash lo lanzó a una fama que llegó mucho más rápido de lo que alguna vez imaginó, y sin manual de instrucciones. Canciones que sonaban en la radio, conciertos multitudinarios, autógrafos, una generación que crecía al ritmo de su música. Pero incluso en ese punto alto, Meier entendió algo esencial: la banda era una etapa, no un destino final.
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“Hay gente que tiene la confianza de decir que se las puede arreglar solo, que no necesita ser parte de una banda porque puede hacer canciones y, al final, contratar músicos que las toquen. Yo pensaba en eso. Decía: ‘ser parte de una banda no es el fin de mi carrera, no es mi mayor meta. Mi mayor meta es hacer música, con o sin ellos’. Por eso empecé a escribir canciones apoyándome solo en mí”, recuerda.
Por eso, cuando Arena Hash se disolvió, no hubo vacío creativo. Había canciones guardadas, ideas en borrador y una necesidad clara de escribir y sostener una voz propia. Así nació su etapa como solista y, con ella, temas como “Carreteras mojadas”, una canción que atravesó décadas y generaciones hasta volverse parte del cancionero emocional del país, y que este año celebra 30 años de creada.
“Al principio componer es un misterio. Pero un día sale ‘Carreteras…’ y dices: ‘¿qué es esto?, ¿qué fenómeno es este que sigue vivo hasta hoy?’. Me asombra cómo se ha pasado de generación en generación, hay gente mayor y niños de cinco o seis años que la saben y la cantan. Es curioso, porque si le pides a cualquier peruano que cante la sexta estrofa del himno, probablemente no la recuerda; pero si le dices ‘canta ‘Carreteras mojadas’, lo más probable es que sí”, señala entre sorprendido y orgulloso.
Esa vocación por seguir avanzando como solista, sin embargo, quedó en pausa durante años. No por falta de amor a la música, sino por asumir nuevas responsabilidades. El trabajo como actor se volvió constante, demandante y económicamente estable, y lo metió en una inercia difícil de romper.
“Entré en una zona de confort de la que fue difícil salir”, admite. Había responsabilidades concretas —la crianza de sus hijos, su educación, la necesidad de asegurar un futuro— y un sistema que premiaba la disponibilidad total. Durante casi dos décadas trabajó jornadas de hasta 16 horas diarias, sin horarios claros ni margen para planificar el día siguiente. “Desde afuera se veía bonito, pero yo no tenía libertad. Terminé siendo un esclavo de la industria”, reconoce.
Ese mismo engranaje lo llevó a mirar fuera del país. Sabía que el mercado local tenía límites y que, si quería crecer como actor, debía buscar otros horizontes. Armó carpetas, envió reels, escribió cartas y tocó puertas en Colombia, Venezuela, Argentina y España. Algunas se abrieron. Vinieron producciones internacionales, telenovelas exitosas y la etiqueta del galán de moda, una etapa que recuerda con ligereza.
“Para mí era como ir al colegio. Yo cumplía con mi trabajo y regresaba a casa sin sentir demasiado el impacto de la fama”, dice. Pero mientras todo avanzaba, la música quedaba en suspenso.
El quiebre llegó con el cansancio y, más tarde, con la pandemia, que detuvo esa maquinaria de golpe. Ese silencio obligado lo empujó a una pregunta simple y decisiva: ¿Por qué había dejado de hacer lo que más disfrutaba?. “¿Por qué no estoy componiendo, grabando, haciendo música, si es parte de mi ADN?”, se dijo. La respuesta no estaba en el pasado ni en la nostalgia, sino en volver a elegir.
Por eso Meier no vive del pasado. No intenta revivir fenómenos musicales ni repetirse. “Cada cosa tuvo su momento. Si somos artistas, tenemos que seguir creando. Vivir de lo que hiciste hace 40 años sería conformista”, afirma.
El regreso a los escenarios fue una decisión largamente esperada. Después de más de dos décadas alejado de la música como eje central de su vida, en el 2023, Christian Meier volvió con “He vuelto a casa”, el disco que marcó ese retorno y lo puso nuevamente frente al público desde otro lugar. El primer encuentro no estuvo libre de nervios, aunque no eran los de antes.
“Tenía un poco de miedo, pero no por la música. Mi temor era técnico: que se apague una luz, que algo no funcione en el escenario”, recuerda. Se sentía cómodo con la banda, confiado en los ensayos, pero esa misma sensación le generaba sospecha. “Decía: esto está demasiado perfecto, en algún momento se va a caer un tacho de luz o me voy a caer del escenario”. La experiencia de haber visto grandes conciertos terminar en accidentes —Madonna, Beyoncé rodando por escaleras— le rondaba la cabeza. “Eso era lo único que me preocupaba. Y probablemente sigue siendo lo único que me preocupa hoy”, asiente.
Cuando Christian habla del público que lo acompaña, no se instala en la añoranza, aunque la reconoce como parte inevitable del viaje.
“La nostalgia existe, claro. Yo también voy a ver a artistas que sigo desde hace mucho tiempo, como los Rolling Stones o Paul McCartney. Pero lo que me emociona es escuchar qué están haciendo ahora. Recuerdas la primera vez que los escuchaste, pero te sigue motivando su material nuevo. Y el público crece contigo, llegan nuevas generaciones, algunos padres llevan a sus hijos. Es natural. Pero no aspiro a que en mis conciertos estén las chicas que van a ver a Harry Styles”, aclara.
En el escenario, Meier ya no persigue al joven que saltaba sin pausa durante dos horas, incluso en plazas exigentes como Juliaca, a más de 3,800 metros sobre el nivel del mar. Hoy asume que la agilidad no es la misma, pero la entrega sigue intacta y la experiencia pesa a favor.
“Trato de tener la misma energía, de alcanzar a quien era cuando hacía conciertos antes. Pero, sobre todo, trato de que la gente la pase bien, vibre en cada momento y no se quede sentada. Quiero hacer un espectáculo que los motive a levantarse siempre”, confiesa.
Al llegar a los 45 años, Meier hizo un movimiento menos visible que un estreno o una gira, pero igual de decisivo. Eligió un lugar fijo para vivir en Estados Unidos y, con esa decisión práctica, ordenó algo que llevaba años desordenado.
“Desde que tenía 30, cada vez que me preguntaban dónde vivía, decía ‘soy peruano’, pero no sabía qué contestar. Mis papás y mis hijos estaban en Perú, pero yo podía estar en Perú el próximo fin de semana y no saber si al mes siguiente iba a estar”, recuerda. “Dije: ‘necesito solucionar ese problema’, porque mientras no tuviera esa respuesta, no iba a tener la respuesta a muchas cosas más en la vida”.
Después de décadas corriendo como “caballo de carrera”, trabajando sin mirar a los costados durante 16 horas diarias en series, telenovelas y películas peruanas y extranjeras, la vida se le abrió a otra velocidad. “Hoy soy más observador. Disfruto más de lo que sucede a mi alrededor”, dice. Y reconoce el cambio como una decisión consciente.
“Los primeros 25 años me la pasé trabajando por conseguir un nombre, dinero, estatus, carrera, hasta que decidí trabajar solo en lo que me apasiona. Ya no se trataba de acumular, sino de escoger lo que me hacía feliz”, afirma.
En ese nuevo orden, donde la vida dejó de ser tránsito y se volvió hogar, llegó también el amor. Y el matrimonio. Se casó con la publicista Andrea Bosio Zegarra el 1 de julio del 2023. “Decidí dar ese paso, simplemente porque conocí a la persona indicada. No tiene mucha ciencia”, resume.
A los 55 años y con 38 de carrera, su motor sigue siendo crear canciones. Christian Meier alista su sexto disco de estudio como solista —grabado en Los Ángeles con una banda tocando en vivo y una sonoridad orgánica, clásica, fiel a sus raíces, Tendrá diez canciones. Sale a finales de febrero del 2026.
“Lo grabé el año pasado en Los Ángeles con Gustavo Borner como productor, un ganador del Grammy que ha trabajado en los últimos discos de Andrés Calamaro y Fito Páez. Armamos una banda para tocar en vivo en el estudio y convocamos músicos que han tocado con gente como Bob Dylan, Elton John, Ringo Starr, Jackson Browne o James Taylor, y yo estuve en los teclados. Es un disco orgánico, clásico, pensado a propósito para que no suene a pop moderno, sino a la música con la que crecí. Siento que está en la línea de ‘Primero en mojarme’, como si fuera el álbum que siempre quise que ese disco fuera, pero con las herramientas que entonces no tenía. Hoy sí, y por eso creo que es el mejor álbum que he hecho hasta ahora”.
Tal vez por eso su historia no se agota en una portada ni en una canción emblemática. Porque todo empezó antes y continúa ahora. Desde aquel piano destapado hasta un nuevo disco en camino. Sin quedarse. Sin mirar atrás para instalarse. Sin dejar de creer en la música como un acto presente.

De izq a der: Christian Meier, el guitarrista Mark Goldenberg y el productor Gustavo Borner. (Foto: archivo personal)
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Christian Meier escribió “Carreteras mojadas” en marzo de 1993, cuando aún estaba en Arena Hash atravesando una etapa de incertidumbre personal y profesional. Tenía 22 años.
“Estaba claro que no iba a ser una canción feliz”, admite. Ese ánimo marcó el disco completo, que terminó siendo melancólico y entre los nombres que se barajaban figuraba “Manos que lloran”, hasta que eligió el título “No me acuerdo quién fui”.
El álbum lo grabó en los tiempos libres entre sus primeras telenovelas. La música todavía no generaba ingresos y la actuación sostenía la vida familiar que ya empezaba a construirse. Cuando por fin terminó el disco, lo llevó a las disqueras y lo rechazaron todas. “Me decían que grabara lo que estaba de moda”, cuenta. Su respuesta fue ir en dirección contraria.
Entonces creó su propio sello, Roma Records, junto a un amigo de colegio. Importaron CDs, armaron distribución y cerraron un canje clave para filmar videoclips. Lo que siguió fue inesperado. “Carreteras mojadas” fue número uno durante siete semanas consecutivas y se convirtió en un fenómeno que pasó de generación en generación.
Treinta años después, la canción sigue viva por una razón simple: nació de una tensión real y terminó volviéndose parte de la memoria colectiva.




