Era el hombre más hermoso del mundo. Y también mal actor, pero no importaba. Conoció como muy pocos artistas el halago del fervor público y los ganó a todos en la captación del alma femenina. A todos impuso sus maneras de actor aristocrático y señaló para la estética del arte mudo una maquillada y arrogante teoría de interpretación. Mimado por cientos de miles de adorables flappers, halagado por los empresarios de la época, ebrio de triunfos y de millones, Rodolfo Valentino murió un día como hoy, hace exactamente un siglo.
Más allá de las románticas crónicas de época, la de Valentino fue una vida lujuriosa y trágica. Rodolfo Alfonso Rafaello Pierre Filiberto Guglielmi di Valentino d’Antonguello (Rodolfo Guglielmi, a secas) nació en Castellaneta, al sur de Italia, el 6 de mayo de 1895. Hijo de un capitán veterinario de la caballería del ejército italiano y de una mujer francesa de clase media, fue un mal alumno y un adolescente esquivo al trabajo rural propio de su lugar de origen. Al morir su padre, con el poco dinero que le dejó, a los 11 años entró como cadete en la escuela militar, en la que estuvo dos años.
Su deseo de conocer el mundo lo llevó, con el dinero que le dio su madre, a conocer los salones de baile del París de la Belle Époque, previa al estallido de la Gran Guerra, donde aprendió el arte del tango y se desempeñó como profesor de baile y acompañante de mujeres opulentas dispuestas a pagar por su compañía, belleza y una personalidad magnética. De allí pasó a Monte Carlo, de donde partió a Estados Unidos, llegando en diciembre de 1913. Tras meses durmiendo en las bancas de Central Park, consiguió ingresar al Maxim’s, restaurante y cabaret donde se convirtió en lo que los habitués llamaban un “pirata del tango”: uno de esos jóvenes desinhibidos que pasaban largas horas en la pista bailando con mujeres ricas. Tras un incidente confuso con la esposa de un empresario, decidió abandonar Nueva York y cruzar a la otra costa para buscar suerte en Hollywood.
El legendario tango de Valentino.
Allá, al inicio seguirá ganándose la vida como gigoló, pero meses después consigue pequeños papeles de reparto en algunas películas. Guglielmi solía llegar al estudio manejando los lujosos automóviles que sus “amigas” le prestaban, lo que no tardó en llamar la atención de productores, agentes de casting y, por supuesto, actrices. El joven actor comienza a frecuentar el círculo de la excéntrica actriz rusa Alla Nazimova, famosa por organizar fastuosas fiestas que convocaba la aristocracia del Hollywood silente. Allí conocería a su primera mujer, la actriz Jean Acker, con quien se casó en 1919. Un matrimonio condenado a ser efímero, pues Acker estaba involucrada en una relación paralela con otra actriz, Grace Darmond. En 1921 se casó con Natacha Rambova (nacida Winifred Hudnut), actriz y escenógrafa, quien le facilitará su ascenso al estrellato, enseñándole cómo acomodar su imagen a los requerimientos de la industria y proporcionándole los contactos necesarios. Ese año colaboró también en su carrera la guionista June Mathis, quien lo adoptó profesionalmente y replanteó su imagen, imponiéndolo ante los jefes de la Metro para el papel principal de Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Ese año Guglielmi desaparece para dar sitio a Valentino. Contratado primero por la casa Metro, pasó luego a la famosa Lasky, que produce sus mejores películas. Tiene un ruidoso pleito con la compañía y se aleja del cine durante dos años, en los que vuelve a trabajar por cuenta de la Ritz-Carlton.
Tras ese primer éxito, protagoniza El Sheik, filme que confirma su mito del latin lover gracias a su masculinidad sofisticada, nunca antes registrada en pantalla. La virilidad anglosajona de Douglas Fairbanks, su único competidor en generar suspiros, no es rival para el encanto europeo, atildado y romántico del joven italiano.
Desde entonces, su vida se transforma en un vodevil extravagante propio del babilónico Hollywood de la época. En 1925 se divorció de Rambova para anunciar en marzo del año siguiente su compromiso matrimonial con la avasalladora actriz Pola Negri. Y mientras las mujeres lo adoran, no faltan hombres que lo envidien: algunos diarios sugieren dudas sobre su masculinidad, lo que saca de sus casillas a Valentino, quien llega a desafiar a un duelo de boxeo a un periodista del Chicago Tribune que lo culpó de “afeminar al hombre estadounidense”. La pelea nunca se realizó y los rumores no llegaron a despejarse del todo.
Valentino también tenía pretensiones poéticas. Meses antes había publicado un libro de versos titulado Day Dreams (Ensueños). Si tomamos el poemario al azar, citamos unos versos que dicen, casi en tono vallejiano: “No me curo del oro ganado fácilmente, porque se acaba pronto… Yo lo sé…”.
En el verano de 1926, Valentino está en Nueva York para promocionar El hijo del Sheik. Seis semanas antes el actor empezó a quejarse de dolores en el estómago, a los que este no atribuyó importancia. Sin embargo, en la tarde del 15 de agosto empezó a sentirse mal en la habitación de su hotel. Lo que al principio fue diagnosticado como una apendicitis, pronto devino en una peritonitis fulminante. Fueron ocho días de agonía. El certificado de defunción establece que la causa de la muerte ha sido la ruptura de una úlcera gástrica complicada con peritonitis general, neumonía séptica y endocarditis séptica.
Tenía apenas 31 años de edad y una fama resentida por sus conflictos con los estudios. Temeroso de una bancarrota, inició giras de baile, permitió la venta de sus fotografías desnudo e incluso lanzó productos cosméticos con su nombre, algo demasiado audaz para la época.
En la edición del lunes 23 de agosto de 1926, en la portada, El Comercio titula escueto: “Ha muerto Rodolfo Valentino” y comparte el despacho telegráfico que señala: “Tras una penosa enfermedad bastante corta, desaparece una rutilante estrella de Hollywood”. En su necrológica, el redactor de El Comercio no reprime el prejuicio: “Si bien es verdad que tenía algún amaneramiento en sus actos, tenía también y sobre todo el afán inmenso de llegar a ser un gran artista de la expresión”.
En su edición del día siguiente, el diario añade a la información detalles de los momentos previos a su muerte: “Junto al lecho en que expiró Valentino se encontraba el padre Leonardo, quien recibió la confesión postrera del famoso actor y le absolvió. Los últimos sacramentos le fueron administrados a las 10 de la mañana por el padre José Cangedo, originario del mismo pueblo de Valentino”.
El 24 de agosto, Frank E. Campbell, gerente de la casa funeraria Campbell en Broadway, recibe el encargo de organizar el sepelio de Valentino. Fue un megaevento, precursor de los funerales mediáticos de las futuras estrellas pop que le seguirían. Junto con George Ullman, representante del actor, monta una puesta en escena que terminará incluyendo suicidios de mujeres enloquecidas de amor en las cercanías del lugar, “camisas negras” fascistas custodiando el féretro y una catarata de desmayos y crisis psicóticas entre las ochenta mil personas que se acercaron para despedirse del gran amante latino. Aunque luego se sabría que muchas de esas extravagancias fueron orquestadas por ambos socios valiéndose de actores y actrices contratados, lo cierto es que el velatorio se extendió por cuatro días en Nueva York. Algo más modestos, los funerales se repitieron en Los Ángeles, donde finalmente su cuerpo fue inhumado en el Hollywood Memorial Park.
La angustia cerrada y la desesperación profunda alcanzaron también a sus admiradoras peruanas. En Lima, los empresarios del cine San Martín convocaron a la acongojada platea frente al ecran silencioso e insinuante, apurando la importación de sus tres últimas películas. En las páginas de El Comercio se anuncia el estreno de la superproducción de la Paramount Monsieur Beaucaire, El barbero del rey (21 de septiembre), El hijo del Sheik (12 de octubre) y El diablo santificado (23 de noviembre). Aquella histeria masiva generó un fenómeno local de taquilla sin precedentes. Fue tal el éxito que, además de las cintas, se proyectó en la misma sala, a inicios de octubre, Los funerales de Rodolfo Valentino, un cortometraje que registraba los detalles de la ceremonia en la iglesia de San Malaquías (conocida popularmente como la Capilla de los Actores), así como de los miles de admiradores congregados en las calles de Manhattan y la policía interviniendo para librar a los asfixiados. También había escenas de la ceremonia en Los Ángeles, en la que se mostraba inconsolable a la actriz Pola Negri siguiendo el ataúd de su prometido.
Por su parte, la revista Mundial despliega en fotografías a toda página la demostración de duelo que en Nueva York se produjo a raíz de su muerte. En una de ellas, la estrella de cine Eva Miller reza delante del cadáver de su colega y amigo. En la segunda aparece doblegada por el dolor Jean Acker, su primera esposa, que acudió a la capilla ardiente para mostrar su pesar y angustia, con el rostro hacia el suelo para concentrarse mejor en su pena mientras los fotógrafos disparan. Asimismo, da cuenta de los centenares de cartas de muchachas que todos los días llegaban a su regia mansión llamada Guarida de Halcón, en lo más alto de Beverly Hills, construida a la manera de un castillo medieval, donde le enviaban en cuatro líneas los jirones de sus almas enfermas de amor. El mito creció tanto que devoró al actor, hoy muy poco recordado. En su lugar, solo queda lo accesorio: la mirada seductora, los labios negrísimos y las cejas delineadas como una figura cerúlea. Lo que sí sobreviviría por muchas décadas más fue el arquetipo del amante latino, una especie felizmente ya extinguida tras décadas de repetición del cliché exótico y apropiaciones culturales.

