El trabajo de María Belén Milla cumple con el ideal de Pasolini: la armonía entre poesía civil y la formulación de un deseo siempre en guardia. Acata las directivas de Anne Carson: iniciar una historia compuesta por versos que parten de una certeza mayor y que, por eso mismo, se niega a cerrarse; hacer de ello conjunción sin fisuras entre historia y mito. Sigue las lecciones de Rodolfo Hinostroza: retroceder hasta la prehistoria y la luz del aminoácido más remoto para tomar impulso y aniquilar el presente con un poema que lo cuestiona y lo disuelve. Milla ha escuchado estas voces y de su procesamiento emerge la suya, vigorosa y resplandeciente. En su “Cazaré lo nuevo señalando tu nombre”, comprobamos lo que ya se perfilaba en sus libros anteriores: la consolidación de una de las autoras cardinales en este último cuarto de siglo de poesía peruana.
El trabajo de María Belén Milla cumple con el ideal de Pasolini: la armonía entre poesía civil y la formulación de un deseo siempre en guardia. Acata las directivas de Anne Carson: iniciar una historia compuesta por versos que parten de una certeza mayor y que, por eso mismo, se niega a cerrarse; hacer de ello conjunción sin fisuras entre historia y mito. Sigue las lecciones de Rodolfo Hinostroza: retroceder hasta la prehistoria y la luz del aminoácido más remoto para tomar impulso y aniquilar el presente con un poema que lo cuestiona y lo disuelve. Milla ha escuchado estas voces y de su procesamiento emerge la suya, vigorosa y resplandeciente. En su “Cazaré lo nuevo señalando tu nombre”, comprobamos lo que ya se perfilaba en sus libros anteriores: la consolidación de una de las autoras cardinales en este último cuarto de siglo de poesía peruana.
Lo que más sorprende de esta escritura es su regularidad. Pese a que los proyectos de Milla suelen ser ambiciosos, conformados por numerosos poemas, secuencias y series, rara vez encontramos caídas de arquitecto en sus edificaciones verbales, límpidas en su expresión, que redimensionan lo cotidiano y hacen de los conceptos mentales más ordinarios una posibilidad para crear una belleza que sublima lo visceral y redefine las categorías de la realidad. Muy pocas veces este juego se retoriza: la poeta sabe qué teclas sensoriales pulsar y cuál es la palabra que salva el poema o lo desbarata.
Esta es una poesía de lo material y de una razón tornada en imagen casual: un aliento laico, cuando no pagano, recorre estas páginas, revestidas de ironía helada, donde todo candor es abolido en pos de la aspereza de una verdad humana: “Ahora / que crece el prestigio de la hierba / y se enfrenta como un cencerro la patria / y la melancolía / ahora / acecha esta cumbre / increpa lo divino”. Lo mismo ocurre con la pulsión sexual: su satisfacción consiste en rodear el objeto del deseo, describirlo, alabarlo, pero conteniendo siempre el momento en que nos acercamos al otro para saciar nuestra urgencia. Milla practica, por ello, una moral de las sensaciones y de las percepciones en torno a los cuerpos y a las cosas. Es fácil decirlo, complicadísimo ejecutarlo con esta destreza.
Y es tan sólido lo aquí dicho y emprendido que incluso nuestras objeciones –el percutir sobre un puñado de temas ya reconocibles– son al mismo tiempo una de sus mayores virtudes: con escasos elementos levanta estructuras de notable densidad, abiertas al significado, y da personalidad a cada una de sus variaciones. “Con cuatro piedras y un poco de agua de mar construí un templo y me senté a guardarlo”, escribió Odiseas Elytis en “Sobre la polis”, y Milla reproduce esa convicción en cada uno de los poemas de este volumen. “Cazaré lo nuevo señalando tu nombre” nos guarece del lugar común, de los tics generacionales y del tedio de esa esotérica seudofilosofía que se ha vuelto vicio en nuestra lírica actual. Leerlo es beber un antídoto contra todo eso.