Una mujer llamada Gia tiene serias dificultades financieras y ese no es su único problema. Está abrumada por la ansiedad. Tiene un caso de desorden obsesivo compulsivo. No ve un horizonte de salida. En esas circunstancias aparece un hombre que le ofrece una solución. Se llama Nathan y ha surgido como un galán inesperado en el paraíso de una página web. Él se encargará de sus problemas de dinero, pero pone una condición. Ella debe ser desde entonces su mascota.
Una mujer llamada Gia tiene serias dificultades financieras y ese no es su único problema. Está abrumada por la ansiedad. Tiene un caso de desorden obsesivo compulsivo. No ve un horizonte de salida. En esas circunstancias aparece un hombre que le ofrece una solución. Se llama Nathan y ha surgido como un galán inesperado en el paraíso de una página web. Él se encargará de sus problemas de dinero, pero pone una condición. Ella debe ser desde entonces su mascota.
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La novela que cuenta la historia de Gia salió en una edición de autora el año pasado. En noviembre, la conocida editorial Hachette (considerada la tercera en su rubro en el mundo) la publicó en Inglaterra. En los pocos meses que circuló, al libro no le fue nada mal. Vendió casi dos mil ejemplares. Las valoraciones de los lectores en la web fueron de 3,52 estrellas sobre 5. La autora del libro, Mia Ballard, podía sentirse optimista respecto al siguiente paso. Su novela “Shy Girl” sería publicada en Estados Unidos por Hachette. Era como para ilusionarse.
Hasta que algunos lectores que leyeron el libro en febrero notaron algo extraño. Las frases eran demasiado planas. No había cambios de intensidad. Todos los sustantivos tenían un adjetivo. Había muchas construcciones paralelas, todas de estructura parecida. Las oraciones, en su mayor parte, eran sencillas y torpes. Todas eran cáscaras de palabras, sin sentimientos o ideas detrás. Reproducimos aquí un par de frases en traducción mía, tomadas del artículo de Alexandra Alter en “The New York Times”, donde he encontrado toda esta información. “Tengo puesto un traje rosado, el tipo que promete suavidad y no ofrece ninguna. El tul es quebradizo (¿?) y agudo, frotando contra mi pelo como mil pequeños dientes, un amante cruel que muerde con cada movimiento”.
Las sospechas se convirtieron en certezas. Pasadas las pruebas, se descubrió que la novela había sido escrita, en gran parte, por un ChatGPT. El tono del libro no cambiaba. Frases convencionales, lugares comunes, una serie de parches puestos unos después de los otros. Pero el ChatGPT se tardó probablemente segundos en componer una novela larga, recogiendo pedazos de todos los almacenes de palabras que guarda. Como bien dice Alter, la IA puede producir un pasaje bien escrito. Sin embargo, una novela es mucho más que una sucesión de buenos pasajes. Esa modulación que debe tener una historia a lo largo de su desarrollo no es una virtud de la inteligencia artificial. Al menos por ahora. Pero es tan fácil y rápido hacerlo. Unos cuantos datos van a la olla cibernética, todo hierve unos segundos y aparece una novela.
A mediados de marzo, la editorial, para su vergüenza, retiró el libro de circulación en el Reino Unido y canceló la salida de la novela en Estados Unidos. El asunto es relevante porque es la primera vez que una novela de IA sale a la luz pública. La autora, Mia Ballard, ha echado la culpa a alguien conocido suyo que contrató para editar el libro. Según ella, esta persona fue quien usó los pasajes que le daba el chat. Nadie sabe si creerle. Ballard ha declarado también que se encuentra en un proceso de deterioro de su salud mental, con su reputación hecha añicos y su autoestima por los suelos. A lo mejor con el tiempo encontrará a alguien que la ayude. Pero con una condición.




