Irán atraviesa uno de los momentos de mayor tensión interna desde la instauración del régimen de los ayatolás luego de la Revolución Islámica de 1979. Desde el 28 de diciembre, una ola de protestas se ha extendido en 31 provincias iraníes, desafiando no solo al gobierno sino a la propia estructura del poder político-religioso. Lo que se inició como una reacción al colapso económico ha derivado ahora en una crisis política, que ha desatado una represión cada vez más dura y advertencias del Estado persa que ya trascienden sus fronteras.
Tras dos semanas de movilizaciones, la organización Human Rights Activists News Agency (HRANA), que opera en Estados Unidos, estima haber confirmado la muerte de al menos 538 manifestantes. La cifra real, sin embargo, podría ser mayor debido al apagón de internet y de las comunicaciones impuesto por las autoridades desde el jueves 8 de enero. A ello se suman más de 2.600 detenidos, según otras agrupaciones de derechos humanos, en un contexto que dificulta la verificación independiente de lo que ocurre sobre el terreno.
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La represión oficial está encabezada por la Guardia Revolucionaria y las milicias Basij.
En el frente externo, Teherán ha optado por una escalada retórica. El presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Qalibaf, advirtió que Israel y las fuerzas de Estados Unidos serían “objetivos legítimos” si Washington decide intervenir en el país.
La reacción del Legislativo —leal al sistema teocrático de la República Islámica— se da después de las declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump, quien aseguró estar dispuesto a “ayudar” a los manifestantes. “Irán está mirando a la libertad como nunca antes”, aseguró el republicano en su red Truth Social.
Según el portal estadounidense Axios, Trump está considerando nuevas acciones militares contra Irán.
“Todas las opciones están sobre la mesa para el presidente Trump, pero ninguna decisión se ha hecho”, indicó a Axios un funcionario de la administración estadounidense, que agregó que el debate militar continuará esta semana.
Estas son las claves para entender lo que sucede:
El origen de las protestas
A diferencia de otros episodios de protesta interna, las actuales no se originaron en universidades ni en centros laborales, sino en los bazares, uno de los pilares sociales e históricos más conservadores de la República Islámica. El cierre del Gran Bazar de Teherán marcó un punto de quiebre: por primera vez en años, un sector tradicionalmente alineado con el sistema se convirtió en detonante de la movilización.
Ahora, se trata de la mayor ola de protestas desde el 2022, cuando la muerte de Mahsa Amini, de 22 años, bajo custodia de la policía religiosa, desató el movimiento “Mujer, vida, libertad”, con un fuerte componente identitario, generacional y de derechos civiles.
A diferencia de aquel estallido —protagonizado principalmente por jóvenes, mujeres y estudiantes—, las movilizaciones actuales nacen de un malestar económico profundo. Este atraviesa a sectores tradicionalmente conservadores y amplía la base social del descontento.
El trasfondo es una crisis económica asfixiante. El rial iraní se ha desplomado hasta cotizar por encima de 1,4 millones por dólar, pulverizando el poder adquisitivo, encareciendo productos básicos y haciendo inviables miles de pequeños negocios. Las sanciones internacionales, vinculadas en gran parte al programa nuclear iraní, han profundizado la escasez de divisas y limitado la capacidad del Estado para amortiguar el impacto social.
Ese deterioro se hizo tangible en las últimas semanas, cuando la inflación golpeó directamente a alimentos esenciales y el Gobierno decidió eliminar un mecanismo que permitía a ciertos importadores acceder a dólares a un tipo de cambio preferencial. La medida aceleró la subida de precios y empujó a muchos comerciantes a cerrar sus locales, una reacción excepcional entre los bazares.
El intento oficial de contener el malestar con transferencias directas de apenas unos pocos dólares mensuales —7 dólares al mes— fue percibido como insuficiente y terminó por confirmar que la crisis ya no se limita a lo económico, sino que se proyecta como un desafío político de mayor alcance.
Una grieta profunda
Para el internacionalista Francisco Tucci, el estallido de las protestas responde a un detonante doble. “Es tanto social como económico”, explica a El Comercio, y se inscribe en un proceso de desgaste progresivo del régimen iraní que se ha profundizado en los últimos años. A más de dos semanas del inicio de las movilizaciones, advierte que los jóvenes son las principales víctimas de la represión, en un contexto donde el control de la información dificulta dimensionar la magnitud real de la violencia. “Estamos ante un régimen teocrático con mucha censura, donde las informaciones no circulan con facilidad, por lo que cualquier pronóstico debe tomarse con pinzas”, señala.
Tucci sostiene que el núcleo del descontento es marcadamente generacional. “Es una protesta sobre todo de jóvenes que ya están hartos de un régimen teocrático en el que nacieron y crecieron”, afirma. A diferencia de generaciones anteriores, se trata de iraníes que no vivieron la Revolución Islámica de 1979 ni el periodo monárquico previo, y que cuestionan un sistema político que consideran ajeno a sus aspiraciones. Ese factor, subraya, “está jugando extremadamente en contra de la cúpula del poder”.
El también profesor de la UPC y de la PUCP recuerda que Irán funciona como una “democracia tutelar”, en la que los cargos religiosos se sitúan por encima de los políticos. “Es un esquema que hoy está mostrando grietas que no se veían desde hace años, y lo que estamos observando ahora es mucho más contundente que episodios anteriores”, apunta. En ese marco, no descarta escenarios de mayor tensión externa si la represión continúa. “Por ahora solo hay declaraciones, como las de Donald Trump, pero una intervención —incluso mediante bombardeos— es un escenario que podría darse si la violencia escala”, advierte.
Sin embargo, Tucci subraya que el régimen aún conserva pilares clave de control, especialmente a través de los Guardianes de la Revolución o también conocidos como Sepah. “No solo se trata de un aparato militar fuertemente ideologizado; los pasdaranes tienen tentáculos en la economía, la política y la sociedad”, explica. Ese dominio económico, añade, es un factor central que dificulta prever un colapso inmediato del sistema, pese a la gravedad de la crisis.
En ese sentido, el internacionalista llama a la cautela frente a los pronósticos sobre una eventual caída del régimen. “Esta es probablemente la grieta más profunda desde las protestas tras las elecciones de Ahmadinejad, una grieta que se hunde más, pero no es prudente afirmar que el régimen caerá mañana”, afirma.
A ello se suma la incertidumbre en torno a la salud del líder supremo, Ali Jamenei, y la capacidad de su eventual reemplazo para controlar a los pasdaranes. “Algunos dicen que tiene cáncer. La situación es crítica y muy compleja porque se tiene que ver quién va a sustituir al líder supremo, uno que tenga la capacidad de liderazgo, que pueda controlar los pasdaranes”, sostiene Tucci. Finalmente, el académico recuerda que el “descontento generacional sigue creciendo, lo que convierte a este desafío en uno de los más serios que ha enfrentado la República Islámica en décadas”.
Entrevista…
«Algún tipo de cambio va a tener que producirse en Irán»
Mayte Dongo Sueiro, internacionalista y profesora de la PUCP, analiza para El Comercio el trasfondo económico de las protestas en Irán, sus diferencias con el estallido de 2022 y los límites del régimen para contener una crisis que se ha extendido por casi todo el país.
¿En qué se diferencian estas protestas de las del 2022 tras la muerte de Mahsa Amini?
La diferencia central está en el detonante. En 2022, las protestas surgieron por la muerte de Mahsa Amini y estuvieron marcadas por un fuerte componente identitario y de derechos civiles, especialmente en torno a la situación de las mujeres. Hubo actos simbólicos muy claros, como la quema de hiyabs en espacios públicos.
Las protestas actuales, en cambio, tienen un origen económico. Ya existía un malestar previo entre los bazares y otros sectores de la población, pero la eliminación de un tipo de cambio preferencial para los importadores fue el punto de quiebre. Esa medida disparó los precios, provocó escasez de productos y generó una sensación de asfixia económica generalizada.
¿Ese origen económico las vuelve más difíciles de contener para el régimen?
Sí. No se trata solo de un grupo específico, sino de una crisis que afecta a amplios sectores de la sociedad iraní. La inflación es muy alta —alrededor del 40% anual— y los precios de productos básicos como la carne, el arroz o la gasolina siguen subiendo. Eso explica por qué las protestas se han extendido por casi todo el país.
¿Tiene el gobierno iraní herramientas reales para frenar esta crisis?
Muy pocas. Las sanciones siguen vigentes y, aunque China compra petróleo iraní, no interviene en asuntos políticos ni ofrece un respaldo estructural. Rusia ha cooperado en el ámbito militar, pero eso no se traduce en alivio económico interno. Las decisiones que está tomando el gobierno para enfrentar la crisis, como revisar periódicamente los precios de la gasolina, en realidad terminan presionando aún más a la población.
¿Ve posible una escalada mayor o incluso un colapso del régimen?
Es difícil hacer un pronóstico definitivo. Lo que sí parece evidente es que el escenario actual no es sostenible. El malestar económico, sumado a la represión y a las tensiones externas, está empujando al régimen a un punto límite. Algún tipo de cambio va a tener que producirse, aunque no necesariamente implique una caída inmediata del sistema.
Las declaraciones de Donald Trump, advirtiendo sobre una posible intervención si continúa la represión, abren otro frente de incertidumbre. Sin embargo, una intervención externa no garantiza una mejora para la población iraní. La experiencia de Irak demuestra que ese tipo de acciones puede agravar el sufrimiento civil.
¿Qué opina acerca de lo dicho por Trump?
Es extraño, considerando que en Irán ha muerto mucha gente y se han registrado graves violaciones de derechos humanos. Sin embargo, Estados Unidos también ha vivido protestas y ha registrado muertes, no en el mismo contexto que en la República Islámica, pero sí vinculadas a detenciones y a políticas migratorias o al accionar del ICE. Por eso resulta incoherente defender los derechos humanos en Irán —un objetivo completamente loable— cuando en Estados Unidos tampoco existe un respeto pleno. Desde mi punto de vista, es una postura contradictoria.
Entonces, ¿cómo describiría este momento que atraviesa Irán?
Es una crisis profunda y multidimensional. Hay un agotamiento económico, un desgaste político y un creciente descontento social frente a un régimen autoritario. Mientras no se resuelvan esas tensiones de fondo, especialmente las económicas, el conflicto seguirá latente y la población continuará pagando los costos.




