La lectura de “Todos los muertos de mi felicidad”, de Gabriel Rimachi Salier, nos mueve a formular algunas cuestiones. Se habla mucho de los narradores que apuestan por nuevos caminos que los alejen del imperante realismo, pero tal vez no se ha tratado lo suficiente a quienes intentan renovar las estructuras, motivos y temas de la vertiente realista sin escapar a sus influjos. Rimachi nos llama a tomarlo en cuenta desde ese ámbito.
La lectura de “Todos los muertos de mi felicidad”, de Gabriel Rimachi Salier, nos mueve a formular algunas cuestiones. Se habla mucho de los narradores que apuestan por nuevos caminos que los alejen del imperante realismo, pero tal vez no se ha tratado lo suficiente a quienes intentan renovar las estructuras, motivos y temas de la vertiente realista sin escapar a sus influjos. Rimachi nos llama a tomarlo en cuenta desde ese ámbito.
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Hablamos de un narrador de largo rodaje (sus primeros libros, “Despertares nocturnos” y “Como en el infierno” son de los primeros años de este siglo). En su etapa inicial se mostró como un creador de buenas ideas que usualmente no eran adecuadamente ejecutadas: los desbalances de su prosa, la impericia técnica y cierta adherencia al lugar común terminaban lastrando sus proyectos. Es a partir de “La casa de los vientos”, llamativa novela sobre las tribulaciones y excesos de un joven homosexual en la Lima contemporánea, que Rimachi pega el salto al adoptar una mirada menos esquemática y más dada a una sutileza tan enrarecida como eficaz.
Rimachi cree en la tradición de la que emerge. Pero no asume ese bagaje desde la epigonalidad ni desde la claudicación mimética. Sus métodos son otros. Por ejemplo: reconocerse vargasllosiano por las vías periféricas. Ello da pie a tres de los cuentos aquí reunidos, resueltos con diversa suerte. “Elogio de la sirvienta” quiere enseñarnos las trastiendas de “Elogio de la madrastra”, pero todo lo que en un inicio promete se pierde en la anécdota no muy ingeniosa. Sale mejor parado con “¿Quién mató a Palomino Molero?”, texto revisionista del clásico policial de Vargas Llosa, al que dota de un hálito espectral insólito. Pero el que destaca es “Monsieur Hernández”, derivación no confesada a las secciones periodísticas de “Conversación en La Catedral”, que pone al día la sordidez urbana y el declive moral retratados en aquellas páginas.
Otra reconstrucción del ideal realista comparece en “Manual del ingresante”, lo más logrado de este volumen y evidencia palmaria de la madurez de su autor. En él Rimachi despliega el candente vía crucis de un inmigrante venezolano obligado a aceptar un trabajo que se vuelve más degradante con el paso de los minutos y que lo conduce a una suerte de inmolación que va más allá de su circunstancia particular para proyectarse en los humillados y ofendidos de un armagedón laboral que solo pertenece a la Lima de hoy.
Y aunque hallamos cuentos de provecho como “La vergüenza de los ahorcados”, también nos topamos con algunos que no exceden una situación bien planteada pero de conclusión insuficiente (“Ciudad solitaria”) o la pretensión fantástica demasiado alambicada (“Paraísos artificiales”). No obstante, el balance de “Todos los muertos de mi felicidad” es positivo. Hay en este libro una voz sencilla, firme, capaz de elaborar algunos pasajes de una emocionalidad contenida que valen por sí mismos. Rimachi no es un narrador sofisticado. Tampoco necesita serlo: lo suyo funciona desde la visceralidad, la intuición y una fatalidad que nunca sabe cómo transformarse en rabia. Desde ese limbo intolerable escribe.
“Todos los muertos de mi felicidad”
Autor: Gabriel Rimachi Sialer
Editorial: Ciudad Librera
Año: 2026
Páginas: 102
Relación con el autor: conocidos












