Cada cinco años la imagen se repite. Un centenar de hombres provenientes de Áncash, Carhuaz, Ayacucho y diversos orígenes llegan a la Reserva Nacional Punta San Juan con picos y palas a trabajar en la extracción del guano. Es un lugar excepcional. La reserva es el hogar de millones de aves guaneras, las mismas que en el siglo XIX le dieron riqueza a nuestro país en la recordada era del guano. Ahora, este material es recogido con el fin de nutrir nuestras tierras agrícolas y exportarlo, pero también sirve de sustrato donde una importante colonia de pingüinos de Humboldt anida desde tiempos remotos. Esta es una especie en peligro, con una población que está disminuyendo y la Patrulla Pingüino busca protegerla.
Luego de la gripe aviar de 2023 y el Fenómeno de El Niño, la población de pingüinos de Humboldt en la Reserva Nacional Punta San Juan no se ha podido recuperar.
/ Ana Elisa Sotelo
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¿Quiénes son estos personajes que vigilan a los pingüinos desde lejos con sus binoculares? Se trata de hombres y mujeres voluntarios de distintas especialidades con una afinidad hacia la conservación y un tremendo amor por la naturaleza: “Trabajan durante la campaña de extracción de guano con un fuerte enfoque para que los pingüinos no se vean afectados por esta actividad de extracción”, explica la Dra. Susana Cárdenas Alayza, directora del Programa Punta San Juan.

La directora del Programa Punta San Juan, Susana Cárdenas, se unió hace dos décadas y ha sido testigo de muchos cambios en la vida del lugar.
/ Ana Elisa Sotelo
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La campaña de 2025 comenzó en mayo y terminó en diciembre. Durante los siete meses de trabajo, la patrulla estuvo conformada por cerca de 30 voluntarios con dedicación exclusiva. El compromiso mínimo de los participantes peruanos es permanecer un mes. “Aquí comes y duermes guano y pingüino”, advierte la directora. Participan profesionales —biólogos, veterinarios e ingenieros ambientales— de distintas regiones del Perú, así como voluntarios de Estados Unidos y Europa que trabajan en zoológicos y encuentran en este voluntariado una valiosa experiencia para su crecimiento profesional.
Para aislarlos, y con el apoyo de los trabajadores del guano, se ha levantado una barrera de al menos un kilómetro con sacos llenos de guano, ubicada a una distancia prudente, que separa la zona de extracción del tránsito de los pingüinos. A lo lejos, se monitorea su actividad reproductiva, sus desplazamientos, su comportamiento y la actividad humana que coexiste en el entorno.
Dos miembros de la Patrulla Pingüino vigilan desde lo alto de una loma a los pingüinos en su caminata diaria sobre la pampa.
/ Ana Elisa Sotelo
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Pero los pingüinos se desplazan fuera de la zona de nidos: recorren la península hacia el otro extremo y luego salen al mar en busca de alimento. Pasan el día en constante movimiento. Cuando el macho o la hembra sale a alimentarse, la ausencia puede durar varias horas, mientras su pareja permanece en tierra cuidando los huevos o al pichón. Se turnan, como toda pareja responsable. Mientras, la Patrulla Pingüino se ubica en puestos estratégicos para vigilar sus desplazamientos, escondidos y camuflados, lejos de la zona de nidos para no asustarlos. Si perciben presencia humana, podrían huir. “La patrulla tiene radios para comunicarse. Actúan como policías de tránsito para que los pingüinos siempre tengan el derecho de paso”, explica Cárdenas. Quienes extraen el guano también asumen este compromiso de cuidado. No ponen música, no gritan ni llevan comida, para no dejar rastros. “Durante el día, hay mucha coordinación. Queremos que las rutinas diarias de los pingüinos no se vean interrumpidas. Si se demoran o quedan atorados y la pareja tiene hambre, puede abandonar el nido”. Aquí, los pingüinos de Humboldt son los que mandan.
Los ojos vigías
Leticia Escobar, coordinadora de voluntarios de la Campaña de Guano, llegó al programa en 2016, cuando aún era estudiante de Veterinaria. Cuenta que, durante los patrullajes, los voluntarios alertan por radio sobre situaciones que podrían afectar a los pingüinos —como la alta velocidad de un camión— y que ella se encarga de comunicar estas incidencias. “Las actividades empezaban a las 5:30 a.m., porque los trabajadores iniciaban su jornada a esa hora. Nosotros acompañamos todo el proceso y nos ubicamos en puntos estratégicos de la reserva, como las lomas, para tener mayor visibilidad”, explica. Para Leticia, la reserva ocupa un lugar privilegiado. “Es importante cuidar este tipo de espacios para que las especies puedan volver y encuentren un refugio, un lugar donde criar y seguir regresando a poner sus huevos, como lo hicieron sus padres”. Agrega un dato curioso: “En el caso de los lobos marinos finos —también hay chuscos—, las hembras regresan a parir al lugar donde nacieron”.
Leticia Escobar, miembro de la Patrulla Pingüino, revisa las imágenes de las cámaras trampa dentro de la estación científica del Programa Punta San Juan.
/ Ana Elisa Sotelo
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El coordinador de campo asistente, Brayhan Cáceres, comparte algunas anécdotas sobre la admirable actitud de estas aves al proteger a sus crías. Recuerda, por ejemplo, un derrumbe en un acantilado que puso en peligro un nido: el pingüino que lo custodiaba permaneció inmóvil, estoico, sin abandonarlo. “Eso me hizo pensar en su valor”, dice Cáceres, quien se incorporó al Programa Punta San Juan en 2022 y conoce al detalle la rutina de los pingüinos. “Desde sus nidos, primero se dirigen al mar para ‘darse un baño’, se acicalan y luego salen a alimentarse. Su ruta diaria está muy marcada”. Por eso, junto a la patrulla, velan por mantenerla así.




