Arnold Wismann creció escuchando country antes de saber que eso tenía un nombre. En San Ramón, al borde del río y lejos de cualquier circuito musical, la música era lo que sonaba en casa: lo que cantaban el abuelo y el padre, lo que acompañaba cumpleaños y tardes largas. No había teoría, tampoco intención de carrera. Había repetición, oído y una forma de entender el mundo.
Durante años, esa música quedó ahí, como una marca silenciosa. Wismann se mudó, estudió comunicaciones, trabajó en marketing, aprendió a moverse en el mundo corporativo. Cantaba, sí, pero como quien no termina de asumirlo. El quiebre llegó tarde y sin anuncio: grabar una canción, luego otra, aceptar que esa forma de cantar —“más americana”, le dijeron— no era impostada sino aprendida.
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En el Perú, el country no es un género: es, en el mejor de los casos, una rareza. No hay industria, no hay radios, no hay circuito. Lo que existe aparece de forma intermitente, casi siempre en la selva central, donde la historia es distinta. “Así como hay una lengua materna, creo que también hay una música materna”, dice Wismann, como si esa idea bastara para explicar todo lo demás.
Lo que sigue es más bien una decisión. En 2024 dejó su trabajo corporativo, armó una empresa de cerveza artesanal para sostenerse y se dedicó a la música. No como salto al vacío —aunque lo parezca—, sino como ajuste de cuentas. “Sentía que me estaba marchitando”, dirá después, sin dramatismo. Ahora prepara un disco y se presentará en el Oxaranch Festival, en Oxapampa, el mismo territorio donde empezó todo.
En Oxapampa, el country no necesita explicación. Está en las fiestas, en las radios locales, en los festivales que aparecen y desaparecen sin demasiada lógica. Está también en la memoria de bandas como Kaoba, que durante años tocaron sin mayor visibilidad pero dejaron una huella. Wismann los escuchó de adolescente. “Me mostraron que en el Perú se podía hacer country”, recuerda.
Lo que no existe es la estructura. No hay difusión sostenida ni una escena articulada. Los festivales —como el recordado Oxapampa Country Fest— se apagan por falta de continuidad. “Hay tanto valor en lo que se hace, pero no se está comunicando”, insiste. Lo dice desde la experiencia: sabe de marketing, entiende cómo se posiciona un producto, pero también reconoce los límites de hacerlo casi en solitario.
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Su respuesta ha sido usar lo que tiene a la mano. Graba videoclips en Oxapampa, Pozuzo o Villa Rica no solo por estética, sino por insistencia. “Busco que mi región genere turismo”, dice, sin rodeos. Cada video funciona como una postal y como argumento: el country peruano no es una copia, es una mezcla. Un género atravesado por acordeones europeos, herencias familiares y paisaje amazónico.
Las canciones, en cambio, se escriben desde otro lugar. No hay pose ni épica impostada. “La manera como yo medito es escribiendo”, explica. Las historias salen de lo cercano: despedidas, cambios, momentos de incertidumbre. Ahí aparece, inevitable, el lugar común del country como música de vidas difíciles. Wismann no lo descarta, pero lo acomoda: no es el exceso, es la forma de decirlo.
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En ese equilibrio —entre lo íntimo y lo territorial— se mueve su propuesta. No hay certezas de industria ni de alcance. Hay, en cambio, una intuición sostenida. “Siento que las cosas van a ir bien”, dice. No como consigna, sino como quien ha decidido quedarse en un camino que, en el Perú, todavía se está inventando.




