En cuestión de minutos, la ola cubrió el muelle de Pimentel, arrastró embarcaciones enteras y se adentró más de 600 metros tierra adentro. Barrios completos quedaron anegados. Las calles Lima, Chiclayo, Torres Paz y Viña del Mar fueron engullidas. El Parque Principal de Eten se convirtió en una laguna. Las casas, muchas de estera y barro, simplemente desaparecieron.
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Al caos le siguió el éxodo. Más de 200 familias, presas del pánico, huyeron como pudieron hacia Chiclayo: en carros, camiones, bicicletas o a pie. Algunas acamparon en el Parque Elías Aguirre, otras fueron albergadas en colegios, clubes y locales de la Cruz Roja. Mientras tanto, en la caleta Santa Rosa, más de 50 lanchas pesqueras fueron destruidas como si fueran de papel, estrelladas entre sí por la violencia del mar.
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La cifra del desastre
Al día siguiente, el lunes 21, loportes hablaban de al menos dos muertos confirmados, nueve desaparecidos y daños materiales que superaban los diez millones de soles. El niño Juan Cepeda Baldera, de apenas 12 años, fue arrastrado por el mar en Pimentel. En San José, los pescadores Diego Echeandía, Sigifredo Curo, Enrique Teque y Francisco Puertas no regresaron. Tampoco lo hicieron cuatro pescadores más, ni el remolcador de altamar desaparecido.
El muelle de Eten fue partido por la mitad. Al menos sesenta viviendas quedaron reducidas a escombros. La gente durmió en la pampa o se marchó a Reque, con el miedo a cuestas y la esperanza intacta.
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El mar fue advertido
Pero no todos fueron tomados por sorpresa. En las zonas de San José y Santa Rosa, donde aún se navegaba en caballitos de totora, los pescadores, expertos en leer los caprichos del mar, intuyeron el peligro.
“Vimos cómo las aves desaparecían, cómo las olas se entrecruzaban raro. Y ese ruido, ese maldito zumbido que venía de lejos…”, relató Augusto Fiestas, un pescador curtido. Ellos, como si respondieran a un llamado ancestral, se alejaron de la orilla antes de que la tragedia tomara forma.
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Procesiones, silencio y una plegaria
Esa misma noche, en Eten y Pimentel se organizaron procesiones improvisadas. Las imágenes de los templos salieron a las calles inundadas, llevadas por manos temblorosas. No hubo rezos en voz alta. Solo miradas al cielo y suspiros que suplicaban: ¡Que no vuelva¡ Solo eso.
El Ejército y la Guardia Civil patrullaron las zonas afectadas. La Cruz Roja repartió víveres y ropa. Y desde Japón y California (EE.UU.) los sismógrafos confirmaban lo que ya sabíamos: el movimiento había sido fuerte, su origen estaba cerca del Perú y la escala de Richter marcaba seis grados.
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Epílogo de agua y sal
Las autoridades dudaron en llamarlo “maremoto”. El Ministerio de Marina habló de “fuertes olas debido a la braveza del mar”. Pero los que vivieron esa tarde en carne propia no necesitaban tecnicismos. Ellos sabían lo que vieron. Lo que sintieron. Y lo que perdieron.




