Hemos carecido de proyectos sólidos y coherentes, y hemos estado a la deriva por dos siglos en el mar de la provisionalidad. Los políticos tradicionales han inaugurado el siglo XXI con más improvisación, han continuado levantando un Estado de cartón para beneficio de sus mezquinos intereses. Por ello en el Perú no se fomenta, por ejemplo, la carrera pública, no se elimina la provisionalidad de jueces y fiscales, ni se impulsa una Escuela de la Magistratura, ni se diseña tampoco una política penitenciaria.
Ahora un código de supervivencia de los partidos políticos tradicionales los lleva a pactos contra el sentido común, como los que vemos en el Congreso, el interés de los políticos predomina sobre los intereses de 33 millones de peruanos.
Estas no son palabras rebuscadas, teoría de académico presuntuoso, sino un paisaje de hechos que el ciudadano común y corriente puede ver en la calle y en su vida diaria todos los días de Dios. No hay Estado cuando este no puede proteger los derechos ciudadanos, garantizar servicios básicos como la salud, la educación, la justicia y la infraestructura. Con esa ausencia del Estado no hay posibilidad alguna de promover el bienestar general mediante el desarrollo integral de la Nación.




