Las elecciones de 2026 se acercan en un contexto que ya conocemos demasiado bien: fragmentación política, desconfianza y una oferta electoral amplia, pero poco estructurada. Frente a esto, la tentación natural es concentrarse en el candidato presidencial. Es un error. El problema del Perú reciente no ha sido solo quién llega al poder, sino la incapacidad de gobernar una vez ahí.
Hoy, votar responsablemente implica mirar más allá de quien lidera la campaña. Implica evaluar al partido y su capacidad para formar equipos, convocar personas probas y técnicamente sólidas, y —sobre todo— construir consensos. Porque en el Perú actual, sin acuerdos, no hay gobierno posible.
La evidencia reciente es contundente. En los últimos cinco años, el país ha tenido más de diez ministros de Economía, cerca de quince en Interior y una rotación similar en Salud. Tres carteras clave para la estabilidad, la seguridad y el bienestar de los ciudadanos. Tres sectores donde la continuidad es indispensable. Y, sin embargo, hemos tenido cambios constantes, muchas veces sin transición, sin rumbo y sin resultados. Gente poco preparada para el reto tan grande. Así no se construye política pública. Así no se gobierna.
La consecuencia es clara. Sin estabilidad ministerial no hay ejecución eficiente, no hay reformas sostenidas y no hay aprendizaje institucional. Piensa en la empresa donde trabajas o el negocio que lideras. Imagínalo cambiando de gerente general cada seis meses, ¿ves los resultados? Cada cambio reinicia el proceso. Cada salida interrumpe decisiones. Cada nombramiento improvisado aumenta la incertidumbre. El resultado final lo conocemos: servicios públicos deficientes, inseguridad persistente y un Estado que no logra responder a las necesidades básicas de la población.
Por eso, el verdadero criterio de voto debería ser otro. No quién promete más, sino quién puede sostener un gobierno. No quién polariza mejor, sino quién puede articular. No quién gana la elección, sino quién puede gobernar después en servicio del ciudadano.
El próximo presidente necesitará, inevitablemente, construir alianzas. Ningún partido, en el escenario actual, tendrá mayoría suficiente para gobernar solo. La capacidad de dialogar, ceder y generar acuerdos no es una debilidad política, es una condición mínima de gobernabilidad. Sin eso, repetiremos el ciclo de confrontación, parálisis y crisis permanente.
También es momento de asumir una responsabilidad incómoda. Como ciudadanos, no hemos elegido bien en los últimos procesos. Hemos priorizado el corto plazo, el rechazo o la emoción por encima de la capacidad real de gobierno. Los resultados están a la vista. Sin políticas de Estado, sin estabilidad y sin una mirada de largo plazo, el principal perjudicado no es el político: somos todos los peruanos. Somos nosotros.
El voto no es solo un derecho, es una decisión con consecuencias. Elegir mejor no garantiza el éxito, pero seguir eligiendo mal garantiza el fracaso.




