sábado, julio 25

Karen Zárate Montenegro aprendió durante años a mirar el mundo a través de un visor. Como fotógrafa de El Comercio, recorrió pasillos del Congreso, coberturas políticas, entrevistas y acontecimientos que exigían paciencia, intuición y la capacidad de detectar ese instante preciso en el que una historia se revela. Trabajó en Perú 21 desde sus primeros días, colaboró con Somos, pasó por la revista Eva y luego integró durante años el equipo de fotógrafos de esta casa editora. Su oficio consistía en observar a los demás. Lo que no imaginaba entonces era que, décadas después, esa misma capacidad de observación sería la herramienta más valiosa para descubrir algo mucho más difícil de enfocar: sus propios miedos.

Karen Zárate Montenegro aprendió durante años a mirar el mundo a través de un visor. Como fotógrafa de El Comercio, recorrió pasillos del Congreso, coberturas políticas, entrevistas y acontecimientos que exigían paciencia, intuición y la capacidad de detectar ese instante preciso en el que una historia se revela. Trabajó en Perú 21 desde sus primeros días, colaboró con Somos, pasó por la revista Eva y luego integró durante años el equipo de fotógrafos de esta casa editora. Su oficio consistía en observar a los demás. Lo que no imaginaba entonces era que, décadas después, esa misma capacidad de observación sería la herramienta más valiosa para descubrir algo mucho más difícil de enfocar: sus propios miedos.

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A los 46 años, Karen ganó en mayo pasado la medalla de bronce en el Pan American Taekwondo Championships 2026, disputado en Río de Janeiro. El logro tiene un valor especial no solo porque la coloca entre las mejores del continente en su categoría, sino porque representa el punto más alto de una historia que comenzó tarde, casi por casualidad y sin ninguna garantía de éxito. “Empecé haciendo taekwondo a los 34 años”, cuenta. “Mi mamá me recomendó ir al Campo de Marte a patear. Fui, me gustó y luego empecé a buscar academias”. Lo que parecía una actividad recreativa terminó convirtiéndose en una pasión capaz de reorganizar por completo su rutina, sus prioridades y su manera de entender el deporte.

Durante mucho tiempo, Karen creyó en una idea que suele paralizar a muchas personas antes siquiera de intentarlo: que para dedicarse a algo era indispensable tener talento. Si no existía una facilidad natural, pensaba, el esfuerzo no sería suficiente. Esa convicción la acompañó durante años, hasta que el taekwondo le enseñó una lección distinta. “Lo primero que le diría a cualquiera es que no espere tener talento para hacer algo. Si algo te gusta, hazlo. A veces pensar demasiado en los resultados evita que uno dé el primer paso”, reflexiona. Su propia historia es la mejor prueba. Lo que comenzó por el simple gusto de acompañar a su madre terminó llevándola a representar al Perú en un campeonato continental.

El camino, sin embargo, estuvo lejos de ser sencillo. Karen intentó ingresar a la Federación Peruana de Taekwondo en varias ocasiones antes de conseguirlo. “Postulé tres o cuatro veces y nunca me rendí porque era lo que quería”, recuerda. Entre lesiones, pausas obligadas y la pandemia, hubo momentos en los que el avance pareció detenerse. Pero siempre regresó al tatami con la misma convicción. Desde 2022 retomó los entrenamientos con mayor intensidad y encontró en Panda Do, su academia de base, una casa deportiva que la acogió y la impulsó a seguir creciendo.

La medalla conseguida en Río tiene detrás muchas horas de trabajo físico. Karen entrena con una disciplina que desmiente cualquier prejuicio sobre la edad. Puede pasar hasta cuatro horas perfeccionando movimientos y pateando una y otra vez para corregir detalles técnicos. También incorporó clases de calistenia para ganar fuerza sin generar contracturas musculares. Sin embargo, ella sabe que la diferencia no estuvo únicamente en el cuerpo. La verdadera transformación ocurrió en otro lugar menos visible.

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“Todos entrenamos duro, pero nos olvidamos de entrenar la mente”, dice con la certeza de quien acaba de comprobarlo. En competencias anteriores, los nervios la traicionaban. Podía llegar con una preparación impecable, pero al momento decisivo sentía que la ansiedad bloqueaba todo lo aprendido. “Antes no podía demostrar lo que había mejorado porque la mente no me lo permitía”. Un error mínimo bastaba para que se rindiera internamente. La técnica estaba ahí; lo que faltaba era serenidad.

La experiencia del Panamericano de 2024 fue decisiva. En aquella edición quedó en el cuarto lugar, muy cerca del podio, pero con la sensación de que todavía no había logrado competir con libertad. A partir de entonces decidió trabajar en silencio sobre su fortaleza mental. No recurrió a un psicólogo ni a un coach. Prefirió encontrar su propia forma de concentrarse y liberarse del peso de las expectativas. “Lo que hice fue despojarme de la idea de ganar o perder. Me repetía que si me descalificaban en la primera ronda no pasaba nada”.

En Río de Janeiro descubrió una versión distinta de sí misma. Cuando le tocó enfrentar a la representante de Estados Unidos, que terminaría quedándose con la medalla de oro, Karen no sintió la presión de otras veces. “No estaba pensando en ganarle, sino en lo que tenía que hacer”. Repasó mentalmente cada poomsae, cada detalle técnico, y se mantuvo concentrada en el presente. El resultado fue inmediato: alcanzó un puntaje de 8.3, muy superior al 7.4 que solía obtener en torneos anteriores. La medalla de bronce fue la consecuencia visible de un triunfo mucho más profundo. “No gané el oro, pero logré lo más difícil: estar tranquila y lúcida en el tatami”.

Hay algo en esta conquista que dialoga con su pasado como fotógrafa. Durante años, Karen entrenó el ojo para detectar gestos sutiles y momentos decisivos. En la cobertura política, por ejemplo, debía observar silenciosamente quién evitaba una mirada, qué expresión revelaba tensión o dónde estaba la imagen que resumía toda una historia. En el taekwondo, esa misma capacidad de observación terminó dirigida hacia adentro. “Esta vez hice una autoobservación interna”, explica.

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En septiembre se disputará el Mundial de Taekwondo en Corea del Sur y Karen espera estar allí representando al Perú. La categoría máster no recibe apoyo económico, por lo que deberá buscar auspiciadores y asumir, como tantas otras veces, gran parte de los gastos con sus propios recursos. Pero hoy afronta ese desafío con una seguridad distinta. “Voy más segura”, asegura. Eso sí, cualquier empresa que desee apoyar a nuestra deportista, puede escribirle a su Instagram.

Su historia demuestra que nunca es demasiado tarde para descubrir una pasión ni para perseguir un sueño. Karen Zárate empezó a practicar taekwondo cuando muchos creen que ciertas metas ya quedaron atrás. Doce años después, subió al podio continental con la bandera peruana sobre los hombros. Y quizás su enseñanza más valiosa no tenga que ver con una medalla, sino con la decisión de intentarlo sin esperar garantías. Lo que comenzó con una cámara en las manos y una invitación de su madre a ir al parque terminó convirtiéndose en una lección poderosa: el talento ayuda, pero la perseverancia y la claridad mental pueden llevar mucho más lejos de lo que uno imagina.

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