Aquel Señor Barriga bondadoso y paciente, que llegaba a la vecindad a cobrar la renta y terminaba recibiendo golpes, bromas y apodos sobre su peso, tenía detrás a un actor que conocía muy bien lo que esas palabras podían doler. En la pantalla, las caídas provocaban carcajadas. En la vida real, las burlas dejaron marcas. Édgar Vivar, el hombre que durante décadas cargó con uno de los personajes más queridos de “El Chavo del 8”, también tuvo que cargar desde niño con el peso de la obesidad y del bullying.
“Cuando yo era niño, la moneda de cambio era ser objeto de burlas muy crueles. Los niños pueden ser crueles en sus comentarios, precisamente por la inconsciencia. Cuando uno es físicamente diferente, eso lastima, marca. A mí me marcó. En ese entonces no tenía más que dos opciones: tolerarlo todo o no tolerar nada. Se te hace la piel muy dura frente a los comentarios ofensivos, que no voy a repetir. Pero cuando llegaba la agresión física, tenía que marcar un límite. Algunas veces tuve que llegar a los golpes, lo confieso. Y también me llegaron a golpear”, reconoce.
Con los años, ese cuerpo que tantas veces fue señalado en la infancia también se volvió parte de su imagen pública. Vivar llegó a pesar 169 kilos. En la televisión, sin embargo, dice que no sintió la misma discriminación que había vivido de niño. Al contrario, recuerda una frase que lo ayudó a mirar su carrera desde otro lugar.
“No sé si fue Roberto [Gómez Bolaños] quien me lo dijo, pero me tengo que referir a él porque es algo que yo inconscientemente asumía: gordos había muchos en el medio, pero gente con talento escaseaba más. Él me dijo: ‘Si yo te tengo a ti es por buen actor, no por gordo’. Eso me halagó”, cuenta.
Esa mirada le permitió entender que su lugar en la televisión no dependía únicamente de su apariencia física, aunque reconoce que buena parte de la comicidad de otra época sí se apoyaba en las diferencias corporales. El muy flaco, el muy bajo, el de lentes gruesos, el de bigotes extraños o el de cuerpo grande podían convertirse fácilmente en blanco de bromas.
“Eran los usos y costumbres de hace 40 o 50 años”, dice. “La sociedad es un poquito caníbal en ese sentido. Hoy esas burlas son menos toleradas públicamente, aunque no han desaparecido. La diferencia, quizá, es que ahora hay una conciencia más clara sobre el daño que pueden causar”.
Para él, hablar de obesidad no es solo hablar de peso, sino de salud, heridas emocionales y decisiones de vida como la de someterse a un bypass gástrico, una intervención que, asegura, le cambió la vida.
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“El costo-beneficio ha sido mucho más beneficio que costo. Ahora me lleno muy rápido y hay alimentos que ya no tolero como antes. Pero eso no me quitó el placer de comer. Ahora disfruto más la comida porque puedo diferenciar entre lo que es hambre y apetito”, reflexiona.
Esa relación con la comida, con el cuerpo y con sus propias heridas también modificó su manera de entender la salud. Para Édgar Vivar, la palabra ya no se reduce a un diagnóstico ni a un resultado médico. Hoy la define como una forma de responsabilidad personal.
“La salud es el compromiso con uno mismo de invertir para poder estar mejor como persona, como individuo, como parte de una sociedad y de una familia. Si uno invierte primero en uno mismo, va a rendir como persona y como familia. Y al mismo tiempo refrenda el cariño que se debe tener primero a sí mismo”, dice.
En su caso, reconoce que durante años se descuidó porque había emociones que no había resuelto. La comida, admite, fue una manera de cubrir aquello que dolía por dentro. “Tenía problemas emocionales que trataba de cubrir a través de la comida. En años de terapia y de un proceso de sanación, una cosa lleva a la otra: una sanación mental lleva a una sanación del cuerpo”, señala.
Hoy, a los 77 años, dice sentirse orgulloso de sus avances. Asegura que sus niveles de colesterol, presión arterial y otros parámetros médicos se encuentran bien. Sin embargo, hay un problema en la columna que lo obligará a someterse a una cirugía el próximo año. La operación lo mantendrá ocho meses lejos del trabajo, algo que para él no será fácil.
“Tengo miedo porque tengo cinco stents en las arterias coronarias y un filtro en la vena cava inferior. La operación ofrece un riesgo no muy alto, pero sí considerable por la edad y demás. De eso soy consciente”, explica.
Antes de entrar a la sala de operaciones, su agenda seguirá en movimiento. Entre sus próximos compromisos está su regreso al Perú para reencontrarse con el público en el Circo de la Chola Chabuca, donde esta temporada se presentará “El principito”. Será su tercera participación en el circo de Ernesto Pimentel.
“Estoy muy feliz de regresar. Para mí es refrendar el encanto que Perú tiene en mi corazón. Es un país al que conozco muy bien, he tenido la enorme fortuna de recorrerlo en gran parte y siempre lo digo: Perú no deja de sorprenderme”, cuenta.
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Pero esta vez el regreso tiene también un valor simbólico. Vivar no llega únicamente como el actor detrás de personajes entrañables, sino como parte de una memoria compartida por varias generaciones. El circo, con su vocación familiar, parece un territorio natural para alguien que hizo de la risa una forma de encuentro.
Ese vínculo con el público convive con una decisión que marcó su carrera: no quedarse atrapado para siempre en Ñoño o en el Señor Barriga, aunque ambos sigan siendo parte inseparable de su historia. Vivar eligió buscar otros caminos, asumir otros personajes y convencer de nuevo a productores y públicos de que detrás de esas figuras queridas había un actor dispuesto a empezar otra vez.
“Perdí una parte muy importante, que era la ventaja de estar en una zona de confort, donde ya no tienes que preocuparte por conquistar a un público porque tienes todo el antecedente de la televisión”, reconoce. Pero esa pérdida, dice, fue relativa. Al otro lado encontró algo más valioso: confianza.
Esa confianza también nació de los años compartidos con Roberto Gómez Bolaños, un nombre que vuelve inevitablemente a la conversación cuando Vivar habla de su carrera. Lo conoció de cerca, trabajó con él durante años y también ha visto cómo, con el paso del tiempo, su figura ha sido contada, revisada y discutida desde distintos lugares.
Para él, la mayor verdad sobre Chespirito no está en la idea del genio inalcanzable, sino en algo más humano.
“Como todos los seres humanos, tenía un aspecto luminoso y otro que no lo era tanto. Era un hombre muy inteligente que supo hacer lo que hacía y lo hizo muy bien. Sabía escuchar y, a pesar de su enorme bagaje cultural, no era una persona arrogante. No trataba de imponerse demostrando que sabía mucho. Eso habla de un alma humilde. Roberto fue un hombre muy humilde”.
También destaca su ingenio, sobre todo en los primeros años de “El Chavo del 8”, cuando el programa todavía empezaba a construir el lenguaje que después viajaría por México, Centroamérica, Sudamérica y otros lugares del mundo. Con el tiempo, reconoce, la fórmula pudo volverse reiterativa, pero el fenómeno ya había quedado instalado en la memoria popular.
Esa memoria colectiva, convertida ya en patrimonio afectivo de varias generaciones, volvió a él con fuerza cuando participó como asesor en la bioserie sobre Chespirito. Vivar aclara que la producción no busca imponerse como una verdad absoluta sobre Roberto Gómez Bolaños, sino como una ficción inspirada en hechos reales y narrada desde la mirada de sus hijos.
Aun así, enfrentarse de nuevo a ese universo lo removió. No fue durante la grabación de su propia escena, sino al llegar al estudio y encontrarse con la réplica de la vecindad. Ver nuevamente ese espacio, y luego al actor caracterizado como Roberto Gómez Bolaños, lo sacudió. “Fue muy impactante. Me sacudió, de veras me sacudió”, recuerda. Se sentó, dice, porque algo dentro de él se removió.
Si pudiera sentarse una hora más con Roberto, asegura que no habría grandes cuentas pendientes. Su amistad funcionaba de otra manera. No necesitaba una frecuencia constante para mantenerse viva.
“Era como poner pausa a una música y luego regresar, quitar la pausa y continuar exactamente donde se había quedado”, dice. Hablaban de biografías, de personajes históricos, de vidas célebres marcadas por aciertos, omisiones y errores. También de acertijos y juegos de palabras.
Édgar Vivar ha vivido entre personajes enormes, burlas que marcaron, escenarios que lo reinventaron y afectos que todavía lo esperan. No reniega del Señor Barriga ni de Ñoño; los lleva consigo, pero no se queda encerrado en ellos. A los 77 años, antes de una cirugía que lo obligará a detenerse, sigue viajando, trabajando y buscando nuevas formas de encontrarse con el público.
Una de esas paradas será Lima. Volverá al Perú con el circo de Ernesto Pimentel, con “El principito”, con la memoria de generaciones que crecieron viéndolo en pantalla y con una gratitud que no intenta adornar demasiado. “Ojalá hubiera una palabra mucho mejor que gracias”, dice. Luego encuentra una frase simple, pero suficiente: “El Perú está en mi corazón”.
El dato
“Un principito en el Circo de la Chola Chabuca” se presentará desde el 16 de julio, en Plaza Norte. Las entradas están a la venta en Teleticket.














