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Al mar lo veía como una frontera: una distancia que se mira desde la orilla y no se cruza. Javier Márquez, director de “Olaya, la película”, le tenía miedo, hasta que en el 2020 —por curiosidad y por amor— acompañó a su enamorada en la ruta de Chorrillos a La Punta. Subió a un bote y, en un impulso que todavía lo sorprende, se lanzó al agua. “Me lancé y me quedé impactado con la ruta: son 23 kilómetros. Y dije: ‘Como nadador quiero intentarlo’”.
Al mar lo veía como una frontera: una distancia que se mira desde la orilla y no se cruza. Javier Márquez, director de “Olaya, la película”, le tenía miedo, hasta que en el 2020 —por curiosidad y por amor— acompañó a su enamorada en la ruta de Chorrillos a La Punta. Subió a un bote y, en un impulso que todavía lo sorprende, se lanzó al agua. “Me lancé y me quedé impactado con la ruta: son 23 kilómetros. Y dije: ‘Como nadador quiero intentarlo’”.
Dos años después lo hizo. Nadó la travesía completa: seis horas de brazadas contra el oleaje y el cansancio. “Desde el colegio era nadador competitivo, pero de piscina, distancias cortas. Para mí fue superar un miedo… y meterme en la piel del personaje”, cuenta. Esa ruta —la misma que José Olaya recorrió en pleno conflicto— no es solo un desafío físico: cambia la percepción del cuerpo y del país. Al salir del mar, Márquez decidió hacer una película.
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Así empezó “Olaya”. En la investigación descubrió que antes de José, era su padre el mensajero secreto entre los patriotas de Lima y Callao. Cuando ya no pudo, el hijo tomó el relevo. “Ahí vi un símil con el presente. Cómo nosotros asumimos ese manto, ese legado, esa responsabilidad”, dice.
Detrás de esa obsesión hubo también un impulso personal. Márquez empujó la historia como homenaje a su padre, que atravesaba una lucha contra el cáncer. Quiso contársela a él primero, por eso la versión inicial fue un cortometraje. “En el 2023 hice el corto para mi padre”, recuerda.
Hoy, tras varios años de trabajo, esa historia crece y se convierte en largometraje. Márquez quiere que “Olaya” sea más que entretenimiento: cultura, memoria y también una herramienta educativa. “Estados Unidos tiene a Capitán América, que es ficticio. Nosotros tenemos a un superhéroe real… y viene de la humildad, de ser pescador”, destaca el realizador.
«Olaya, la película» tiene a Aníbal Lozano como protagonista y a Javier Márquez como director. (Foto: Gerardo Marín / El Comercio)
/ Gerardo Marin
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Interpretar a José Olaya implicaba, desde el inicio, un vacío. No hay registros claros, no hay voz grabada, ni un retrato definitivo al que aferrarse. Aníbal Lozano, el actor que da vida al héroe peruana aclara que la poca información que existía se perdió con su captura y asesinato, y en 1823 los registros eran escasos. Incluso la imagen que el Perú conserva —esas láminas escolares y pinturas— son interpretaciones posteriores.
“Visualmente, lo que tenemos en la memoria son pinturas de pintores que vinieron después”, explica.
Detrás de cámaras de «Olaya, la película», con Aníbal Lozano en el rol principal. (Foto: Mateo Gamero)
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La construcción, del personaje fue una mezcla de investigación y apuesta narrativa. Lozano se empapó de hipótesis de historiadores —edad, familia, hijos, detalles posibles— y, con Márquez, tomó decisiones para que ese héroe no se quedara como estatua.
“Lo que hemos hecho es informarnos y construir en base también a lo que se acerque más a hacer algo interesante para la ficción”, dice. La clave era completar los silencios con humanidad.
Detrás de cámaras de «Olaya, la película», con Aníbal Lozano en el rol principal. (Foto: Mateo Gamero)
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Pero si el personaje tiene vacíos históricos, el rodaje fue lo contrario: pura realidad. “Físicamente ha sido un trabajo muy arduo para mí”, confiesa. En diciembre grabaron toda la etapa acuática —mar abierto y piscina, incluso tomas submarinas—: dos días en el mar, doce horas de rodaje cada jornada.
Aníbal Lozano da vida a José Olaya, mártir y héroe popular. Este humilde pescador fue mensajero secreto entre patriotas de Lima y el Callao. (Foto: Gerardo Marín / El Comercio)
/ Gerardo Marin
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“No te voy a mentir, terminé muy cansado, y sobre todo por el frío. Ha sido extremo”. Había apoyo de la Marina y botes cerca, lo que reducía el riesgo, pero no el desgaste. “Hubo momentos en que el cuerpo y los labios me temblaban… y eso mentalmente también te condiciona, me preocupaba mi salud”, cuenta.
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La preparación empezó mucho antes. Olaya, como pescador, debía verse recio, fuerte. “Yo soy delgado, pero para el personaje tenía que estar físicamente más fuerte”, dice. Entrenó casi un año en el gimnasio y cardio. Aun así, lo más decisivo no fue el músculo, sino la cabeza. “Mentalmente fue básico”, insiste.
Mar adentro, con el frío clavándose en la piel, no había espacio para flaquear. “Yo sabía que no podía fallar. Veía al equipo de producción mareado, algunas personas vomitando por la marea, y entendía que todos estaban sosteniendo el mismo riesgo”, asiente.
Detrás de cámaras de «Olaya, la película», con Aníbal Lozano en el rol principal. (Foto: Mateo Gamero)
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Ese nivel de exigencia física, curiosamente, fue también el puente emocional. Lozano trabaja desde su vulnerabilidad. “Ahondo mucho en mis demonios internos”, dice, y reconoce que un personaje como Olaya —expuesto al riesgo, a la tortura, a la pérdida— le ofrece un territorio intenso para explorar.
“Vivió circunstancias tan extremas… arriesgó su vida muchas veces por amor a la familia, a la patria, a la libertad. Es un personaje muy completo y retador”.




