domingo, marzo 8

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Un buen ejemplo de las estrecheces impuestas por un corsé en el cuerpo de las mujeres lo ofrecen las páginas iniciales de “La casa de los espíritus”, cuando en misa a Nívea del Valle se le rompe la ballena de su corsé y la punta se le clava entre las costillas. “Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada que, cuando se soltaba la faja, pasaba media hora con retortijones de barriga hasta que las tripas se le acomodaban en su posición normal”, escribía Isabel Allende en su exitosa primera novela.

Un buen ejemplo de las estrecheces impuestas por un corsé en el cuerpo de las mujeres lo ofrecen las páginas iniciales de “La casa de los espíritus”, cuando en misa a Nívea del Valle se le rompe la ballena de su corsé y la punta se le clava entre las costillas. “Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada que, cuando se soltaba la faja, pasaba media hora con retortijones de barriga hasta que las tripas se le acomodaban en su posición normal”, escribía Isabel Allende en su exitosa primera novela.

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¿Cuán importante es la moda femenina de época para reflejar la rigidez de las convenciones sociales y la opresión que sentían las mujeres de la época? Justamente esta pregunta se la formulamos a la escritora chilena para fines de este artículo. “Es muy importante”, nos dice. “Escribir sobre la moda de las mujeres es muy importante. Para poder describir una época, tengo que pensar mucho en la cocina y, por supuesto, en cómo se viste la gente. Y hubo una época en que la cintura de las mujeres era así: exagerado en lo de arriba y en lo de abajo para darles una forma de reloj de arena.

Grabado de 1884 que ilustra una línea de montaje en una fábrica de corsés, con las piezas a coser a máquina.

Grabado de 1884 que ilustra una línea de montaje en una fábrica de corsés, con las piezas a coser a máquina.

/ Bettmann

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Entonces, al momento de escribir, yo debía pensar qué iba debajo de eso, qué tenía que pasar para que las mujeres lucieran una cintura así. Y descubrí que, generalmente, no comían. ¡Eran superflacas! Además, las mujeres de entonces se ponían esos vestidos de moda solo por un rato. En casa debían sacárselos, porque no podían respirar con ellos. ¡Las mujeres se desmayaban a cada rato porque tenían hambre y porque no podían respirar!”, nos dice la escritora al otro lado del teléfono.

Ya en 1887, la escritora Clorinda Matto de Turner en las páginas de “El Perú Ilustrado”, denunciaba los dañinos efectos que sobre la salud femenina ejercía aquella prenda. “Difícilmente puede explicarse el cariño que la mujer ha llegado a tener por este mueble formado de las barbas de una fiera acuática como es la ballena. Más difícil todavía es encontrar el nombre de la inventora del corsé, al que vemos aprisionando el talle de la Pompadour, la Vallière y la Montespan, en la época del rey más mujeriego que tuvo Francia, Luis XV”. En su artículo, la autora cusqueña protestaba contra “aquella modificación que la mujer de este siglo ha introducido en el corpiño, convirtiéndolo en instrumento de martirio”, escribía entonces.

Detalle de un catálogo de corsés, parte de la colección del Museo de Artes Decorativas de París, de fines del siglo XIX.

/ Heritage Images

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Para darle respaldo científico a su denuncia, Matto habla de estudios ginecológicos en Alemania, que encontraban relación entre un hígado cruelmente torturado por el ajuste del corsé y el mal aliento. “La compresión dada a la cintura estanca la bilis y degenera las funciones anexas a la circulación de la sangre”, señala. “Cuando veo una muchacha bien empaquetada en el teatro, en el paseo o en el baile, pienso seriamente sobre si embalsama o no embalsama la atmósfera”, añade la escritora tras postular al corsé como la causa de la halitosis.

Y no se trataba solo de malos olores. A inicios de siglo pasado, algunos profesionales médicos creían que los corsés causaban, a la larga, infertilidad, tuberculosis y neumonía. En Europa había iniciado entonces una “cruzada higiénica” en contra de esta prenda, así como de las corseteras que los fabricaban y las modistas empeñadas en mantener sus modelos más restrictivos. Así, en la edición de El Comercio del 11 de julio de 1909, nuestro corresponsal desde París da cuenta del llamado “affaire del corsé”, contando las conversaciones de un médico miembro de la Liga contra la Deformación del Cuerpo con actrices de un gran teatro parisiense, con la intención de advertirles de los requiebres en la salud a causa de esta ropa interior. Muchas damas de talles sutiles sabían de estos riesgos, pero pensaban que solo se producían en aquellas mujeres cuya silueta no fuera tan afilada como la propia. “Sin embargo, si hemos de creer a los especialistas, no hay una sola mujer que no deba al funesto instrumento de tortura alguna enfermedad”, apuntaba el redactor.

Corsés en el escaparate de una tienda de corsetería del Boulevard de Strasbourg en París, 1926.

/ adoc-photos

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Por supuesto, romantizar los rigores a los que tales prendas sometían al cuerpo de las limeñas era algo que los poetas de la época cultivaban con aplicados versos. El poeta Ismael Enrique Arciniegas, en las páginas de “El Perú Ilustrado” en 1887, dedica estas líneas a una musa: “Quién fuera su corsé de blanco raso para saber si late aún su corazón ingrato”. Y en otro párrafo, el poeta describe lo que entonces era el ideal de belleza al que aspiraban las mujeres contenidas por el inmisericorde polizón: “Pensé entonces en las frentes pálidas y en los risueños labios, en los azules ojos y en los cabellos áureos, en las cinturas breves y en los ebúrneos brazos y en el velo flotante de las novias y de las niñas en los sueños castos, en las vírgenes carnes sonrosadas y en las púdicas manos de alabastro”. Queda claro que, para el poeta limeño, el corsé era la coraza indispensable de la feminidad, una armadura salvadora de la elegancia.

Ilustración sobre los efectos dañinos del corsé en la respiración, del libro “La vida normal y la salud”, del Dr. Jules Rengade, publicado en 1881.

/ Heritage Images

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Experta en la moda femenina de comienzos del siglo pasado, para la historiadora Daniella Terreros el corsé resulta un símbolo contra el que se alzaron las primeras feministas. “Fue una de las primeras formas de discurso sobre la libertad del cuerpo femenino”, advierte. “A inicios del siglo XX, médicas, educadoras y activistas lo denunciaron no solo por sus efectos físicos, sino por lo que representaba: el control social sobre el cuerpo de las mujeres. El rechazo al corsé simbolizó el deseo de respirar, moverse, caminar, trabajar y vivir sin restricciones impuestas por la moda”, explica.

Según Terreros, este cuestionamiento anticipa muchas discusiones actuales sobre autonomía corporal. “Sobre todo –afirma–, porque no se trataba únicamente de comodidad, sino de una transformación profunda en la manera en que las mujeres concebían su identidad, su salud y su derecho a decidir sobre su propio cuerpo. En ese sentido, podría decirse que el abandono del corsé fue una de las primeras batallas visibles por la emancipación femenina, inscrita en la historia de la moda”, explica.

“La moda de la mujer, desde los tacones hasta el corsé, estaba diseñada para inmovilizar a la mujer, para hacerla vulnerable”, afirma Isabel Allende ajustando el tema de fondo. Felizmente, ya para la década de 1920, la figura de reloj de arena no era tendencia. Los vestidos estilo ‘flapper’ se convirtieron en la nueva moda y marcaron una época en la que las mujeres jóvenes y solteras comenzaron a cambiar corsés y faldas largas por faldas cortas y cabellos recortados. “Ahora, cuando yo veo a las mujeres salir a correr en zapatillas, vistiendo pantalones de yoga, yo me digo: ‘Qué maravilla, por Dios’. A ellas no las van a agarrar tan fácil”, dice la escritora, sabiendo que una de tantas batallas sobre la libertad de los cuerpos femeninos fue ganada hace un siglo. Pero otras muchas están aún por resolverse.

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