Tendría unos 18 o 19 años cuando, en la Universidad de Buenos Aires, intentó alzar su voz en una de esas tantas asambleas universitarias dominadas por estudiantes varones; entonces uno de ellos la mandó callar con estas palabras: “Pero, che, nena, si no sabés lo que hablás, andá a lavar platos”. “Esa fue una herida narcisista brutal”, dice Susana Reisz, sentada en la sala de su casa, en Miraflores, mientras explica por qué desde muy joven buscó rebelarse contra las desigualdades de género.
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—¿Y por qué cree que la tragedia de esta mujer que lucha por enterrar a su hermano muerto nos resulta tan contemporánea?
Porque el tema es profundamente universal y atemporal. Lo he meditado muchísimo y me ha llevado a interesarme por el origen y la profundidad de estos rituales conectados con la muerte, incluso en el mundo animal. Por ejemplo, el de los elefantes. Cuando un elefante muere, los de su grupo hacen una especie de duelo y se quedan junto al cadáver hasta que, quizás por hambre, lo abandonan y siguen con sus vidas. Esto me removió bastante también a raíz de la pandemia, cuando las personas que fallecían eran puestas en bolsas y directamente incineradas.
—También cita la adaptación de “Antígona”, de José Watanabe y Yuyachkani, vinculada con el tema de los desaparecidos durante dictaduras y épocas de violencia.
Ese es otro tema fundamental. Por un lado, lo barata que parece la vida humana en casos como el que acabo de evocar, y por otro lado, los horrores que hemos vivido, porque quién no tiene entre sus conocidos, amistades o familiares, algún desaparecido. Yo he tenido varios en la Argentina, personas que conocí, y también a otras que se salvaron, pero quedaron con la vida mutilada después de esa experiencia atroz. Entonces, definitivamente, ese ha sido un factor muy importante para este apasionamiento y casi obsesión mía con el tema de Antígona.
—Usted ha visto también la evolución del feminismo, ¿es el actual distinto al de su juventud?
La que ha cambiado un poco soy yo, aunque pienso que desde muy chica, desde los 12, 13 años, no podría decir que era feminista, pero sí era consciente de lo injusta que solía ser la situación de las mujeres, incluso en el interior de las familias. Yo recuerdo que cuando se reunía mi familia, que pertenecía a la pequeña clase media argentina, los hombres siempre se quedaban sentados en la mesa y éramos las mujeres las que retirábamos y lavábamos los platos. Era común, pero a mí me chocaba ya desde entonces… Y después, en la UBA, sufrí en carne propia humillaciones por ser mujer. Le pinto un cuadro típico. Cuando yo tenía 18, 19 años, participaba en las asambleas universitarias y en una ocasión quise intervenir para expresar mi punto de vista, y uno de los muchachos hipermachistas me dijo: “Pero, che, nena, si no sabés lo que hablás, andá a lavar platos”. Esa fue una herida narcisista brutal, que hasta el día de hoy no puedo olvidar.
«Cortázar era uno de mis autores predilectos. Un gran escritor y además un gran hombre. Pero no hay quien pueda salvarse de los clichés»
—Posteriormente, pudo plantear también una nueva crítica literaria.
Hasta el día de hoy recuerdo, y esto lo he escrito por allí, que Cortázar, que era uno de mis autores predilectos, un gran escritor y además un gran hombre, pero no hay quien pueda salvarse de los clichés, de lo que se le ha repetido y repetido y repetido. Entonces, él en uno de sus libros habla del lector macho y del lector hembra. El lector macho era, según él, el inteligente, el creativo, el que iba más allá de la literalidad del texto, y el lector hembra era el totalmente pasivo, que no sacaba nada propio ni nuevo de lo que estaba leyendo. Eso era muy ofensivo. Pero yo no me daba cuenta.
—En el libro dice que, curiosamente, quienes más leían a Cortázar eran mujeres.
Totalmente, porque el 90% de quiénes estudiábamos literatura en la UBA éramos mujeres. Pero leíamos eso como si no fuéramos mujeres. Eso es uno de los descubrimientos duros que hice en algún momento de mi vida. Le voy a poner otro ejemplo vinculado con García Márquez, uno de los monumentos de la literatura. Yo empecé a leer sus libros como si fueran cuentos de hadas, porque, efectivamente, eran de una imaginación desbordada, un mundo hasta cierto punto cercano al de la tragedia griega. Pero, en los años 90, me invitaron a un simposio para celebrar el gran triunfo de García Márquez y tuve que releer esa novela que había leído con fascinación cuando tenía treinta y pocos años, y en esta nueva lectura me encontré con pasajes que me molestaron profundamente por la manera como describía a las mujeres, para algunos personajes de la novela eran objetos usables, incluso con rasgos yo diría animalizados. Y sobre esto escribí un texto que se llamó “Cien años de soledad treinta años después”.
—En el libro destaca cómo Blanca Varela logró imponerse entre una literatura mayormente masculina.
No logra imponerse. Vamos a ver, lo que logra imponerse es la calidad excepcional de su escritura. Pero a ella le llevó mucho tiempo pensar que lo que hacía era realmente bueno e importante. En sus últimos años, ese era uno de los temas que a mí me indignaba, sentir cómo ella todavía, hasta cierto punto, dependía de algunas opiniones masculinas… Lo que ella tenía era el terror de hablar de más. De caer en desbordes emocionales.
—Y su poesía es justamente eso.
Es eso. Por eso es que llega, ya no recuerdo quién lo dijo, al hueso del alma. Está desprovista de cualquier cosa que sea carnecita, adorno, algo que vaya más allá de la idea dura y cruda de la mortandad, por ejemplo.
—Como ese verso que le dedica a su hijo Lorenzo y que usted cita: “Tú muerto y yo muerta de ti”.
Esa expresión hasta ahora a mí me arranca lágrimas. Es originalísima, nadie la había usado nunca: “Muerta de ti”. Hasta el día de hoy sigo impactada por la intensidad con que esta mujer genial llegó a vivir la muerte del hijo.
—¿Qué está leyendo actualmente? ¿Cuál es su rutina?
Trato de estar al día en todo. Dedico muchísima atención a la poesía, porque me gusta más que la narrativa. Quizás eso se debe a mi edad, a mi mala vista y al hecho de que me dé un poco de flojera leer textos demasiado extensos, donde esté menos concentrada la belleza. Y por otro lado, estoy en un plan de recolección de recuerdos, de partes de mi vida, es algo normal cuando una está ya en base ocho, hay que mirar hacia atrás, porque lo que queda por delante es muy poco. Y por otro lado, hay el afán de no desaparecerse del todo, de que por lo menos queden las palabras de uno. Entonces, se intensifica el deseo de recoger lo vivido, lo actuado, lo sentido y dejar alguna huella.
“El pensamiento psicoanalítico y la imaginación literaria”
Autora: Susana Reisz
Editorial: layqa
Páginas: 188 págs.
Además…
A saber
Susana Reisz es profesora emérita del Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Es doctora en Filología Clásica por la Universidad de Heidelberg (Alemania) y licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires (Argentina).











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