sábado, enero 10

Seis mujeres avanzan con linternas precarias por un sistema de cuevas que nadie ha terminado de mapear. El plan es descender, explorar y salir. Pero la montaña se cierra, la roca colapsa y el aire comienza a escasear. Aisladas, heridas y sin referencias, el miedo deja de ser abstracto y se vuelve físico, pegado al cuerpo y a la respiración. Esa experiencia extrema es “El Descenso”, la película de Neil Marshall que regresa casi dos décadas después para confirmar que el terror no siempre necesita anunciarse para seguir funcionando.

Seis mujeres avanzan con linternas precarias por un sistema de cuevas que nadie ha terminado de mapear. El plan es descender, explorar y salir. Pero la montaña se cierra, la roca colapsa y el aire comienza a escasear. Aisladas, heridas y sin referencias, el miedo deja de ser abstracto y se vuelve físico, pegado al cuerpo y a la respiración. Esa experiencia extrema es “El Descenso”, la película de Neil Marshall que regresa casi dos décadas después para confirmar que el terror no siempre necesita anunciarse para seguir funcionando.

“Es una película atemporal porque los temas que explora —el duelo, la amistad, la lealtad, la confianza— son universales. No hay muchos elementos que la daten. Podría proyectarse hoy y parecer una película reciente. Lo único que delata la época en la que fue hecha es que no hay smartphones”, menciona el director.

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Desde su estreno, la película encontró un lugar singular en la memoria del público por la forma en que obligó a mirar el miedo desde un ángulo incómodo, casi íntimo. Sin discursos evidentes ni moralejas subrayadas, el relato se instala en una zona donde la supervivencia erosiona la moral y pone a prueba cualquier pacto previo.

“La teoría que más me gusta es que, en realidad, es una historia de invasión de hogar al revés. Un grupo de mujeres invade el ‘hogar’ de estas criaturas subterráneas, que viven de cazar animales y no buscan activamente a los humanos. Son ellas quienes entran y empiezan a masacrarlos, poniendo en peligro su modo de vida”, nos cuenta.

Dirigida por Neil Marshall, la película convirtió el silencio, la claustrofobia y la pérdida de referencias en sus principales armas narrativas, logrando una tensión que sigue vigente y que no delata el paso del tiempo.

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El uso del silencio es una herramienta poderosa en el cine de terror. Desde “Repulsion”, de Polanski, hasta propuestas más recientes como “It Comes at Night”, “It Follows” o “A Quiet Place”, la ausencia de sonido funciona como un amplificador de la tensión. Obliga a escuchar la respiración, el roce mínimo, el eco de un espacio que parece vivo. “El Descenso” se inscribe en esa tradición, pero lo integra de forma natural: el silencio como consecuencia lógica del encierro.

“El silencio incomoda porque estamos acostumbrados a ser bombardeados constantemente por sonidos. La oscuridad también fue clave para mí. Quería usarla como parte del elemento claustrofóbico: reducir la imagen, condensarla, trabajar con sombras y con la falta de luz para que el encuadre resultara opresivo. Y eso funcionó muy bien”, detalla el director.

Ese enfoque se convirtió en una marca reconocible de Marshall. El manejo del espacio cerrado, la amenaza latente y la tensión sostenida reaparecen, con variaciones, en otros trabajos suyos y alcanzan una escala mayor cuando dirige el episodio “Los vigilantes del Muro”, de “Juego de Tronos”. “Sin ‘El Descenso’ no hubiera podido trabajar con HBO”, agrega. Allí, el silencio, la noche y la espera vuelven a ser protagonistas, demostrando que el control del ritmo y del encuadre es clave en el terror.

“Subestimé cuánto sufre realmente la gente con la claustrofobia. La película conectó con algo muy profundo ahí, con un miedo muy extendido, y eso es probablemente lo que impactó a la audiencia, además de mostrar que hay horrores que no necesitan anunciarse para demostrar que siempre estuvieron ahí”, concluye.

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