Cuando el jueves expire el Tratado New START, conocido como START III, por primera vez desde 1972 el mundo entrará en una era sin límites verificables para los arsenales atómicos de Estados Unidos y Rusia, las mayores potencias nucleares. Así lo entiende Moscú, que esta semana advirtió que el escenario internacional será “más peligroso”, mientras Washington evitó promover una nueva negociación bilateral. Con el último gran acuerdo de desarme muerto, las dos potencias comenzarán a moverse en un orden estratégico cada vez más incierto y sin reglas claras. ¿Cuáles serán las consecuencias inmediatas y qué puede pasar con otras naciones con ambiciones nucleares como China y Corea del Norte?
En setiembre del año pasado, el presidente Vladimir Putin propuso a Estados Unidos la prolongación por un año de los límites contemplados por el tratado. Pero su homólogo Donald Trump no respondió de manera directa y formal a la propuesta.
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En realidad, Trump ha dado a entender que no firmará un nuevo START sin la participación de China.
El presidente de Rusia, Vladimir Putin, encabeza una reunión con miembros del gobierno por videoconferencia en Moscú el 21 de enero de 2026. (Foto: Vyacheslav PROKOFYEV / AFP).
/ VYACHESLAV PROKOFYEV
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Y este miércoles, el secretario de Estado, Marco Rubio, confirmó que Trump cree que cualquier acuerdo nuclear con Rusia debería incluir a China.
El pasado 8 de enero, en una entrevista con el diario The New York Times le preguntaron a Trump sobre el START III y este respondió: “Si expira, pues que expire… Simplemente haremos un acuerdo mejor”.
¿Qué es el START III y qué implica?
El START III fue firmado en Praga en el 2010 por el entonces presidente estadounidense Barack Obama y su par ruso Dmitri Medvedev, y entró en vigor en el 2011. En su punto principal establece un máximo de 1.550 ojivas nucleares desplegadas para cada país. Cabe precisar que el número total de ojivas que posee cada potencia es superior a ese límite.

El arsenal nuclear mundial. (AFP).
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Además, START III remarca que el número de misiles balísticos intercontinentales (ICBM), misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM) y bombarderos pesados desplegados para misiones nucleares debe ser de 700 para cada país.
Mientras que el número de lanzadores de ICBM, lanzadores de SLBM y bombarderos, desplegados y no desplegados, queda en 800 para cada una de las potencias.
¿Cómo se llegó a ese punto? Si repasamos la historia, se puede establecer que el SALT (Strategic Arms Limitation Talks) fue el primer gran esfuerzo de control de armas nucleares entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y es el antecedente más remoto y directo de los tratados START.
El SALT fue clave porque introdujo la idea de que la estabilidad nuclear se logra limitando arsenales, no ampliándolos. Reconoció explícamente la lógica de la destrucción mutua asegurada. Y creó los primeros mecanismos de verificación, aunque todavía limitados.
En 1991, el START I marcó la primera gran reducción de arsenales tras la Guerra Fría y estableció una estricta verificación. Fue firmado por George H. W. Bush y Mijaíl Gorbachov.
Posteriormente, el START II (1993), acordado por Bill Clinton y Boris Yeltsin, prohibía los misiles balísticos intercontinentales con ojivas múltiples (MIRVs). Aunque fue ratificado, nunca entró plenamente en vigor por las tensiones entre Rusia y Estados Unidos.
En el 2002 se firmó el Tratado de Moscú, que estableció límites más laxos, pero sin mecanismos de verificación sólidos.
En cuanto al START III, fue concebido con una vigencia inicial de diez años, con la posibilidad de una única prórroga de hasta cinco años.
Esa extensión se activó en febrero del 2021, lo que llevó su fecha de expiración definitiva al 5 de febrero del 2026. El texto no contempla nuevas renovaciones: una vez vencido, solo un acuerdo completamente nuevo podría reemplazarlo.
En este punto, cabe remarcar que desde febrero del 2023 Rusia suspendió su participación en el tratado debido a la guerra en Ucrania, aunque sin denunciarlo de manera formal. Desde entonces, quedaron paralizadas las inspecciones mutuas, debilitando uno de los principales mecanismos de verificación del equilibrio nuclear.
El START era un tratado en el que todos ganan
Un misil balístico intercontinental Topol-M ruso cruza la Plaza Roja durante el Desfile del Día de la Victoria en Moscú el 9 de mayo de 2008. (Foto de Yuri KADOBNOV / AFP).
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Para el analista internacional Roberto Heimovits, la falta de un acuerdo que reemplace al START III envía una señal clara de deterioro del orden de seguridad global.
“El START es un tratado win-win, que beneficia a ambas partes”, sostiene Heimovits a El Comercio, al recordar que su origen se remonta a la lógica de la Guerra Fría, cuando Washington y Moscú comprendieron que “ya no tenía sentido seguir aumentando el número de cabezas nucleares, misiles, bombarderos o proyectiles lanzados desde submarinos”.
Según el analista, el equilibrio nuclear se basó durante décadas en una premisa clave: la capacidad de segundo golpe, es decir, la certeza de que un ataque nuclear inicial sería respondido con una represalia devastadora. “Cada país sabía que, aun si lanzaba un ataque sorpresa, iba a ser destruido completamente minutos después por la capacidad de represalia del adversario”, explica.
Por su parte, Irma Argüello, presidente de la Fundación No Proliferación para la Seguridad Global (NPSGLOBAL), manifiesta que no se trata solo del final de un acuerdo específico, sino de una señal mucho más profunda: la incapacidad de las grandes potencias para sostener mínimos de cooperación incluso en el terreno más sensible del sistema internacional.
“No es solo la caída de un tratado. Es una señal estructural de que hoy ni siquiera en el núcleo del control de los arsenales estratégicos se logra previsibilidad”, advierte Argüello a El Comercio.
Según la especialista, el mensaje de fondo es inquietante: la disuasión nuclear vuelve a ocupar un lugar central en las doctrinas de seguridad, desplazando definitivamente el ideal del desarme que emergió tras el fin de la Guerra Fría.
“Se termina el sueño post-Guerra Fría del desarme nuclear. La idea de que el mundo avanzaría de manera lineal hacia arsenales cada vez más reducidos ya no se corresponde con la realidad”, enfatiza.
Argüello explica que “el equilibrio nuclear global ya venía cambiando incluso con New START en vigor. El tratado fue diseñado para un mundo esencialmente bilateral, centrado en la relación estratégica entre Estados Unidos y Rusia, pero ese ya no es el mundo en el que vivimos. Hoy el escenario es crecientemente multipolar, con actores como China expandiendo y modernizando sus capacidades, y con tecnologías emergentes que transforman la forma en que se piensa la disuasión”.
Entre esos cambios enumera el desarrollo de armas hipersónicas, capacidades cibernéticas, inteligencia artificial aplicada al comando y control, y sistemas de doble uso que difuminan la frontera entre lo convencional y lo nuclear.
Lo más preocupante, subraya, no es que un tratado heredado del siglo XX haya quedado corto, sino que su expiración no esté acompañada por ningún marco alternativo.
“Con el fin del New START se pierde el último esquema que aportaba límites verificables y previsibilidad entre las dos mayores potencias nucleares. El resultado es un equilibrio más opaco, más incierto y, por definición, más riesgoso”, alerta.
El riesgo de una nueva carrera armamentista
Un B-52H Stratofortress con capacidad nuclear de la Fuerza Aérea estadounidense sobrevolando Arabia Saudita el 29 de marzo de 2022. (Foto de Joseph PICK / DVIDS / AFP).
/ JOSEPH PICK
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La desaparición de los límites impuestos por el START III puede, advierte Heimovits, reactivar una lógica de competencia armamentista que se creía superada. “Si se rompen los límites y uno de los dos empieza a desplegar más misiles, más submarinos, más bombarderos y más cabezas nucleares, podría aparecer la tentación de lanzar un ataque sorpresa”, señala.
Ese escenario, subraya, no solo es más peligroso, sino también más inestable. “Seguir construyendo armas nucleares no tiene sentido: es costoso y profundamente desestabilizador para el equilibrio nuclear”, afirma.
Aunque a primera vista podría parecer lo contrario, Heimovits considera que Rusia podría verse relativamente favorecida por un mundo sin límites nucleares. “Las armas nucleares, aunque caras, en promedio son más baratas que mantener un gran ejército convencional”, explica. En ese ámbito, añade, “Rusia, que es un país mucho más pobre que Estados Unidos, podría verse tentada a compensar esa desventaja ampliando su arsenal nuclear”.
Argüello no cree que sea inevitable una carrera armamentista cuantitativa inmediata, pero advierte sobre una intensificación clara de la competencia estratégica.
“Prácticamente todas las potencias nucleares están modernizando sus arsenales: incorporan nuevos vectores, mayor precisión, mayor capacidad de penetración y, en muchos casos, mayor poder letal. En varios casos, además, esa modernización viene acompañada de incrementos en número”, sostiene.
Aun así, remarca, existen frenos reales: costos presupuestarios, límites industriales y cálculos estratégicos.
“El riesgo inmediato no es una explosión súbita en los números, sino un entorno donde todos planifican sin asumir límites vinculantes”, resalta Argüello.




