En 10 o 20 años lo único que se recordará del debut de Mano Menezes en el banco de la selección peruana será el zurdazo de un joven Adrián Quiroz. Patada, arquero, travesaño y un “ufffff” entre París y Lima, que resonó en Tumbes, se replicó en Tacna y se lamentaron en Iquitos. Ni el resultado recordaremos. ¿O alguien recuerda para qué sirvió el taco de Reimond Manco ante Canadá cuando inició el ciclo de Markarián en 2010?
En 10 o 20 años lo único que se recordará del debut de Mano Menezes en el banco de la selección peruana será el zurdazo de un joven Adrián Quiroz. Patada, arquero, travesaño y un “ufffff” entre París y Lima, que resonó en Tumbes, se replicó en Tacna y se lamentaron en Iquitos. Ni el resultado recordaremos. ¿O alguien recuerda para qué sirvió el taco de Reimond Manco ante Canadá cuando inició el ciclo de Markarián en 2010?
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En un Stade de France teñido de verde, amarillo y rojo, con el rugido africano dominando el ambiente y apenas unos 10 mil peruanos resistiendo en las tribunas, la selección peruana de Mano Menezes escribió su primer capítulo con más preguntas que respuestas. Fue 2-0 para Senegal —goles de Jackson y Sarr—, pero el resultado termina siendo apenas la superficie de una noche donde lo verdaderamente importante estuvo en las señales que dejó un equipo inédito, experimental y, por momentos, desbordado.
Porque si algo quedó claro en París es que esta nueva Bicolor aún no encuentra su identidad. El once titular sorprendió desde la pizarra: Alfonso Barco como zaguero por izquierda, Jairo Vélez como mediapunta, una defensa con escasa convivencia previa y un mediocampo que buscó orden en medio del caos físico que propuso Senegal.
En el arco, Pedro Gallese fue de lo más rescatable. No tuvo responsabilidad directa en los goles y dejó dos atajadas de reflejo que evitaron una caída más amplia. Sin embargo, abusó del saque largo, una decisión que terminó alimentando el dominio rival. En un equipo que intenta salir jugando, la falta de precisión desde su primera línea se sintió como una grieta constante.
La defensa fue un rompecabezas que nunca terminó de armarse. Marcos López mostró aplicación en el primer tiempo, pero el desorden colectivo lo empujó al error. Sin un socio claro por su banda, quedó expuesto. Alfonso Barco, en su rol improvisado, evidenció su técnica, pero también su inexperiencia en la posición: abusó del pase corto en salida y fue superado en velocidad en el primer gol. Fue un debut con sudor y nervios, más voluntad que certezas.
Miguel Araujo, el más experimentado de la zaga, intentó ordenar lo que parecía indomable. Su liderazgo fue más reactivo que preventivo: resistió, pero no logró consolidar una línea. Oliver Sonne, en tanto, dejó la sensación de que puede dar más. Intentó asociarse, buscó progresar por derecha, pero le faltó determinación en el último tercio. Su físico europeo no marcó diferencia en un partido que exigía carácter.
Perú cayó 2-0 ante Senegal en el primer partido de Mano Menezes como técnico. (Crédito: FPF).
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En la volante, Erick Noriega asumió el rol de eje con personalidad, aunque sin brillo. Intentó ser el más claro, tuvo un remate que pudo cambiar el rumbo temprano, pero se equivocó más de lo esperado en la distribución. Dio orden, pero no liderazgo. A su lado, Yoshimar Yotún apeló a su experiencia para sostener al equipo en los minutos más complejos. Su claridad fue vital, pero su desgaste físico también quedó expuesto: a los 36 años, su cuerpo ya no responde al ritmo que exige este tipo de partidos.
El caso de Jairo Vélez fue el más sintomático de la noche. En su debut, mostró nervios, desconexión y falta de complicidad con sus compañeros. Intentó, pero no resolvió. El rigor físico del rival lo superó y su sociedad con Valera nunca apareció.
En ataque, Perú fue un equipo que nunca terminó de ser peligroso. André Carrillo asumió el rol de organizador, pero pagó caro el desgaste. Errático, impreciso, sus pérdidas complicaron la salida. Kenji Cabrera jugó como si el partido no lo exigiera: decisiones equivocadas, poca agresividad y una actuación que lo aleja del once. Alex Valera, por su parte, estuvo ausente. No cumplió la función de ‘9’, no generó espacios y desperdició la única ocasión clara que tuvo tras un error del arquero rival.
La segunda mitad, sin embargo, dejó algunas luces. Desde el banco, Mano Menezes encontró respuestas parciales. Jesús Pretell aportó movilidad, Jairo Concha se animó más con el pase largo y Joao Grimaldo cambió el ritmo con atrevimiento. Fue encarador, incómodo para la defensa senegalesa, un soplo de aire fresco en un equipo que lo necesitaba.
Adrián Ugarriza, con poco, hizo más que Valera. Luchó, presionó y entendió mejor el contexto del partido. Pero la gran aparición fue Adrián Quiroz. En su debut, dejó una de las jugadas más peligrosas del partido con un remate al travesaño. Técnica, personalidad y una frescura que ilusiona. Fue el debutante que más señales positivas dejó en París.
Fabio Gruber, con apenas cinco minutos, también dejó una pincelada de jerarquía: controló, levantó la cabeza y salió limpio en una jugada que reflejó su calidad. Jesús Castillo, en tanto, fue un pulmón necesario para sostener el mediocampo, aunque también cayó en imprecisiones.
La conclusión es clara: este Perú está en construcción. Oliver Sonne destacó por su persistencia, Erick Noriega asoma como el patrón que Mano Menezes quiere para su mediocampo y Adrián Quiroz aparece como una joya por pulir. Pero más allá de los nombres, la sensación es que la selección aún busca su esencia.
En París, la Bicolor no solo perdió un amistoso. También evidenció que el camino hacia una nueva identidad será largo, exigente y, sobre todo, lleno de decisiones que definirán el futuro de esta era.

Senegal’s forward #11 Nicolas Jackson (C) fights for the ball with Peru’s defender #02 Alfonso Barco (R) during the international friendly football match between Senegal and Peru at the Stade de France in Saint-Denis, north of Paris, on March 28, 2026 (Photo by JULIEN DE ROSA / AFP)
/ JULIEN DE ROSA
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