Digamos que usted necesita renovar su teléfono celular. No quiere equivocarse en la selección porque es un aparato que usa bastante. Tiene que decidir entre ir a una tienda donde encontrará cinco opciones de equipos nuevos, o puede ir a otro establecimiento más grande que le ofrece tres docenas de alternativas. Ambos están a la misma distancia de su casa. Con seguridad, usted optará por el segundo establecimiento, el más surtido. A lo mejor ahí puede encontrar un celular que se adecúe mejor a sus necesidades y presupuesto.
¿Por qué la oferta electoral debería ser diferente de lo anterior? ¿Acaso con 36 candidatos presidenciales no podría cada ciudadano encontrar una alternativa más cercana a sus preferencias políticas? El argumento en principio puede ser parecer razonable, pero lamentablemente la sobrepoblación de candidatos y organizaciones políticas funciona muy mal en un sistema electoral. Son al menos cinco las razones de fondo.
El primer motivo, el más evidente, es que este es un problema de acción colectiva. Cada persona puede tener su propio celular en función a sus preferencias individuales, pero no puede tener su propio presidente y congresistas a la medida. Esos los compartimos todos. Por eso el diseño electoral importa. Y con 36 candidatos a la presidencia, el sistema natural de agregar preferencias comunes se empieza a romper en favor de nichos y estrategias cada vez menos sanas.
Es imposible saber cómo se distribuirán los votos el próximo 12 de abril, pero bien podrían bastar con cortejar el favor de apenas uno de cada diez electores para estar en segunda vuelta. Lo hemos visto antes. El incentivo de los candidatos, por ejemplo, puede ser buscar algún nicho leal, con preferencias marcadas, que sea suficiente para llevarlo al 10% o 15%. No importa que este espacio electoral sea radical, terraplanista, violento o razonable; lo que importa es sumar a una minoría suficientemente comprometida con alguna posición. Una vez superada esa barrera de la mano de un pequeño puñado del electorado, la segunda vuelta se define por mal menor.
La consecuencia práctica es que bien podríamos terminar con dos candidatos en junio que apenas sumen un cuarto del electorado total, y quizá precisamente el cuarto más radical de la población. En otras palabras, con menos candidatos en una elección se fuerza a los aspirantes a la Presidencia a encontrar consensos mínimos entre grupos grandes de electores; con muchos candidatos, basta con encontrar a un pequeño grupo de convencidos. Y esos se encuentran normalmente en los extremos.
La segunda razón por la cual el mar de partidos resulta en un peor resultado agregado es que debilita mucho a las organizaciones políticas. Los candidatos al Congreso más adecuados -de cualquier orientación política- se dispersan entre agrupaciones que compiten por ese mismo espacio. Otras personas decentes y conocidas que podrían haber postulado al Parlamento, y llevado una buena cantidad de votos preferenciales, prefieren no hacerlo dada la alta posibilidad de que su partido escogido no pase la valla electoral. El presupuesto de la franja electoral (S/80 millones) debe dividirse entre más manos. En vez de organizaciones que agrupen talento, ideas y recursos, hay fragmentación y pequeños intereses. De ahí, por ejemplo, el escándalo del aparente mal uso del dinero de la franja electoral.
La tercera manera en que 38 tiendas políticas (dos no tienen plancha presidencial) hacen una peor elección es a través de algo que se conoce como la paradoja de la elección. Cuando cualquier persona se enfrenta a demasiadas opciones -varias de las cuales parecen similares- hay una suerte de parálisis de elección. Buscar información sobre cada una y compararlas es demasiado pesado. El fenómeno es ampliamente conocido en psicología y en comportamiento del consumidor. Si a eso le agregamos que ningún voto individual va a definir la elección, para algunos lo racional parece ser no darse por enterados, de entrada, de que vienen elecciones ni invertir en aprender sobre ellas ni sus participantes.
¿Cómo podemos ver esto en el proceso actual? Quizá una forma es sumando el porcentaje de encuestados que -ante la pregunta de por quién votarían si las elecciones fueran mañana- responden “blanco”, “viciado”, “ninguno”, “no sabe” o “no precisa”. A enero del 2016, estos porcentajes sumaban 14%. A enero del 2021, 25%. En este proceso, en enero del 2026, llegaban a más de 40%. En la última encuesta de Datum Internacional publicada en este Diario, un tercio de los participantes respondió que no había siquiera empezado a pensar en las opciones electorales. El hartazgo con la clase política sin duda explica también parte de esta indiferencia, pero si fueran solo cinco o seis candidatos en contienda sería bastante más probable que los votos, a estas alturas, estén más pensados y definidos.
En cuarto lugar, con 38 opciones, la dificultad para pasar valla electoral al Congreso se asemeja a intentar un salto con garrocha usando el disfraz de PPKuy. ¿Por qué debería importarle esto al ciudadano promedio? Porque es muy posible que su voto se registre en un partido que no logra representación congresal. No sería improbable que menos del 30% de los votos totales para el Parlamento sean para los partidos que sí logran pasar la valla. El resto del voto, la mayoría, se distribuiría entre el blanco, nulo o viciado, y entre la treintena de partidos que quedarán fuera de las cámaras de diputados y de senadores. Aquí, el desacertado eslogan “este Congreso no me representa” ganaría bastante verosimilitud. Con una elección así, el Congreso pierde representatividad y, en cierto sentido, también legitimidad.
Finalmente, está el problema logístico. Por ejemplo, en esta ocasión, la cédula electoral era ya bastante más compleja con la adición del voto por el Senado, y a eso ahora hay que agregarle cerca del doble de opciones partidarias. Es un papelógrafo repleto de pequeños símbolos. Tampoco está claro cómo funcionarán los personeros: ¿podrá haber simultáneamente hasta 38 personeros por mesa en distritos competitivos? ¿Cómo se ve eso? ¿Y cómo hará el JNE para revisar con algún nivel adecuado de atención las hojas de vida y las campañas de más de 10 mil postulantes al Congreso bicameral? ¿Cómo se puede hacer un debate de candidatos en estas condiciones?
En otras palabras, el sistema democrático no está preparado para lidiar con esto que le han puesto encima. La avalancha de partidos distorsiona incentivos, atrofia organizaciones políticas, aleja al ciudadano promedio, resta legitimidad al Congreso, y supone retos logísticos casi inmanejables. Esa es la mano con la que tenemos que jugar. Pero mejor estar prevenidos. Por todo lo expuesto, nada de lo anterior es como comprar un celular. Y porque, además, aquí no hay garantías ni devoluciones.













