Uno de los males endémicos del país es el deficiente servicio al ciudadano y la complejidad de trámites, lo cual deriva inevitablemente en corrupción.
Un país civilizado necesita orden, y para ello todos debemos cumplir reglas y en algunos casos obtener autorizaciones para operar sin perjudicar a los demás. Sin embargo, parece no haber límites a la creación de trámites, requisitos y papeleo. Para obtener una licencia municipal, un pasaporte, citas médicas, lunas oscuras o visitar Machu Picchu, algunos crearon procesos engorrosos e inentendibles. Ministerios, gobiernos municipales, regionales y organismos públicos se las ingenian para crear burocracia, engrosando el Estado, haciendo muy costoso obtener un servicio, y así vender favores o cobrar por privilegios y de paso perpetuar el oficio de tramitador.
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Se habla mucho de los grandes casos de corrupción, pero pasamos por alto las miles de corruptelas arraigadas en nuestro sistema. Y si las personas se acostumbran a que así funcionan las cosas en lo rutinario, así también se tolerará en los casos de mayor relevancia.
Lamentablemente, no hay ningún incentivo para la simplificación. Por el contrario, hay incentivos para no hacerlo: volverse indispensable, contratar personal, coimas, poder. ¿Quién crea el trámite? ¿A qué nivel se decide? ¿Alguien realmente cuestiona un requisito? Me atrevo a pensar que esto no se gobierna, que casi cualquiera puede decidir.
En un país moderno, la simplificación debe ser parte de la misión del servidor público. Lo fundamental es partir por cuestionar el por qué y para qué, el beneficio vs. el costo, y si hay otra forma de hacerlo. Además, hoy existe la tecnología para cambiar radicalmente muchos procesos. Los funcionarios deberían informar a sus superiores de manera periódica qué trámite han simplificado y cuál será el siguiente paso.
En esta época electoral, bien harían los candidatos en ofrecer la simplificación como bandera, beneficiando a la ciudadanía y reduciendo costos en la administración pública. Con trámites más simples se elimina la pequeña corrupción y se vive mejor.














