La nueva película del noruego Joachim Trier comienza con un juego infantil, un ejercicio escolar: una niña que escribe un pequeño texto como si su casa fuera un ser humano: ¿qué siente la casa cuando acoge a mucha gente dentro, conversando, bailando o cenando? ¿Qué siente, en cambio, cuando se van todos y queda vacía durante días? ¿Tiene sentimientos una casa? ¿Cómo experimenta los cambios dentro de ella, las peleas, las separaciones, las enfermedades o los silencios?
MIRA: El manuscrito de una amistad
Ese es el punto de partida de “Valor sentimental”: todo aquello que ocurre, y que soporta, la intimidad de un hogar. En una de sus primeras escenas, hay un funeral, el de la madre de familia que nunca vemos. Sus hijas Nora y Agnes (Renate Reinsve y Inga Ibsdotter Lilleaas) se encargan de organizar la recepción, de conversar con familiares y amistades, de recibir condolencias en automático. Hasta que de pronto llega su padre, Gustav (Stellan Skarsgard), figura casi siempre ausente, que reaparece para desatar una ola de tensiones.
Para empezar, porque Gustav es un veterano cineasta que quiere filmar su nueva película tras 15 años de silencio artístico. Y para sorpresa de muchos, le presenta el guion a su hija Nora –una actriz en crisis– para que ella lo protagonice. Para Nora, sin embargo, Gustav es un director respetable, pero un padre distante y sin responsabilidad afectiva. Y con su ofrecimiento afloran resentimientos, heridas calladas, traumas apenas intuidos.
La de Trier es la historia de un artista frustrado por la inactividad que busca saldar dos cuentas pendientes al mismo tiempo: el gran relato que siempre quiso filmar y la postergada reconciliación con sus hijas (y con su madre, de paso, pues la película abarca otros asuntos, que cruzan varias generaciones y que resuenan como ecos). ¿Cuál es su prioridad entre ambas deudas? ¿Es que alguno de sus dos propósitos, en el fondo, tiene más peso que el otro? ¿Puede la ficción curar la realidad? En esa ambigüedad es que el filme encuentra sus mejores formas, mediante momentos de introspección, gestos de confusión y diálogos que no lo dicen todo.
Como en su anterior película, “La peor persona del mundo” (un título muy ilustrativo), Trier nos confronta con seres fallidos, a ratos simplemente odiosos, pero cuya imperfección los vuelve tan humanos que resulta imposible no quererlos o desear abrazarlos. Y no encuentra mejor lugar para ponerlos a interactuar que esa casa del inicio. La casa donde se albergan todos los objetos de “valor sentimental”, como ese jarrón a punto de romperse. La casa que, hasta la última escena, juega un rol crucial (aunque ya luzca transformada). La gran casa donde siguen paseándose los vivos y los muertos como espectros que nunca terminan por irse del todo.
Calificación: 4.5/5



