sábado, enero 17

Desde la aparición del bailable y urbano Motomami (2022) —y la ruptura radical que supuso respecto a la obra anterior de Rosalía— flotaba una duda legítima: ¿cómo podría reinventarse una artista que ya había llevado el flamenco y el pop latino hasta el límite de su elasticidad? La catalana de 32 años no es ajena a los reinicios: Motomami la consagró como una creadora sin miedo a dinamitar géneros, con samples minimalistas, bajos distorsionados y confesiones íntimas que sonaron como una revolución estética, a años luz del reggaeton genérico de sus contemporáneos. Por eso, cuando presentó “Berghain”, el primer adelanto de su nuevo disco LUX —lleno de texturas barrocas, voces operáticas y mensajes de salvación a través de la intervención divina—, muchos sintieron un vértigo curioso. ¿Cómo pasamos del “Bizcochito” a esto? Del twerk al templo.

Si “Motomami” era una fiesta, “LUX” es una liturgia: una inusual reflexión sobre la fe entendida como fuerza liberadora y rebelde. Rosalía, de educación católica, construye su nuevo disco como una serie de meditaciones sobre algunas mujeres que alcanzaron la santidad o una forma de trascendencia espiritual —una dimensión a la que la propia artista parece aspirar, al menos desde el arte. “Quién pudiera amar al mundo y luego a Dios”, canta en “Sexo, violencia y llantas”, tema inaugural que sienta las bases sonoras del disco. Un piano agudo, una escala flamenca descendente y un violonchelo que desemboca, hacia el final, en un frenético crescendo orquestal marcan el tono del viaje. Es el primer capítulo de una obra cuya narrativa elíptica puede desconcertar, entre lamentos piadosos, románticos y hasta la búsqueda de sincronía con una conciencia superior.

Rosalía ha gozado aquí de una libertad creativa total —como la tuvieron sus ídolos Kate Bush y Björk (esta última, invitada en el disco)—, además de impresionantes recursos, con el respaldo de la Orquesta Sinfónica de Londres. En “LUX” casi no queda rastro del sonido urbano de “Motomami” ni del trap flamenco de “El mal querer”. Si se le intuye, es porque está sumergido bajo el agua de unos arreglos orquestales: a veces sublimes, otras caóticos. Acorde con el concepto del disco, la performance vocal de Rosalía no parece pertenecer a este mundo y, en ciertos momentos, asciende a registros celestiales. Buena parte de las canciones son baladas —como “Mío Cristo” o “Sauvignon Blanc”—; las percusiones se insinúan, como en el vals “La Perla”, de áspera letra de desamor, o se sustituyen por timbales orquestales. “Dios es un stalker” representa la excepción: una pieza razonablemente bailable donde el cajón flamenco se entrelaza con un patrón que suena como una salsa tocada por una orquesta de cámara. Junto a “La rumba del perdón”, son las canciones más upbeat de un álbum dominado por los medios tiempos y la introspección sonora.

No hace falta ser religioso para conmoverse con las indagaciones espirituales que plantea “LUX”: son, en última instancia, expresiones de un alma en busca de paz. Algunos han querido ver en el disco un intento por volver “cool” a la religión, una inquietud comprensible en tiempos conservadores, pero en Rosalía esa lectura se queda corta. Su obra ya ha dialogado con lo sagrado, aunque nunca había ido tan lejos como aquí. “LUX” exige atención y paciencia, virtudes escasas en esta época de distracciones. Su destino comercial es incierto, pero su ambición artística resulta apabullante, desmesurada. Merece ser celebrado como uno de los grandes discos de 2025.

Calificación: 5 estrellas de 5.

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