En marzo escribí sobre las razones por las que un Mundial de 48 selecciones sí importa. La FIFA ya abrió el siguiente capítulo. Gianni Infantino confirmó que un Mundial de 64 selecciones para la edición del centenario, en 2030, será examinado y debatido por los comités correspondientes al concluir el certamen. La polémica global no tardó en encenderse.
Las objeciones son las mismas que escuchamos antes. El presidente de la UEFA calificó la propuesta como una muy mala idea, el titular de la Concacaf coincidió, y analistas y medios especializados anticiparon partidos desequilibrados, eliminatorias devaluadas y pérdida de calidad deportiva. ¿Sucedió? No. Sucedió lo contrario. Cabo Verde, debutante absoluto, terminó invicto la fase de grupos, le empató a España y avanzó a la ronda eliminatoria. Curazao, el país más pequeño en la historia de los mundiales, le marcó a Alemania. Jordania anotó en sus tres partidos, la República Democrática del Congo empató a Portugal y nueve de los diez representantes africanos alcanzaron la eliminación directa. Las selecciones novicias demostraron capacidades, empuje, triunfos y no pocas sorpresas. Y ver cánticos nuevos, barras vikingas, bailes caribeños, ceremonias japonesas y cantos africanos es maravilloso. Si hubo fiesta con 48, ¡imaginemos 64!
Las federaciones internacionales no son propietarias de los deportes que organizan. El deporte pertenece, en última instancia, a los aficionados. Los dirigentes administran un patrimonio ajeno y tienen sobre él una responsabilidad fiduciaria, aunque no pocas veces algunos actúan como si fueran dueños del fútbol. Desde esa premisa debe evaluarse la reforma.
La FIFA administra ventajas competitivas extraordinarias. Una marca global centenaria, un efecto de red que se refuerza con cada país que se suma, el acceso único al recurso, que es el propio torneo y sus derechos, y miles de millones de personas atentas en simultáneo. Son ventajas que permiten generar valor sostenible en el largo plazo, con una condición: que ese valor se reinvierta en el desarrollo del fútbol global. El mercado acompaña, con derechos audiovisuales del deporte que superan los US$60 mil millones anuales y plataformas globales compitiendo por el único contenido capaz de congregar audiencias masivas en vivo.
¿Debe evaluarse el Mundial de 64? Sí. ¿Puede realizarse? También. El reto no es deportivo, sino de ejecución. Más estadios aptos, transporte entre tres continentes, seguridad y hospitalidad a gran escala, con el compromiso de los Estados anfitriones y, a la vez, una frontera nítida que los mantenga fuera de las decisiones deportivas. Esa línea roja acaba de cruzarse en este Mundial, cuando el presidente de Estados Unidos se atribuyó haber llamado al presidente de la FIFA para cuestionar la expulsión de un jugador de su selección, cuya sanción fue suspendida antes del cruce ante Bélgica. Las sanciones deportivas se resuelven con reglas y órganos independientes, no con llamadas. El valor a generar es gigante, en derechos audiovisuales, patrocinios, ‘ticketing’, ‘hospitality’, turismo y cultura.
En 2017, la entonces secretaria general de la FIFA, Fatma Samoura, fue testigo de nuestra clasificación a Rusia 2018. Me dijo que nunca había visto tanta emoción en un estadio como aquella noche en Lima, y que en África había visto detenerse las guerras por dos motivos, las temporadas de lluvias y el fútbol. Por qué no tentar, entonces, períodos de paz más grandes promoviendo más fútbol en el mundo. El 2026 ya respondió por los escépticos. La evaluación del 2030 merece rigor técnico y la mirada puesta en los verdaderos dueños del juego: los aficionados.




