Escribo estas líneas a la espera de que España se compadezca de nuestra humilde selección y no la haga trizas en su despedida antes del inicio del Mundial. Lo hago desconcertado porque Mano Menezes, nuevo compañero de pichangas del presidente Lozano, prescindió nuevamente de Renato Tapia, sin razones conocidas, alimentando la versión de que el volante es víctima de un veto que viene desde más arriba.
Escribo estas líneas a la espera de que España se compadezca de nuestra humilde selección y no la haga trizas en su despedida antes del inicio del Mundial. Lo hago desconcertado porque Mano Menezes, nuevo compañero de pichangas del presidente Lozano, prescindió nuevamente de Renato Tapia, sin razones conocidas, alimentando la versión de que el volante es víctima de un veto que viene desde más arriba.
LEE: ¿Por qué a los peruanos nos gusta tanto el Mundial y cómo explica la ciencia este deporte sentimental de sufrir y amar por un mes cada 4 años?
Pero escribo también con alegría porque este jueves arranca el Mundial y aunque no veremos a Perú por segunda vez consecutiva –hagámonos la idea de que esto se repetirá por mucho tiempo– sigue siendo la fiesta que paraliza al planeta, que nos mantendrá atentos por la suerte de países que quizá nunca conoceremos. Y que en momentos tan tristes como los que vive nuestra patria, volveremos a ser felices. Al menos por los próximos 39 días.
La alegría, sin embargo, vendrá de la mano de la tristeza. ¿Se han puesto a pensar que será el último Mundial en que veamos a Lionel Messi con la camiseta de Argentina? ¿Que no veremos más a Cristiano Ronaldo intentando la proeza de hacer grande a Portugal? ¿Somos conscientes de lo que será de nuestras vidas sin ver a estos portentos, con todo lo que han ganado, peleando por agigantar su lugar en la gloria?
Será el capítulo final de la disputa más encarnizada del universo futbolístico. Dos genios sin medida, que generan admiración y odio casi por igual, le pondrán el cartelito de “The End” a una batalla que trascendió los linderos de los campos de juego y que en plena época de la digitalización se transformó en millones de imágenes, palabras y sonidos.
Pudo haber habido otra lid más apasionante: Pelé vs. Maradona. Pero el combate no traspuso los linderos de la retórica porque los tiempos no permitieron verlos sobre el pasto húmedo de un estadio de fútbol. La discusión, acicateada por sus hinchas y la rivalidad sin fin de brasileños y argentinos, se hizo hasta callejonera por alusiones a sus conductas y relaciones con el poder.
Lionel Messi estuvo en su «prime» durante la Copa del Mundo Qatar 2022 conquistada con la camiseta argentina. (Fuente: AFP)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Y, perdónenme, no me vengan con que este vacío que dejarán Lío y Cristiano lo cubrirán Lamine o Mbappé, dos gigantes con cualquier camiseta, pero dueños de una estatura futbolística infinitamente menor. Al prodigio del Barza y a la joya del Madrid solo hay que medirlos por su egolatría, exacerbada en estos tiempos de selfies y devoción por las vidas de lujos y placer made in Instagram. Allí sí no tienen comparación.
Llámenme viejo, si quieren, pero Messi y Ronaldo no tienen reemplazo a la vista. Que no volvamos a verlos en una Copa del Mundo es motivo suficiente para esta profunda tristeza.




