En las últimas semanas circularon videos que dejaron mucho que pensar. En el ‘US Open’, un empresario arrebató a un niño la gorra que un tenista le había regalado tras un partido. Y en un juego de béisbol en Estados Unidos, una mujer le quitó a un padre la pelota que había atrapado para su hijo.
Las organizaciones deportivas intervinieron para enmendar el hecho: los niños recibieron obsequios y gestos de los propios deportistas. Sin embargo, lo que quedó grabado en la memoria colectiva no fue la reparación, sino el impulso inicial: la impaciencia, la incapacidad de reconocer al otro. ¿Qué nos lleva, como adultos, a anteponer nuestro interés personal frente a la ilusión de un niño?
Newsletter exclusivo para suscriptores
Estos episodios nos recuerdan la urgencia de algo tan simple y esencial: ser buenas personas. No se trata de ingenuidad ni de permitir abusos, sino de actuar con ética, principios y respeto. Ser buenas personas implica ser un buen padre, madre, amigo, colega o líder. No es un rasgo aislado, sino el fundamento que sostiene la confianza y la integridad en las relaciones humanas y en las instituciones. Y, sobre todo, significa ser ejemplo para las nuevas generaciones, que crecen en un mundo complejo y necesitan referentes de empatía e integridad.
El ‘Edelman Trust Barometer 2025’ revela una profunda crisis de confianza institucional en el Perú. Pero esta dificultad abre una oportunidad: demostrar, con acciones y coherencia, que es posible reconstruir la confianza y generar valor tanto en nuestras organizaciones como en la sociedad. La evidencia lo confirma: corporaciones y comunidades que se basan en la confianza e integridad son más productivas, innovadoras y sostenibles.
Ser buenas personas implica defender lo justo y construir espacios donde prime el respeto. Ese cambio empieza en lo cotidiano: conversar sobre lo que vemos, compartir ejemplos de generosidad y reconocer gestos de empatía. Porque las buenas acciones, aunque discretas, también se contagian y multiplican, moldeando el entorno en el que crecen nuestros niños y trabajamos cada día.
El país que soñamos depende de nosotros. Y estoy convencido de que todo empieza con un principio sencillo, pero transformador: elegir ser buenas personas, siempre.














