La Semana Santa de 1963 no fue una más para la histórica memoria de la Lima, la otrora “Ciudad de los Reyes”. Mientras las campanas de las iglesias coloniales en el centro de Lima doblaban con su habitual rigor, un rumor distinto recorría las calles cercanas: el Estadio Nacional dejaría por un momento el fútbol para abrir paso a la fe.
La expectativa era máxima aquel lunes 8 de abril, cuando las primeras noticias anunciaban que una obra sacra de dimensiones nunca vistas se preparaba para conmover a la capital. Los Clubes de Leones de Lima y Callao asumieron el reto de producir “Los Misterios de la Cruz”, un magno aporte a las celebraciones cristianas.
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El clima en Lima era de una contrición expectante, marcada por la tradición católica firmemente arraigada en el sentimiento popular. El Jueves Santo, 11 de abril, la Iglesia conmemoraba la institución de la Eucaristía, recordando aquel pan y vino ofrecidos en el Cenáculo como cuerpo y sangre divinos.
El 11 de abril de 1963, la Semana Santa se vivió de manera intensa en el coloso de José Díaz. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio).
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El diario Decano informó que el Jueves Santo 11 y el Viernes Santo 12 de abril de 1963 el Estadio Nacional se olvidaría del fútbol, por unos días. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio).
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Pero esa noche, el escenario del drama sagrado se trasladó de los templos al cemento y césped del Estadio Nacional de Lima. Eran las siete de la noche cuando las luces del coloso se atenuaron para dar inicio a una jornada que quedaría grabada en la memoria de los fieles.
Un despliegue de alrededor de 600 artistas, entre actores principales (100) y comparsas (500), se dispuso a recrear los pasajes más dolorosos del Redentor. El pueblo de Israel y los soldados romanos tomaron la pista atlética, transformándola en la Jerusalén de hace veinte siglos.
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SEMANA SANTA DE 1963: EL DESFILE DE LA FE EN LA CANCHA DEL JOSÉ DÍAZ
Las entradas para las funciones de “Los Misterios de la Cruz”, de 25 (Occidente), 15 (Oriente) y 8 soles (Norte y Sur), se vendieron desde el miércoles 10 de abril en el mismo estadio. Y el evento comenzóa con una pompa de platillos que evocaba la grandeza del Imperio Romano. Luego, la “Guardia Pretoriana” desfilaba bajo el estandarte que usaban los romanos, el lábaro, al compás de trompetas y timbales que anunciaban la llegada del poder terrenal.
Un actor chileno encarnó la figura del Mesías, al lado de figuras del teatro y la TV. nacional como José «Pepe» Vilar. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio).
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Poncio Pilatos hacía su entrada triunfal en un lujoso carro romano, que simbolizaba la autoridad que habría de lavarse las manos ante el destino del Mesías. Poco después, un silencio sepulcral precedía el anuncio de la llegada de Jesús, iniciando formalmente el drama de todos los siglos.
El papel protagónico recayó en el actor chileno Aníbal Reyna, quien no solo interpretó con su voz y cuerpo al Nazareno; él fue también el creador de esa adaptación escénica. Junto a él, figuras como Angelita Accinelli y Héctor Aguirre, pero también el español Francisco Ruiz y la estrella de la TV. peruana José “Pepe” Vilar, completaban un elenco de primer nivel para la época.
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La sorprendente puesta en escena se dividió en ocho grandes cuadros bíblicos, los cuales permitieron a los asistentes recorrer imaginariamente los lugares santos. Desde la Puerta Sagrada de Jerusalén hasta la agónica Calle de la Amargura, cada estación fue representada con un realismo que arrancó suspiros, reflexiones y oraciones.
El 11 y 12 de abril de 1963, se sintió en el Nacional la pompa romana y la mística cristiana. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio).
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