Los debates son parte de nuestra vida. Debatimos con otros o con nosotros mismos. Se debate en las familias. Los padres conversan sobre si pueden dar o no permisos. Los hijos adolescentes debaten entre ellos o contra los padres. Se debate en el trabajo. Los médicos en las clínicas y hospitales hacen una junta para debatir cuál es la decisión correcta frente a un paciente con una enfermedad rara. Las reuniones en las oficinas se convierten en debates sobre qué camino tomar. El buen maestro debate con sus alumnos acerca de algún tema y, en los mejores casos, aprende de ellos. Uno podría agregar que las sesiones entre pacientes y psicólogos o entre pacientes y psicoanalistas también son modos de llegar a la verdad a través del diálogo, conducido por un experto.
Los debates son parte de nuestra vida. Debatimos con otros o con nosotros mismos. Se debate en las familias. Los padres conversan sobre si pueden dar o no permisos. Los hijos adolescentes debaten entre ellos o contra los padres. Se debate en el trabajo. Los médicos en las clínicas y hospitales hacen una junta para debatir cuál es la decisión correcta frente a un paciente con una enfermedad rara. Las reuniones en las oficinas se convierten en debates sobre qué camino tomar. El buen maestro debate con sus alumnos acerca de algún tema y, en los mejores casos, aprende de ellos. Uno podría agregar que las sesiones entre pacientes y psicólogos o entre pacientes y psicoanalistas también son modos de llegar a la verdad a través del diálogo, conducido por un experto.
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Recuerdo que, en mis primeros años universitarios, algunos asistíamos a los debates que se armaban espontáneamente en la plaza San Martín entre grupos de alumnos y profesores de distintas universidades. Allí se hablaba de tendencias filosóficas o políticas, se hacían valoraciones de escritores, novelas o películas. Algunos debatían y la mayor parte mirábamos a los demás discutir. En algunos casos, era un espectáculo. En estos debates, uno puede sentirse beneficiado de encontrar un camino, gracias a las informaciones y opiniones entrecruzadas.
Esta es la idea que animó a Sócrates, el iniciador del método de la mayéutica, que consistía en encontrar en el diálogo el camino más seguro a la verdad. Precedida por la ironía, la mayéutica (cuya etimología es la de la incitación al parto) supone el descubrimiento de una verdad iluminadora como consecuencia de ese intercambio. Uno puede leer los maravillosos diálogos que Platón recogió de su maestro para ver la eficacia de ese sistema que nació en el siglo IV a.C. Eso era lo que podía verse en el ágora en Grecia, o luego en el Senado romano. Ejemplos y modelos del mismo método pueden encontrarse en la India. Su tradición de maestros y discípulos y la figura del yogui pueden dar cuenta de ello. Allí están los Upanishads y los diálogos de sabiduría.
Según leo en Internet, se piensa que los debates políticos modernos están inspirados en la mayéutica y los diálogos socráticos. Aunque los debates dirigidos al gran público ya habían ocurrido en Suecia a través de la radio, el primer debate televisado propiamente dicho fue el que ocurrió entre Nixon y Kennedy en 1960. Fue entonces cuando Kennedy apareció con todo su carisma, elegante y fluido, con un aspecto de joven idealista. Nixon, en cambio, lucía cansado, demacrado, errático. La primera vez que se organizó un debate en el Perú fue en 1966, a propósito de las elecciones municipales. Allí, en la Sala Alzedo, fue donde se consolidó la figura de Luis Bedoya frente a su opositor, Jorge Grieve.
La mayor parte de lo que hemos visto en la televisión en estos días de la campaña electoral peruana no tiene nada que ver con esta tradición. Corresponde más bien a un fuego cruzado entre los que asisten y a una exposición de sus ideas generales. Todos aparecen vestidos de distintos colores, desde el verde militar hasta el rojo y el negro. Verlos es asistir a un manicomio cromático que se refleja en el verbal. Aun así, algunos candidatos sí se han concentrado en sus programas. Esos dos o tres forman el rezago de lo que podemos llamar todavía una esperanza pequeña.




